domingo, 30 de julio de 2017

144. MAÑANA, QUIZÁS. De Michelle


Joaquín se levantó y miró por la ventana esperando ver a la gata negra y blanca de la casa de enfrente que había tenido cría. Los gatitos dormían todas las mañanas al sol en el jardín detrás de la reja. Corrían y se enredaban entre ellos, jugando. Hoy ya no estaban.
Los manchones rojos en las baldosas de la entrada le indicaron lo que había pasado. Se sintió culpable de no haberlos traído a su casa.Miró alrededor. La calle vacía, como siempre. El silencio de su  hogar lo asfixiaba a veces.Las cosas se habían complicado últimamente. En realidad, el mundo había cambiado para siempre. Cada día era más difícil conseguir comida decente; pocas cosas frescas, casi nada, y lo que había enlatado, ya estaba vencido. Recorrió más de tres kilómetros buscando alimentos.El tobillo que se había lastimado hacía tres días le latía sordamente. Se lo había vendado, ajustándolo, pero no parecía mejorar. Luego de tragar un analgésico se apresuró a volver a su casa, oscurecía temprano y aún le faltaba mucho para llegar.
A medida que caminaba, miraba el sol que se iba poniendo tras los árboles, a sus espaldas.Comenzó a correr los pocos metros que faltaban y los ruidos, antes casi inaudibles, comenzaron a crecer, rodeándolo, ensordeciéndolo. Pudo ver de reojo algunas ramas que caían cerca de él, brutalmente pisoteadas.
Entró a su casa corriendo y el ruido de algo golpeando contra la entrada, hizo que se apurara a poner la madera que trababa la puerta. Respiraba agitado, invadido por el terror.
— Mañana, quizás— se dijo. Mañana quizás decidiera quedarse afuera en la noche y terminar con todo. Ser el último ser humano en un mundo habitado por licántropos nocturnos,  ya le resultaba insoportable.

Seudónimo: Michelle

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