miércoles, 13 de junio de 2018

31. POR LA MAÑANA PIENSA EN MÍ. De Oriandux



Desde que su esposa murió se le ve al viudo cada mañana alimentar a las aves en el parque. Es un ritual que repite todos los días desde hace dos semanas: se acerca caminando lentamente a la banca que se encuentra bajo el roble que se presume fue traído de Europa a mediados del siglo pasado, se sienta y acomoda su pierna derecha sobre la izquierda silbando una melodía que evoca una tristeza profunda y luego saca del bolsillo del saco una bolsa de papel conteniendo migas de pan. Los niños ven maravillados como las aves descienden para alimentarse a su alrededor, mientras el viudo mueve la mano elegantemente como un mago que espera se le brinde un gran aplauso.
Es cierto que desde hace un mes hay una ordenanza municipal que prohíbe alimentar a las aves por razones de seguridad sanitaria y prevención de la salud pública, así como evitar el deterioro del ornato debido a los componentes ácidos de sus deposiciones, pero esto el viudo parece desconocerlo o no acatarlo. Ningún vecino le hace mención de esta ordenanza y tampoco parece necesario traerla a recordación; pareciera que han sopesado el hecho de contar con la presencia del viudo como algo visualmente positivo para el paisaje por sobre un banco vacío, triste y aburrido.
Esta mañana agentes municipales han forzado al viudo a levantarse de la banca y lo han invitado a retirarse exponiendo las razones de la ordenanza. El viudo se muestra confundido y tembloroso, casi con ganas de llorar. Los vecinos, para evitar problemas con la ley, se han retirado junto a sus niños. Los municipales, al ver que el viudo parece no querer moverse, lo sujetan fuertemente para arrastrarlo. La bolsa de migajas cae al piso y uno de los agentes la pisotea bruscamente soltando una risa cruel. El viudo, impotente, comienza a silbar su triste melodía y agita su mano: las aves alzan vuelo y, convertidas en seres fabulosos, se precipitan salvajemente sobre los tres agentes municipales.
El viudo se retira del lugar, teniendo cuidado de no pisar los charcos de sangre para no ensuciarse los zapatos que su esposa le obsequió la última navidad que pasaron juntos.
Seudónimo: Oriandux

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