miércoles, 19 de julio de 2017

104. LUCES EN EL OCASO. De Rambriez


Silencioso el ambiente, al centro el postrado y al lado el practicante en vigilia,  cabecea hasta quedar inconsciente; luces tenues suficientes para distinguir la sombra que acecha, rojos los puntos que encandilan, agudas las garras proyectadas sobre la tela; las miradas se cruzan, cada una sabe su papel, llegó la hora y el aquejado aguarda el zarpazo, la parálisis no permite movimiento,  pero con esfuerzo tenaz, el moribundo pudo cerrar los ojos, aunque no aleja el hedor que marca la aproximación de la muerte.
Vuelve el recuerdo de la aciaga hora cuando se diagnosticó al monstruo que come células.  Allí, al voltear el reloj de arena por última vez, pidió con fervor conmutación de la pena, el espectro acudió a la cita y le cambió esencia por un extraño poder; él ofreció  la vida de otro, a cambio de honor y reconocimiento, pues gris había sido la existencia.  La riqueza sobrevino en inusual concesión, ser amo del tiempo y manejarlo a placer, ser el mejor para revertir el gris que siempre lo acompañó; así ocurrió, por un año fue el más veloz, se cubrió de oro en competencias a pesar del otoño, ganó fama y el mundo lo idolatró, líder con el balón, novio de la madrina y popular varón.  La vida perfecta, dinero, fama y poder, todo lo soñado lo recibió, pero la vendimia estaba por desaparecer.  El horror le partía el sentimiento al ver como el villano arrancaba la piel, comía las entrañas y bebía la sangre; la bestia devoraba al acompañante que resultó ser el primogénito del postrado; no había manera de luchar, la paraplejia lo sorprendió en el último encuentro,  apenas le dejó sin herida los párpados aunque no pudo dejar de ver.
Ingrato momento, el paralizado tranzó el alma del acompañante, quien era normalmente un asalariado o una enfermera de bondad; taimado el maligno que el día preciso dobló la voluntad del hijo que esa noche quiso ocupar el lugar.  El espectro lo sabía, el mueve los hilos, lo arrastró a la compañía; doble victoria del mal, arrancar luz al inocente, mientras sufre el costal, es que no hay manera de ganar en vida  por faltas a la moral.

Seudónimo: Rambriez

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