lunes, 31 de julio de 2017

176. LA MALDICIÓN. De Gilraen


Me levanté aquella mañana sediento. Tenía la boca reseca y una extraña sensación me recorría las sienes, como un extraño hormigueo que golpeara mi cerebro y quisiera devorarlo. Notaba la boca reseca y aún resonaban en mi torturada mente aquellas últimas palabras antes de que la sangre caliente llenara mi boca: "¡Maldito estarás siempre!"
Me dirigí al baño y su espejo acusador me golpeó con un horrendo reflejo. Unos ojos inyectados en sangre me recibieron, terribles e inhumanos; una boca afilada y cruel se perfilaba por un rostro blanquecino y enfermizo. ¿Aquel era yo? ¿Tanto había cambiado? ¿Sería posible que ella me hubiera hecho esto? No, no era posible. "¡No!" grité golpeando el cristal con mis puños con la rabia que proporciona la evidencia de mi horrible acto. Mis nudillos se llenaron de aquel líquido tan familiar, pero no sentí dolor allí, sino en mi pecho que aún latía. Caí de rodillas vencido y solo entonces fui conciente de que estaba muerta, de que nunca más volvería a reír bajo las estrellas, ni a danzar descalza por el prado mientras yo la contemplaba embelesado, lleno de deseo.
"Maldito estarás siempre", dijo el viento que entraba por la ventana como una terrible boca infernal. Era un monstruo y jamás lograría librarme de mi tenebroso destino. Sabía que jamás podría parar, que era parte de mi ser y que siempre estaría allí, para condenarme y torturarme eternamente. En mi mente, el otro soltó una carcajada cruel y macabra. Sabía que cuando llegara la noche yo nada podría hacer y él volvería a matar y me haría presenciar los horribles gritos, las miradas aterradas de mis víctimas, sus vísceras entre mis manos calientes, su estremecerse antes de morir en los estertores que en mi retina quedarían grabados para siempre.
"Maldito estarás siempre", así me dijo ella antes de morir, antes de ser quemada en la hoguera por bruja; y yo, su inquisidor, por ello, me quemaré en el horrible tormento del infierno al que ella me envió.

Seudónimo: Gilraen

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