domingo, 30 de julio de 2017

152. S/T. De Víctor Castro


"Cincuenta. La edad límite. Está permitido celebrar tu cumpleaños, pero al día siguiente llega tu momento. Inexorable destino. En realidad, acaba siendo un día de despedida más que un día de celebración. Rara vez ocurre lo contrario. La tradición, adoptada casi desde el primer momento en que se instauró la medida, dicta además que en esa fecha uno ha de reunirse con la familia. Solo los más próximos, claro.
Ayer me despedí de ellos. Dejo compañera y dos descendientes, como prescribe la ley para personas de mi rango. Las chicas están bien colocadas, ambas han subido en el escalafón más de lo que consiguió su padre. Llegarán alto, aunque no podré verlo. El momento de mi compañera llegará en noviembre, inexorable.
Hoy no he querido que me acompañen al Pabellón de la Renuncia Eterna. Mi intención siempre fue recorrer, solo y a pie, los dos o tres kilómetros que dista de nuestra casa. Si ayer me despedí de ellos envuelto en la calidez del hogar, hoy me despido de mí mismo paseando bajo la cúpula que mantiene el habitual clima atemperado. Nunca había andado tanto rato seguido, pero como es obvio no me importa ya.
Llegando al edificio enseguida observo al recio guardia que custodia la puerta, ambos de un gris tan anodino como la vida que dejo atrás. No sonríe, no habla, no hace ni el más leve gesto, actúa como si no me hubiese visto. «Buenos días, tengo cita a las treinta horas en punto para presentar mi renuncia», le digo mientras hago el ligero saludo de rigor con la cabeza. «El terminador le estaba esperando, pase y enseguida pondrá fin al proceso», me contesta sin mover otro músculo que sus labios.
Gracias al esfuerzo que permite mi otrora férrea fuerza de voluntad, consigo no mirar atrás, y amargamente cruzo la puerta introduciéndome en la oscuridad que precede a la eternidad. Se acabó."

Seudónimo: Víctor Castro

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