martes, 25 de julio de 2017

128. LA MUERTE DE NOCHE. De Simon Gump


Bajo la lluvia de una noche implacable cruzaron sus miradas y se reconocieron enseguida. El calvo observaba con odio, pero también con suficiencia. El más alto parecía confuso, perdido. Ambos sabían que no era la primera vez que se veían.
El calvo no quitaba la vista del alto, que ocultaba su rostro dentro de la oscuridad brindada por una capucha oscura. Había necesitado de coraje para enfrentarlo. Lo había estado buscando durante demasiado tiempo. Allí, parados en medio de la calle, rodeados de ambulancias, patrullas y médicos, pasaban desapercibidos. Nadie les prestaba atención. El calvo, que antes miraba las noticias policiales sentado en su sillón ajado y sucio, había sabido que lo encontraría allí, en medio de hierros retorcidos y cadáveres seccionados, haciendo su trabajo. Por eso, ni bien vio la nota en la tv, corrió a su encuentro. El de capucha lo miró a los ojos y vio fuego, vio odio, pero también vio eternidad, inmortalidad. Entonces al fin lo recordó, de otro accidente, diez años atrás. Lo recordó agonizante. Nunca supo que, al momento de exhalar sus últimos suspiros, el calvo lo había engañado, obstinado, reacio a entregar el alma así porque sí. De alguna manera lo había burlado, como nadie. Ahora estaba allí parado, en un limbo entre el deceso y la resurrección, eterno, mirándolo con asco y desprecio.     
—Vos sos el único asesino ¡hijo de puta! —dijo el calvo, enardecido —¿Usted acá? ¿Pero cómo? ¿Cómo es posible que nos volvamos a ver?—No daba crédito a sus ojos. —Sí, claro que sos vos, no hay manera de confundirte—contestó el calvo, como si no hubiera escuchado las preguntas —Déjeme que le explique…—intentó decir el encapuchado, con voz vacilante. —No, no me expliques. ¡Ya es tarde! —
Lo último que vio La Muerte fue al calvo sacar un arma, apuntarle y los fogonazos de dos disparos. A nadie le llamó la atención la disputa, ni las detonaciones, aunque sí, hay que decirlo, muchos se escandalizaron cuando los cadáveres del accidente comenzaron a levantarse y caminar desconcertados. 

Seudónimo: Simon Gump

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