miércoles, 21 de junio de 2017

40. VENGANZA ESLAVA. De Nahuel


Llevaba tres días, y sus tres noches, con el mismo sueño. Desde que me dejó Arcadia y su felicidad. Me iba a la cama, triste y abatido, y entonces, en sueños, mi almohada cobraba vida. Y me intentaba asesinar, ahogándome. Yo notaba esa presión y me deshacía de ella. Luchaba contra ella y al final conseguía vencer, pero notaba que esa presión era cada vez mayor. Llegaría el día en que ella podría conmigo. Me despertaba entre sudores y escalofríos. Y mi almohada estaba ahí. Inocentemente colocada dónde la dejé. Cambié de almohada, mi nueva almohada aparcó a la antigua entre la indiferencia y el olvido. Enterrada entre horas de sueños y de descanso mis pesadillas cesaron.
Pasaron los años. Me casé de nuevo. Tuve un niño. Un bebé hermosísimo de rasgos eslavos. De piel clara y ojos azules, la faz marcada con pequeña pecas y un color pajizo en el cabello. La alegría de mi vida, la esperanza de mi hogar. Un caso atípico en mi familia, desde hacía siglos no había habido descendientes eslavos.
Repentinamente, y sin previo aviso, volvió mi antigua almohada a recobrar vida, pero ya no me intentaba asesinar. La almohada salía de su funda. Reptaba por el pasillo y ahí perdía su pista.
Pasaron los días. La imagen se repetía una y otra vez, hasta que llegó la noche que marcó la venganza. Estaba soñando. La almohada se desplazaba por el pasillo y entraba en la habitación del niño, que dormía plácidamente, testigo mudo y anacrónico de la venganza. Cuando llegué sólo pude certificar su muerte por asfixia. Tenía marcas en el rostro y en el cuello.
Me atrapó la ira. Fui al cajón de mi cómoda y agarré la glock. Bajé al desván. Y vacié el cargador sobre ella. Hilillos de sangre brotaban de las plumas y un rostro barbado y rubio, de piel clara, marcado por la viruela y la vejez apareció entre ellas para deshacerse en humo blanco. El inconsolable y horrorizado rostro de mi mujer detrás de mí era un drama de proporciones épicas.

Seudónimo: Nahuel  

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