domingo, 3 de junio de 2018

23. CUANDO EL HIELO VENCIÓ AL FUEGO. De Cenizas



Bañado en sudor reaccionó sobresaltado, no tardó en tomar consciencia de su posición horizontal, quince segundos bastaron. En su desesperación interna hizo a priori el infructuoso gesto de  palpar un interruptor. Retando a la densa oscuridad sellada franqueó la entrada de su imaginación al sol. Pronto abandonaría la pretensión inútil de incorporarse, de liberar su piel de aquel lienzo empapado adherido a ella. Sus manos golpeaban con fuerza las paredes de tan indeseable estancia lúgubre a la búsqueda de cerrojos, cerraduras y llaves. Preso en el apocalíptico cubículo fue como a exhalar un grito, una plegaria cuando la perversa evidencia obstruyó su garganta. No conseguía despegar sus labios trabados desde el momento que su intuición obstinada le acertó a iluminar. Un inepto de bata blanca lo certificó. "El oxígeno", advertía insistente su cerebro. "Ahorra,  ahorra oxígeno, muchacho, ¡¡el oxígeno!!". Con un hilo de esperanza y la respiración terminal, mediante el autoengaño propuso un desafío a su angustioso  estado, rechazó admitir la realidad. "¡No! ¡¡No es verdad, no es verdad!!  ¡¡¡Noooooo!!! Esto es una pesadilla, la peor pesadilla que puede embestir a un humano. ¡Agua, aire! ¡¡Dios mío, dios mío, agua, aire!!", demandaba exhausto. Ansioso de arañar la vida el arrebato de un resquicio le dominaba. Oyó un ruido fuera, sacó fuerzas y gritó y pataleó un SOS. Pero solo se pronunciaba el silencio profanado del opresivo estertor. Era algo próximo a una certeza lapidaria. Era la profundidad de la verdad que descarna los huesos. Era la escarcha del tránsito inmediato horadando la existencia. Solo del horror que expelen unos ojos fuera de las órbitas podía escapar salvaje el fuego de la vida en el hielo de la muerte. A falta de  inspirar no espiró; en manos de la nada expiró.
En exteriores, a la sombra de los cipreses, la cúpula marmórea de aquel santuario del  terror luce aún nimbada de rosas descompuestas en los repechos. Como las vidas que la guadaña siega y descompone. De frente saluda una hornacina coronada por el epitafio: "Aquí yace Manuel Campo Santo, muerto a los 43 años por asfixia".
Seudónimo: Cenizas

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.