martes, 18 de julio de 2017

100. UNA CASA JUNTO AL MAR. De Roberto Volandri


Me sacudí los zapatos de arena y señalé una mansión con las paredes ennegrecidas, a pocos metros de la playa. El hombre de la inmobiliaria se puso contra el viento, tratando de encender un cigarrillo.
—El dueño era un viejo marqués sin hijos. Durante una tormenta, una piedra del tamaño de un hombre rodó desde el acantilado y cayó en su jardín. El marqués pasó varias horas bajo la lluvia, desnudo de cintura para arriba, tratando de moverla. Parecía Ahab luchando contra la ballena blanca. Al poco le sobrevinieron unas fiebres y murió.
Dio una profunda calada, echando el humo por la nariz.
—Un sobrino se presentó a reclamar la herencia. Tras franquear la reja de la entrada, notaron la ausencia de la roca. Solo quedaba un pequeño cráter y las flores marchitas de la buganvilla que había crecido alrededor. Sin embargo, al subir al primer piso la hallaron frente a la ventana, sólida y brillante. El sobrino no se dejó impresionar, pidió que pusieran en venta la casa y fijó un precio desorbitado. "No tengo prisa", mintió. Al abandonar el pueblo se salió de la carretera y cayó por el acantilado. Cuando lo encontraron, las gaviotas le habían comido los ojos y la lengua.
El hombre de la inmobiliaria arrojó la colilla y la enterró en la arena.
—Y bien, ¿sigue interesado en la casa del marqués?
Entorné los ojos y me pareció distinguir, en el balcón, una porción de roca negra escrutándome.

 Seudónimo: Roberto Volandri

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