lunes, 28 de mayo de 2018

15. EL PANGUI. De Estraven Zombie



—Dale, puta.
Raimúndez se acariciaba la entrepierna mientras intentaba meter la reglamentaria en la boca de la chica, pero guardó el arma cuando entró el sargento.
—¡Salga, cabo!
Detrás del rancho, el sargento Restrepo le desinfló el estómago de un rodillazo. Estos tarados se olvidan de que nos están observando, pensó Restrepo. Los helicópteros dejaban caer cajas de medicamentos, un número más del show que el gobierno había montado en la reserva Toki Leftraru para el Comité de Derechos Humanos. Aunque los enviados de la ONU fastidiaban, no prestaban atención a los crímenes cometidos por los zoodroides telépatas: las superpotencias ganaban millones vendiendo esa tecnología.
Restrepo volvió junto a la chica y le escaneó las retinas.
—Sayen Neculpan —leyó—. Perdoná a Raimúndez. Sólo quería divertirse un poco. Pero seguro que a los terroristas que se esconden acá sí los dejás que te cojan...
Ella no respondió. Midió al sargento, así como su gente vigilaba al pangui que merodeaba cerca del poblado. Pensó en Tomás y se estremeció al imaginar lo que podrían hacerle si lo encontraban. Tomás no era como los demás. Él me ama, se dijo.
—¿Sos calladita? No me dejás alternativa —dijo Restrepo, y la sacó a empujones—. Que el puma te sondee. ¡Caminá!
Ella avanzó hacia la arboleda. Asqueada, sintió la mirada del sargento en su cuerpo. Pasó temblando frente al puma de metal, el pangui, como lo llamaban los viejos. La bestia de ojos rojos olisqueó y le mostró los dientes, pero no la atacó, porque era verdad que Tomás la amaba. Aliviada, corrió y se perdió entre las lengas.
—Ya te vamos a encontrar, puta —murmuró Restrepo. Anotó el número de serie del droide. Otro de estos robots de mierda que se jode…
Horas después, Sayen llegó al refugio donde la esperaba Tomás.
Seudónimo: Estraven Zombie

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