viernes, 28 de julio de 2017

142. PRISIÓN SINESTÉSICA. De Amarok


Aquella noche el hedor del destino lo impregnaba todo. Una brisa amarga arrastraba lejanos gritos carmesí; los ignoró sin aminorar el paso. Nadie recordaba cómo y cuándo había comenzado la epidemia, pero ya no importaba: en ese mundo condenado de sentidos confusos todos se habían rendido hacía mucho tiempo. Todos menos él.
Siguió avanzando pese a que la espesa y pegajosa oscuridad le asfixiaba. Sus botas se hundían en el lodo, dejándole un sabor desagradable en el paladar. Esperaba alguna señal: el brillo de una caricia o el aroma dulce de una melodía que lo guiara en la buena dirección, lejos de aquella áspera cacofonía. Entonces lo oyó: el susurro de una luz tenue en el acechante horizonte. Se dirigió hacia allí.
Lo encontró en medio de unas ruinas tristes. Era un diminuto fragmento de esperanza, suave, resbaladizo entre sus dedos que apenas podían retenerlo. Nunca había sentido algo así. Se acomodó en el suelo apretándolo contra su pecho, reconfortado por el calor blanco que emanaba de él. Cerró por fin los ojos.
Aquella noche eterna soñó con amaneceres infinitos.

Seudónimo: Amarok

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