jueves, 2 de agosto de 2018

127. UN CAFÉ PARA LA MUERTE. De Dublín



Un día como cualquier otro, un hombre marcado por las huellas de una cotidiana existencia se levantó a tomar su café. Era una mañana húmeda, y hacía unos cuantos días que las nubes ocultaban la luz del sol en el horizonte. El silencio recorría cada pasillo de su hogar. El mundo, esperaba más allá de la puerta de entrada.
Como en cada día de los últimos años, ese hombre aguardaba unos pocos instantes para ver si por mera casualidad, alguien lo visitaba con el objetivo de quebrar su soledad. Pero nadie llegaba, y él terminaba haciendo ruido para ver si por lo menos los vecinos sentían su presencia.
Pero desde ese día, ya nada sería igual. Ese hombre, preso de su rutina, revolvió el café con la cuchara y cuando se inclinó para beberlo, una mueca de estupefacción se materializó en su rostro.
En el café, algo se reflejaba. No era su rostro al acercarse, ni nada de lo que él hubiese esperado. El hombre vio que el oscuro color de la superficie del café tomaba la forma de una golondrina. El ave volaba hacia el horizonte, en completa soledad. Asustado, revolvió el café con la cuchara y la imagen volvió a cambiar. El reflejo en la taza se convirtió en el de una libélula, y al igual que la golondrina, también volaba. Se alzaba en un viaje hacia el horizonte, pero una de sus alas estaba rota y la libélula parecía que pronto caería hacia el abismo que se extendía en la oscuridad de su vuelo.
El hombre volvió a deslizar suavemente la cuchara y la imagen se perdió en un pequeño remolino que giraba en el centro de la taza. Justo en el instante en que el café se detuvo, y ese hombre iba a observar que era lo que se materializaba entre tanta oscuridad, su esposa se despertó con la noticia de que ella estaba embarazada. Claro, todo hubiese sido normal; todo hubiese sido lo usual. Pero su esposa había muerto diez años atrás, y él, siempre había sido estéril.
Seudónimo: Dublín

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