jueves, 18 de mayo de 2017

11. S/T. De Papasoto


El Mago esperó la oscuridad para efectuar el ritual. Sosteniendo mi espada hacia el fuego, empezó el conjuro, lo observé instantes antes de caer inconsciente.  El  dolor era insoportable, mis labios estaban resecos, el sol caía lentamente sobre mi despojos, traté de levantarme y el mundo giró sobre mí, cayendo de nuevo al suelo, el Mago ya no estaba a mi lado, mi espada clavada en la tierra quedó, todo empezó a oscurecerse y volví a desfallecer. La lluvia devolvió mi alma al cuerpo, observé alrededor, amanecía cuando logré incorporarme, tambaleante busqué mi espada, el Mago desapareció sin dejar rastro, sólo el estigma en el suelo, toqué mis heridas, sorprendentemente estaban casi curadas, siendo profundas y graves, deben haber pasado muchos días, pensé, así que debía apurarme, mi  ejercito debe estar muy lejos y debo llegar con ellos a la batalla contra Zohor. Busqué mi caballo en la espesura del bosque, estaba amarrado cerca del lugar donde acampé estos últimos días, estaba alimentado y listo para partir, el Mago se había encargado de mantenerlo presto para el viaje, monté el majestuoso animal, emprendí el viaje a todo  galope.  Los caminos parecían laberintos, pero mi instinto me guiaba directamente a mi destino, cruzaba ríos, saltaba obstáculos, y en ese afán por llegar a tiempo, estuve cabalgando sin parar durante días, me detuve unas horas para que el  caballo descansara y pudiera continuar. Anochece, estoy cerca del castillo de Amilonht, donde mis hombres combaten las fuerzas del malvado Zohor; un fuerte torbellino me obliga a parar mi galope, entre la turbulencia aparece el Mago, dice que levante mi  espada y la mire. Dime: ¿Qué refleja su metálica hoja? observo la gran espada dorada.  Anciano, la espada refleja para lo que fue hecha, es la guía que abrirá el camino hacia la luz y la esperanza. No se doblegará ante ningún enemigo, si la sostiene un alma íntegra y un corazón justiciero. Un ser impío no podría ni levantarla pues su peso es la medida de su verdad. El anciano levantó lentamente su mano, desapareció tras una lluvia de estrellas. Antes del crepúsculo voy al encuentro de los desencuentros.

Seudónimo: Papasoto

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