martes, 25 de julio de 2017

125. S/T. De Rata de biblioteca


Los Servicios Sociales ya habían comenzado a moverse al fin. Con un poco de suerte, se reconocería pronto que doña Juliana no estaba bien de la cabeza y necesitaba urgentemente plaza en una residencia. La pobre mujer había vivido siempre sola y ya lo habían dicho los vecinos, que la soledad no le había podido hacer bien. Al principio había sido una mujer llena de vida y muy simpática; ahora no saludaba a nadie y no agradecía a las vecinas que subían a cuidar de la casa por ella, sino que las miraba como ausente y cuando llegaba la hora de marcharse las agarraba de la ropa y las suplicaba que no la dejaran sola con "eso". Fuera lo que fuera. Desde luego, tenía que tener algún trastorno, porque ella juraba sobre sus muertos que era incapaz de moverse de la cama la mayor parte de los días y sin embargo los vecinos oían todas las noches los chirridos y portazos de las puertas y el arrastrar de los muebles. Eso si no se caía alguno, lo cual despertaba a todo el bloque y provocaba que tuvieran que juntarse los hombres para abrir la puerta a la fuerza, porque el panorama siempre era el mismo: ella estaba tumbada en la cama y gimoteando porque "eso" no la dejaba en paz.
Doña Juliana habría dado lo que fuera por haber podido moverse de la cama la noche en que su solicitud llegó al Centro Base. Oyó abrirse primero la puerta que comunicaba el salón de estar con el pasillo, dando un golpe que hizo vibrar su cristal. Luego, el silencio. Un silencio insufriblemente largo. Su cuerpo raquítico comenzó a temblar y un sudor frío cubrió su piel flácida. "Eso" siempre lo hacía como para anunciar su presencia. Una sombra se apostó en el umbral de la puerta del dormitorio. Alta, delgada, sus manos eran alargadas y puntiagudas como tijeras. Ahí estaba, como cada noche. Y como cada noche, doña Juliana no pudo moverse ni gritar. Así que, como siempre, lloró de puro terror.  Era así desde hacía cinco años. Seguiría siéndolo adonde ella fuera. Quizás incluso después de muerta estaría condenada a ver aquella horrible sombra todas las noches. La sombra, como si adivinara sus temores, esbozó una sonrisa.

Seudónimo: Rata de biblioteca

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