lunes, 31 de julio de 2017

178. DOLOR EN LA NOCHE. De Macuur


Rompió la noche. Fue una explosión deslumbrante. Una centella que apenas duró un segundo iluminó el firmamento e inundó palacios y cuevas. En todo lugar dejó su huella voraz. Allí descargó muerte y destrucción. Sólo un niño, una criatura inocente, la más débil de la creación, escapó al poder destructor de aquella estrella fugaz.
Eso dijeron los sabios. Una estrella fugaz de inmenso poder destructor había arrasado  todo cuanto encontró a su paso. Erraron. Allá en lo más profundo de un valle, perdido entre ventisqueros, la muerte había respetado a un cachorrillo que, bajo forma humana, escapó a la parca agarrado al pecho de su madre.
Nadie lo supo. Salvo un lobo que amamantaba sus crías oculto en la profundidad de una caverna. Enfurecido por el ensordecedor ruido que acompañó a aquel rayo aulló amenazante desde su guarida. Respondió el llanto del pequeño. Y un corazón, el corazón de una fiera salvaje, tembló arrebatado ante aquel sollozo. Una fuerza imparable lo arrastró hasta el exterior. El bosque gemía arrebatado ante el fuego destructor. Muy cerca, entre dos enormes peñascos, el cuerpo de una mujer, arrebatado por la furia infernal, escondía entre sus cenizas una gota de vida. Era un bocado exquisito para un lobo hambriento. El animal husmeó el entorno. No había ningún peligro inminente. Sólo el aroma emanado de unas carnes prietas y delicadas. Se acercó. Olfateó con fruición aquel tierno bocado que se ofrecía a  sus fauces y aprisionando su cuerpecillo con los colmillos lo trasladó al interior de la guarida, lo depósito junto a sus crías y, con la ternura que sólo sabe usar una madre, le ofreció uno de sus pezones.

Seudónimo: Macuur

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