viernes, 21 de julio de 2017

109. DE UN SALTO. De Roma


En el alféizar, un dúo de grillos, entona sus notas finales. En la habitación del niño, la gata bosteza y se escabulle hacia su cita en el tejado. El vaivén de la vieja mecedora mengua de a poco. Un aroma a flores y a humedad se cuela por la ventana. Las sombras languidecen adormiladas. Un coloquio perruno se escucha a lo lejos. El ventilador gira trepidante, y bajo su danza hipnótica, zozobra la abuela en un placentero sopor. Los haces de la luna amarilla, cargada de lluvia, iluminan tenuemente su rostro minado de arrugas. Un mosquito audaz intenta con pericia posarse en el tercer renglón de su frente, pero los vientos del ventilador se lo impiden. Su nariz prominente olfatea un chaparrón y de un manotazo cierra la ventana. Murmura las buenas noches a su nieto y vuelve a dormirse. Sus párpados bailotean sueños imposibles y de su boca semi-abierta, algo pintada de rojo, escapan truenos y tempestades. Su cabeza inclinada sobre el hombro derecho,  deja ver un cuello blanco, muy blanco, probablemente entalcado. Unos centímetros más abajo, se inicia una larga hilera de botones de nácar, que ajusta con dificultad su vestido azul a sus abundantes formas. Sobre su pecho, y en medio de restos de bombones y envoltorios de caramelos, sube y baja un escapulario de plata. En su regazo, bajo sus manos rollizas y adornadas con anillos multicolores, descansan las aventuras de Oliverio Twist.
De la cima de sus rodillas y sostenida del ruedo de su vestido, desciende con presteza una pandilla de pequeños niños huérfanos. Uno de ellos, el más intrépido, se deja caer en una pantufla, rueda hasta el piso y con impresionante habilidad, trepa los pilares de la cama hasta llegar al nieto dormido. Con toda la fuerza de la que es capaz, entreabre su párpado izquierdo y de un salto, se mete en sus sueños.

Seudónimo: Roma

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