lunes, 31 de julio de 2017

171. FINAL OSCURO. De El jinete sin cabeza


Antes de marcharse de cacería por dos semanas, su padre le previno: «No le abras la puerta a nadie». Quizás por eso su nuevo amigo se escurrió por la chimenea y se refugió en la penumbra del hueco de la escalera. Los verdes ojos levantaron un luminoso resquicio, entre telarañas y cachivaches, y le hicieron saber al crío sus exigencias: dos parpadeos para sí, un parpadeo para no.
─Entonces… si no quieres salir a jugar ¿quieres comida? ─le preguntó ansioso el niño.
—Dos parpadeos. Y una zarpa membranosa se asomó desde la oquedad.
El niño se conformaba con la escasa provisión de frutas secas, mientras atendía el creciente apetito del comensal por la carne. Pronto, las reservas de la alacena se agotaron. En un lecho improvisado con cartón y sábanas, el chico languidecía de hambre y de aquellos estigmas sangrantes que aparecieron en su cuerpo desde que decidió dormir al pie de la madriguera. También el invitado quedó reducido, inapetente, en el cubil entre gritos de dolor. Después de mucho gemir, y ya casi sin fuerzas, aquel pujó un último alarido y las pupilas verdes brillaron con renovada energía en la oscuridad.
─ ¿Ya te sientes mejor de la barriguita?
—Dos parpadeos.
─ Estoy débil, querida amiga. Antes de que venga papá y te marches con tu familia, ¿quieres salir para que pueda conocerlos? —le suplicó el niño adormilado.
En respuesta, varios pares de pequeños ojos verdes se encendían y apagaban conforme avanzaban hacia el indefenso niño.

 Seudónimo: El jinete sin cabeza

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