martes, 30 de mayo de 2017

21. GIROS. De Helerda


El bosquecillo estaba a la vista, tal vez a doscientos metros. Si podía llegar y ocultarse en el mismo, seguramente estaría a salvo. Pero en esos doscientos metros no había refugio ni escondite. "¿Qué hacer: arriesgarse en una corrida o esperar a la oscuridad?".
Mientras recuperaba el aliento, trató de recordar cómo había llegado hasta ese lugar. Esa mañana estaba dictando su clase habitual en la Universidad cuando súbitamente se interrumpió la energía eléctrica, enmudecieron los teléfonos móviles y el tránsito en la calle se volvió caótico. Sus alumnos abandonaron el aula en tropel y a los gritos, y quedó solo, boquiabierto y en penumbras.
De alguna manera había llegado a la autopista, pero cuando la misma se vació de vehículos, comenzó a caminar por un trigal hasta que vio la pequeña colina en cuya cima se encontraba en ese preciso momento.
"¿Y si el bosquecillo era una trampa?". Tal vez lo estaban esperando y solo les estaba facilitando la tarea. Era imprescindible adoptar una actitud diferente, rebelde, inesperada.
Lentamente comenzó a quitarse la ropa y a doblar las prendas con sumo cuidado. Las apoyó sobre el piso y desnudo se sentó sobre ellas.
Cuando los vio llegar, se levantó, colocó los brazos en cruz y comenzó a girar despacio: tres giros en un sentido, tres en el otro, tres giros en un sentido, tres en el otro…
Mientras seguía girando, una breve sonrisa apareció en su rostro: su extraña conducta generaría discusiones y un montón de hipótesis erróneas. ¿Cuántas, cuáles?, no lo sabía, pero seguía girando.

 Seudónimo: Helerda

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