lunes, 30 de julio de 2018

113. IMPONDERABLES COTIDIANOS. De Autodrive



Al extender mi mano, recuerdo una vieja historia. Un hombre vuelve de su jornada laboral por el mismo camino todos los días. Vidrieras cotidianas, semáforos conocidos, parpadeos de urgencias innombrables. Es la hora en que se atenúan los sonidos del orbe, las luces reducen su brillo y los bares se sacuden de clientes. Otro hombre, una borrosa figura en su memoria, lo llama siempre desde un callejón oscuro. El hombre de nuestro relato vacila y la seguridad del llamado tiende a paralizarlo, le eterniza los pasos, pero logra al fin acercarse a la forma de su interlocutor. En ese instante observa en el ceniciento rostro, un par de colmillos de plata, de una hermosura incomparable, tan atractivos como sedientos de sangre. Rápidamente el desconocido se quita los colmillos y guardándolos en una extraña cajita de madera hace el gesto de entregárselos. Pero nuestro hombre no puede detener su marcha, imponderables cotidianos encausan nuevamente sus pasos hacia las lejanas luces del hogar y abandona todas las noches al otro, que se sumerge resignado en las penumbras de los angostos pasajes de la ciudad. Desconozco por cuanto tiempo discurrieron estos encuentros, el devenir de otros años u otros hombres, cambian el aspecto de esta narración que hoy evoco tardíamente al saltar de ciudad en ciudad, o al involucrar al narrador como propio testigo de los hechos en el comienzo de esta noche. Y sin volver la vista, cabizbajo, apuro mis pasos para no sentirlo, para no verlo, aunque él, sonriente en su nocturnidad, musitara nuevamente mi nombre desde el siniestro callejón.
Seudónimo: Autodrive

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