domingo, 8 de julio de 2018

57. LÍVIDA Y A LA MODA. De Eloína de Macías



Blancanieves yacía inerte sobre el musgo reseco y la tierra mojada. Los gusanos y larvas se le enredaban poco a poco en los tobillos para escalar por su diminuto y ligero cuerpo y darse un delicioso festín.
Los años habían pasado y nadie se había dignado a darle el tan ansiado beso que la liberaría del sueño eterno. Estaba a punto de ser carcomida como la madera podrida de los muebles. Sus serviciales discípulos, los famosos enanitos, la habían abandonado a la ventura en busca de nuevos quehaceres que les entretuviesen durante el día.
De repente, una jovencita con unas ropas negras como el hollín y un collar de perlas apareció en aquel desolador paraje. Llevaba una pequeña figurita y una cajita de agujas. Dijo un conjuro impronunciable y comenzó a  clavar una a una las agujas que portaba en la caja en diferentes zonas del cuerpo del muñeco. Cada vez que hincaba una aguja en aquel trozo de tela, el cadáver de Blancanieves se movía retorciéndose de dolor. Cuando hubo acabado su diabólico plan, la chica se esfumó dejando un tufillo a lirios.
Blancanieves giró la cabeza 360º y se levantó poco a poco de su repugnante lecho. Con los brazos estirados hacia delante y los ojos abiertos como platos, comenzó a caminar lentamente por aquel solitario lugar. Al fin llegó a la cabaña de sus queridos enanitos y girando la cabeza cual tiovivo, aporreó la puerta con extremada violencia. El enanito gruñón salió a su encuentro y, al ver semejante panorama, se escondió atemorizado bajo el catre.
Blancanieves entró en la chocita y, después, poco se supo del paradero de sus amiguitos. Según cuentan los aldeanos, se oyeron escalofriantes gritos de auxilio. Tras un rato, a lo lejos se distinguió a un ser parecido a un zombi que portaba siete gorritos incrustados en los dedos de las manos, a modo de anillos.
Seudónimo: Eloína de Macías

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.