jueves, 26 de julio de 2018

100. LA MANSIÓN. De Alfonso Conde



Definitivamente era el lugar correcto. No había margen de error, era la mansión que desde la infancia le había atormentado los sueños.
Recordaba a la niña vestida de blanco frente al gran pórtico, sosteniendo ese ramo de flores lúgubres y casi marchitas, también recordaba el cadáver de su madre que yacía en el jardín, como una muñeca de porcelana a punto de romperse y, además, a ese hombre de traje entero y mirada fría y vidriosa que se hacía llamar su padre, extendiéndole su mano e invitándola a pasar en la mansión oscura y tenebrosa que ahora tenía en frente.
Abrió la puerta y asomó el rostro. El lugar estaba en ruinas, casi cayéndose a pedazos. Algunos sectores del techo permitían el paso de la gris luz de la nublada tarde y sus paredes, antes vestidas con  exquisitos papeles tapices, estaban, hoy en día, rasgadas de tal manera que cualquiera podría jurar que almas perdidas que se lamentaban en el sufrimiento eterno las arrancaban a su paso y les dejaban hechos jirones.
Sentía su corazón en el cielo de su boca cuando comenzó a caminar hacia aquella habitación que en sueños tantas veces había visitado y que ahora le parecía un túnel hacia el mismo averno. Recordaba ver a su padre peinando el cadáver de su madre que movía en la mecedora, recordaba la sensación de extrañeza y confusión, pero, ahora, solo sentía terror.
Avanzaba, con cada crujir del inmueble ante sus pasos. Avanzaba y una lágrima brotaba, avanzaba y sus labios temblorosos se agitaban. Su respiración entrecortada se detuvo totalmente al abrir la puerta  de la habitación y su corazón se derrumbó cuando, en esa misma mecedora donde recordaba el cadáver de su madre estaba, ahora, mirándole fijamente, su propio cuerpo inerte.
Seudónimo: Alfonso Conde

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