miércoles, 26 de julio de 2017

132. LA APUESTA DEL CABALLO. De Jáid Pleinviu


Escribía. Bebía del trago que se me acababa varias veces en una misma noche. Tomaba un sorbo y volvía a sentirme purificado.  Agua bendita ilegalizada en los tiempos modernos de los indígenas; una fecha olvidada por el 1492. Escribía y me sentía bien, se sentía tranquilo e inaudito el mausoleo de mi paz. Siempre escribo dictados, palabras que no se expresan de mí, pero salen de mi ser. Voces que retumban de oreja a oreja, gritos y estallidos de carcajadas que hacen que pierda el equilibrio. Por eso la acción lógica desde mi perspectiva es hacerles borrosa la vista de mis ojos con tragos, que se asfixien los aullidos con humo de cigarro, y que prefieran dormir antes de cargarme de nuevo a casa desde cualquier callejón donde pude al fin encontrar algo de sueño enlatado en periódicos de ayer. Escribía y recordaba las letras de días pasados. Me veía en mi propia mente leyendo entre miles de archivos con millones de entradas por la palabra adecuada. Me sabía perdido y buscando. Así, porque intentaba encontrar la manera inequívoca de continuar el relato que empecé con tantas alegrías la semana pasada. Me separé de la mesa por un momento, bebí lo último de mi trago y esperé que las voces se emborracharan para poder escribir en silencio. Después de un rato lo hicieron. Dormían y yo volvía a escribir, con las pilas a cien, con el drama a nivel cero, con la línea que me recordaba que debía seguir, continuar, proseguir con el cuento al que trataba de darle espíritu, no forma o estudio: La Apuesta del Caballo.

Seudónimo: Jáid Pleinviu

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