viernes, 21 de julio de 2017

108. KARMA SIDERAL. De J. L. Millard


Los muros que construimos para frenar a los extranjeros han terminado por condenarnos, pensaba el último presidente de Estados Unidos mientras las tierras, que se abrían como las fauces hambrientas del lobo antes de hundirse en el cuello de su presa, se tragaban ciudades de decenas de kilómetros de diámetro sin dejar rastro, al tiempo que los seísmos se acrecentaban con mortífera resolución, derribando altos edificios en segundos, emblemas del poderío supuestamente inmortal de un imperio que, como todo imperio, debía terminar irremediablemente convertido en cenizas.
El viejo continente, aliado en ocasiones y súbdito durante demasiado tiempo del imperio, se deshacía asimismo en una humeante bola de fuego. Los volcanes lanzaban vapores envenenados, magmas viscosos y piroclastos y bombas con furia desatada; los terremotos deshacían las ciudades como si hubiesen sido construidas con arena mojada.
Unos decían que las placas Norteamericana y Euroasiática se habían hecho pedazos y que habían despertado los magmas que dormían bajo las gruesas masas litosféricas; otros, más simplistas, que todo obedecía a un castigo de Dios.
Los supervivientes, enajenados por la angustia, agarraron sus coches y condujeron hacia el sur hasta toparse con las fronteras altas y en ocasiones electrificadas que tantas vidas anónimas habían segado. Los gobiernos habían decretado su construcción con el pretexto de preservar sus civilizaciones de las amenazas extranjeras y ahora, en un ejercicio de ironía sin precedentes, se convertían en los barrotes que les impedían salvar lo poco que quedaba de ellas.
Las antiguas colonias, los pueblos masacrados, ninguneados y expoliados se hallaban al otro lado, observando esa especie de manifestación de karma sideral cuando, al ver a aquellas personas agolparse con rostros descompuestos por la extenuación y la congoja, se dijeron con el corazón encogido que ellos no eran como el imperio, que valían más los abrazos que los muros, que preferían la fraternidad al miedo, el amor a la venganza.

Seudónimo: J. L. Millard

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