viernes, 3 de agosto de 2018

132. SENTENCIA. De Abadón



Los párpados de Gaspar estaban sellados, del arrebato se enredó en las sábanas y cayó de rodillas al suelo, sin dejar de intentar desasir sus párpados para poder ver. A tientas se incorporó y caminó hasta el baño, se bamboleó y trastabilló, el suelo de la casa vacilaba bajo sus pies descalzos. Llegó hasta el baño y restregó sus ojos con fuerza. Finalmente percibió la luz y algunos nubarrones diáfanos se proyectaban frente a él, amusgando los ojos identificó el espectro de su rostro en el espejo. Se restregó aún más y la visión comenzaba a rehabilitarse. Esos ojos aciagos y ensombrecidos que le devolvían la mirada parecían más perturbados de lo normal.
La sala se veía diferente, no sabía en qué, pero llevaba una suerte de réplica inexacta. Otras dimensiones, otros ángulos. Incluso las personas en los retratos que ataviaban las paredes, se parecían a su familia, pero sus expresiones se le antojaban adversas. Su casa pronunciaba una suerte de gemido onírico, y Gaspar, temeroso, creyó que podría venirse el techo sobre su cabeza. Sin más remedio, salió al exterior, aún descalzo y  desconcertado. Afuera, la bóveda vespertina enardecía en una amalgama de cielo blanco y nimbos rojos. Ese no era su vecindario, todas las demás viviendas habían desaparecido. Solo se hallaba él, en la inmensa desolación. El suelo estaba cubierto de espinas amorfas que se remecían al caminar. Antes de estallar en un ataque de pánico, Gaspar vio un rostro familiar. Casia, su sobrina de 8 años. No parecía asustada, ni desconcertada. Llevaba ese vestido a lunares que Gaspar tanto le gustaba. Permanecía inerte, sosteniendo su muñeca de ojos rojos.
—¿Estás bien amor? —Gaspar posó una mano sobre su hombro.
—No volverás a tocarme nunca más —dijeron mil voces.
Seudónimo: Abadón

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