jueves, 9 de marzo de 2017

44. LA SOLEDAD DEL HOMBRE SIN FIN. De Nevenkebla

  
Un exiliado de otro mundo es el hombre sin fin.
Pertenece a una raza maldita de dioses menores
condenada a vagar por el espacio,
fijar en soledad, destino en planetas primitivos.
Y vive entre nosotros, desde tiempos inmemoriales…

Conoció a nuestros padres,
conversó con los abuelos y bisabuelos
y aún recuerda a nuestros antepasados…
Y conocerá a los que están por venir…

No celebra cumpleaños ni onomásticos, el hombre sin fin;
ignora su verdadera edad pero no la edad de la Tierra,
y ríe divertido cuando arrogantes científicos ensayan
estrambóticas cifras, luego de sesudos estudios.

El hombre sin fin vive atrapado en un reloj de arena:
cada tiempo vuelve a empezar, comprobando
que nuestra triste historia es tan cíclica como las estaciones.

Tal vez por eso,
no silba canciones de vida el hombre sin fin;
entre las millones que conoce… no sabe cual elegir.

No tiene amigos ni compañeras, el hombre sin fin
hace tiempo renunció a coleccionar nombres
y esculpir relaciones en arcilla,
es un vano intento de felicidad
porque el tiempo todo pulveriza.

Y así marcha solo, el hombre sin fin
profundizando sus huellas
sin que el mar logre borrar su molde…

Y en aquella playa extensa, de sol en el levante
lo he encontrado vistiendo retazos de ausencias
abrochados con botones de soledad…
convirtiéndome en su confesor de turno
alguien a quien ofrecer sus cuitas,
en este paseo por la inmortalidad…

Es un zorro en el desierto el hombre sin fin
y yo, un aprendiz de principito que riega flores de plástico
en una ciudad escenario de una mala película clase B.

El hombre sin fin vivirá hasta el final de los tiempos
y guarda la secreta esperanza que la humanidad
antes, logre viajar más allá de un millón de años luz
y pueda reencontrarse con los suyos…

Mientras…
Tiene sed de muerte el hombre sin fin
y yo, sed de vivir.

Seudónimo: Nevenkebla

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