viernes, 3 de agosto de 2018

135. EL NÁUFRAGO. De Masimito



Cuando logró brincar la reja del jardín avistó el estante. A pesar del frío sus movimientos eran firmes, alentados por la excitación. Muchas veces había visto esa como vitrina repleta de libros; desde la primera vez concibió la idea. De una pedrada rompió el cristal y, antes de que el velador tuviera conciencia de lo que sucedía, el hombre tomó un ejemplar, sólo uno elegido desde hacía mucho, y escapó.
Hecho bola tras una columna de los portales del teatro de la ciudad, otro hombre, cubierto con periódicos, lo esperaba. Cuando el primero llegó, el segundo lo cuestionó:
–¿Y las cobijas?
–No las conseguí, pero traje esto…
El de los periódicos miró el libro con desconcierto, luego pareció comprender que definitivamente no habría nada con qué hacerle frente al invierno.
–¡Pendejo!– masculló antes de girarse para reconciliar el sueño.
Su compañero posó el libro sobre el suelo, eligió una página en particular y saltó al fondo de la hoja. Cayó en una isla tropical; dos hombres, uno blanco y barbado, otro un negro adolescente, lo miraban atónitos. El recién llegado, ignorándolos, dio tres saltos de alegría, se despojó de sus harapos y se tiró al mar.
Tras un cuarto de hora de jugueteo, por fin decidió presentarse:
–Robinson, Viernes– dijo solemnemente, acompañándose de señas por si los otros no entendían el español– me llamo Arturo, pero pueden decirme "Diciembre"; vine porque allá afuera hace un frío de la chingada…
Seudónimo: Masimito

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