martes, 20 de junio de 2017

38. UNA BESTIA EN LA TORMENTA. De Pastor de Letras


Su nombre era Río. Así lo bautizaron sus padres adoptivos hacía unos siglos. Hubo un tiempo en que su aspecto era humano, pero él era diferente: su carne nacía cada día, cada minuto, cada segundo, y también moría, cambiaba, evolucionaba, como el curso de un río. Esta capacidad de adaptación al medio lo había transformado en una criatura de habilidades increíbles, pero de aspecto monstruoso. Imaginad un ser antropomorfo capaz de saltar 10 metros en vertical; con una piel y un esqueleto tan duros como perder a una madre; dos pares de brazos, con los que realizar las tareas de un mulo y también las de un colibrí; visión telescópica; dos cerebros que se alternaban y, todo ello, sumado a la capacidad de regenerarse, que le hacía gozar de cierta inmortalidad.
Aunque él se consideraba un agricultor y un artesano, para el Rey era una máquina de matar en potencia. Cuando Río recibió una orden del monarca para enrolarse en el ejército, la desobedeció. Esta decisión lo convirtió en prófugo, por lo que tuvo que esconderse para no dañar a ningún humano. Abandonó sus tierras y su masía hasta casi morir de hambre. Pero su capacidad de supervivencia hizo cambios en su cerebro derecho, que tomó el control total de sus acciones. Se atrevió a pedir comida, se atrevió a robarla y finalmente mató. Fue en defensa propia, pero su odio crecía. Fue entonces cuando decidió luchar para el Rey, quien le perdonó sus crímenes mientras se frotaba las manos. Río se ganó el afecto de todos gracias a su nueva "virtud": la hipocresía.
Durante las campañas militares se convirtió en un héroe, una divinidad. Sus proezas eclipsaron el liderato del Rey; así que éste decidió deshacerse de la criatura a tiempo; pero ya era tarde. Cuando se ordenó la ejecución de Río, el ejército se rebeló a la casa real y ofrendó sus cuerpos al nuevo líder. Aquello hizo emerger su cerebro izquierdo, que, horrorizado, quiso volver a la masía. Pero también vio esperanza en todas las miradas. Ahora que era un verdadero monstruo se le respetaba, era venerado. "Una paradoja", pensó. Fue entonces cuando Río decidió dedicarse al pastoreo...

Seudónimo: Pastor de Letras  

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