domingo, 23 de julio de 2017

115. CONSUELO. De Lucerna


Andrómeda salió del cuarto de baño con los músculos distendidos y los nervios aletargados tras la larga y ardiente ducha. Cruzó el pasillo y se asomó a la estancia gravitacional: él aguardaba tumbado sobre la acolchada superficie que cubría todo el suelo –además de paredes y techo–, desnudo y con su imperturbable sonrisa en el rostro.
Se desprendió del albornoz y entró devolviéndole la sonrisa para tumbarse a su lado. Dejó que sus manos se posaran sobre su piel aún húmeda y la recorrieran suave y dulcemente. Le gustaba dejarse llevar, permitirle que tomara la iniciativa… como antes. Cuando la besó, ella activó el mando a distancia. Sintió como su cuerpo perdía masa y se volvía liviano, inmaterial. Ambos comenzaron a elevarse, flotando a la deriva junto a los escasos objetos presentes en la habitación: el pequeño reproductor de música, un tarro con crema para masajes, un par de vibradores de distinto tamaño, unas bolas chinas…
Andrómeda experimentó una vez más la contradictoria sensación de liberación mezclada con el vértigo de la caída en ausencia de gravedad, mientras sus cuerpos se contorsionaban y entrelazaban, ensayando posturas imposibles bajo el yugo de la fuerza de atracción terrestre. Se besaron, lamieron y mordieron, se acariciaron, abrazaron y arañaron… y el sudor de Andrómeda empapó la piel de ambos amantes. Por un instante volvió a sentirse plena cuando él la penetró.
Permaneció un largo rato acurrucada entre sus brazos, como si danzaran en el aire envueltos por la cadencia de la tenue música, casi un susurro. Esta vez tampoco pudo evitar llorar. Después, anuló la antigravedad y se dejó acariciar una vez más por su sonrisa antes de desactivarle: el brillo de sus ojos se atenuó cuando la consciencia pregrabada de Orión regresó a su archivo, en la CPU del androide. Abandonó el silencio de la estancia, evitando preguntarse por cuánto tiempo podría seguir viviendo con el fantasma de su marido.

Seudónimo: Lucerna

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