lunes, 24 de julio de 2017

120. SILENCIO EN SEPIA. De Belsah Roig


Se miraron, y con un movimiento de cabeza acordaron seguir calle abajo, sin mediar palabra alguna. La luz de las farolas iluminaba a duras penas la acera, a intervalos irregulares, tiñéndolo todo de un color sepia que acentuaba la inverosimilitud de la situación: trece mil almas censadas, y todas ellas en paradero desconocido.
Los coches, que atestaban ambos lados de la calle, eran la única prueba de vida en aquel pueblo que parecía fantasma. Siguieron avanzando a toda prisa hasta el siguiente cruce, con todo el sigilo que las suelas de caucho de sus botas les permitían. No podían hacer menos ruido ni perder más tiempo. Un portazo les hizo desandar el camino, estallando en aquel silencio sepulcral como un cañonazo, y una carrera reverberó a su diestra, indicándoles dirección y momento correctos.
Desembocaron en una plaza pétrea y desierta, donde cuatro focos de aspecto industrial vomitaban la misma luz mortecina y rojiza que parecía envolver todas las calles. Tres escalones después se hallaban en medio de aquel espacio que se antojaba surrealista, recorriendo el perímetro con la mirada y a punta de pistola, mientras recuperaban el aliento. El portón de la iglesia les esperaba de frente y con una de sus cobrizas hojas entreabierta. Voló un disparo, y un nuevo acuerdo tácito les hizo salvar las distancias.
En cuanto franquearon las puertas dieron su misión por cumplida. Habían encontrado a todos los vecinos. Trece mil pares de ojos les recibieron apelotonados en los bancos, mirando al vacío desde sus cuerpos, repartidos por los bancos de cualquier manera.
Todos estaban muertos.

Seudónimo: Belsah Roig

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