lunes, 26 de junio de 2017

46. CÁNTICOS. De Talipot


Su carne era verde, verde como la oliva. Llevaba años encerrado en ese tenebroso establo. Debía salir, tenía que liberarse de las cadenas que le oprimían el cuello.
Los días pasaban y pasaban mientras escuchaba el ruido confuso del exterior. ¿Eran seres vivos los que entonaban esos cantos satánicos? ¿Eran espectros enviados desde el más allá? Qué más daba. Día y noche, noche y día, se oían voces tenues que susurraban horribles cánticos. No comprendía lo que decían, parecía que invocaban al mismo Belcebú.
—¡Aarg! —gritaba para que se callasen.
Nadie lo escuchaba, nadie sabía de su existencia. Nadie le prestaba la más mínima atención, nadie se preocupaba por él. ¿Qué es lo que planeaban? ¿Por qué cada día y noche se escuchaban esos cánticos horribles? ¿Querían decirle algo? 
El sonido empezó de nuevo. Esta vez era más fuerte, más potente. Un olor a benjuí inundó el establo. El portón se abrió y una luz fulminante le cegó. Enseguida, comprendió qué sucedía. Las ánimas en pena que flotaban por el camposanto, venían a guiarle a su nuevo hogar. Las mismas que habían estado avisándole durante día y noche, noche y día.
—¡Aarg! —gritó lleno de cólera.
—¡Pagarás por tus pecados, bestia inmunda! —escuchó desde la claraboya.
En pocos minutos, el establo se quedó vacío. Las cadenas volvieron a su lugar original y el olor a benjuí se difuminó.
Bajo el manto de paja sobre el que había reposado el prisionero, aparecieron un hacha ensangrentada y dos pequeñas piezas de marfil, similares a incisivos humanos.

Seudónimo: Talipot

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