lunes, 31 de julio de 2017

174. JUAN 13: 34. De Martín Lautaro Grau


La continua inconstancia termina haciendo arrodillar al toro. El que un día bramó con fuerza tal que hizo sudar al Cristo de yeso de la capilla del pueblo se vio obligado a sucumbir ante los fuegos etéreos que salían de las manos de los sacerdotes. De rodillas, como buscando ser bípedo, rezó por ser Asterión, y maldijo a Dante. Fue encadenado y llevado a juicio en un establo, como si a sus padres, sus dioses, no les hubiera bastado con humillarlo al parirlo entre alimañas. Se lo condenó a la hoguera por ser el resultado de experimentos impíos y por negarse a revelar a los herejes que lo invocaron. No oyeron sus gritos, que le hirieron su cabeza, pálida, lampiña y chata, que lo dejaron sordo hasta sus últimos minutos. Fue encadenado muy torpemente a la hoguera, en la que terminó como un tronco más. Cantaron los sacerdotes, los Teseos, y encendieron la llama. El humo cubrió todo casi de inmediato, siendo llevado al cielo más grueso y más oscuro con cada bramido. Su rostro,  bello y andrógino, buscó traspasar las llamas, terminando tan miserable como el del vulgo sediento de sangre y ahogado en el miedo y el oscurantismo. Murió calcinado blasfemando a San Lucas en violentos y dolorosos temblores, y preguntando por qué no le pudieron bastar sus velos para esconder su humanidad y su belleza.
 Pero yo me pregunto, ¿por qué lo matamos? Somos miserables, ignorantes, con conceptos tan básicos de coherencia. El creer que una cara pertenece a un cuerpo en particular nos llevó a quemar al segundo Cristo, nos llevó a deformar una belleza calmante y onírica, sólo por no aceptar a lo bello en sí. Le dimos muerte antes de que pudiera entregar el nuevo mandamiento: "amad, amad lo bello, y si no lo encontráis, creadlo, y si lo veis, jamás lo nieguen; confiad, porque la luz y el camino no siempre serán visibles al ojo humano, y podréis necesitar el alma de un toro para hallarlos".
Seudónimo: Martín Lautaro Grau


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