lunes, 31 de julio de 2017

168. LA FÁBRICA. De Hedda


La fábrica fue inaugurada hacía apenas una semana. El Sr. Meyer, desde una tribuna colocada para la ocasión, lanzó una soflama en la que alababa la última decisión tomada por el Estado Unificado: Librar al mundo de la basura más estéril y difícil de exterminar de la manera más sencilla y limpia.
Con un ligero ademán de cabeza, ordenó que elevaran las puertas de acceso. A continuación, un tren de imantación de carga pesada dio paso al edificio en el que se congregaba con deleite una veintena de personas elegidas entre altas autoridades y prensa especializada.
El tren avanzó hasta la cinta de transporte y escupió de su interior la mercancía: kilos y kilos de carne humana expulsada con la facilidad de un engranaje bien engrasado.
Había de todo. Carne enferma de hombres, mujeres y niños de toda clase y condición. Cabezas, torsos, miembros humanos que suponían un sobrante de la sociedad y un coste inimaginable para las arcas sanitarias.
Este era el paso correcto. Un gran paso para la humanidad. Higiene genética y económica a un mismo tiempo.
Al fondo, las láminas de láser iniciaron el trabajo de avance, corte al ras y pulverización.
El Sr Meyer sonreía bobaliconamente, mientras observaba cómo su público callaba y mantenía la respiración, expectante.
La carne avanzaba, paso a paso, hacia la cortina de luz azul.
De pronto, una mujer perdió el equilibrio y cayó sobre la cinta, golpeando la pierna del hombre que se situaba delante de ella. Volvió a levantarse como pudo y asió la mano del hijo, que se había soltado en la caída.

Seudónimo: Hedda

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