domingo, 12 de marzo de 2017

60. RELIQUIAE. De Mandrágora


Oculta tras un portón grueso, inmenso y acolchado
se encuentra la sala de ceremonias.
Solo en contadas ocasiones se oye el chirriar de sus goznes
cuando una llave de hierro empuja con sus dientes el pesado paletón.
Hoy se suena su chirrido estridente por todo el edificio,
hoy es día de fiesta, de celebración
El caballero que entra primero lleva túnica y máscara de oro
Capa de seda negra y una daga de plata.
Le siguen cuatro encapuchados con  antorchas  prendidas.
En la sala inmensa, oscura y fría se escucha tétrica música,
Por arcadas van entrando los discípulos;
sus túnicas son rojas como la sangre, sus capas negras como la noche.
Tres escalones ascienden al frente de la gran sala,
encima una tarima con una mesa de mármol.
Tras ella, en la pared, una cortina con la figura de su Señor.
Es la hora del sacrificio.
Los encapuchados dejan sus antorchas en las cuatro esquinas del altar
Con paso firme se dirigen hacia la cortina que esconde una entrada.
De ella salen dos muchachas jóvenes caminando como autómatas
sus cabellos largos y sedosos, caen por sus hombros desnudos.
Obedeciendo  la orden del caballero
ambas son depositadas en la mesa.
Comienza un ritual de sangre y muerte.
Como posesos, todos quieren ser el primero
en beber el preciado liquido.
Pero hoy solo el caballero es el afortunado
Los encapuchados ponen orden y. armados con  espadas
Hacen guardia alrededor de la mesa/altar.
El caballero de la máscara dorada
Se despoja de sus ropas y se tumba junto a  las muchachas.
Un cuerpo viejo y arrugado, huesudo  y casi putrefacto
Compite con la blancura y lozanía de las dos jóvenes.
Los encapuchados extraen  y transfieren la sangre de ellas al cuerpo marchito que,
al momento,  adquiere  tersura y belleza mientras consume la de ellas.
Después, tras el ritual, todos serán obsequiados por su señor
 con lo que sobre en la mesa ceremonial.

Seudónimo: Mandrágora

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