jueves, 12 de julio de 2018

64. MIRÉ Y VI UN CABALLO BAYO. De Hápax Legómenon



Desde los más lejanos confines los emisarios volvían con noticias alarmantes. El Gran Chambelán las desgranaba como cuentas de un rosario doloroso, inclinado ante los oídos indiferentes de Su Serenísima Majestad. El infortunio y la desolación se enseñoreaban de los continentes. Tribus, naciones enteras, huían de la mortandad. Pronto el Mal alcanzaría las fronteras del imperio, oh Ser Supremo, y entonces…
–Y entonces qué –cortó el Magnífico, desabrido–. Nuestras formidables murallas han resistido durante siglos toda agresión. Me aburren tus temores, viejo imbécil.
Un viento repentino, helado y pestilente, recorrió el gran salón e hizo que el Todopoderoso dirigiese la vista más allá de las arcadas de mármol de la Mansión de las Mil Moradas. El cielo se oscurecía por oriente. Millones de élitros de insectos monstruosos levantaban remolinos de polvo que azotaban impíos la Ciudad de Oro, mientras la Muerte entraba en palacio sin anunciarse.
Seudónimo: Hápax Legómenon

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