lunes, 6 de agosto de 2018

168. DESPUÉS DE LA DEVASTACIÓN. De Arsivad



El capitán Kalinor sintió que el estómago se le revolvía del asco al mirar aquellas dos inmundas criaturas moviéndose lentas y bamboleantes entre los restos de la batalla. Llevaban casi a rastras el cadáver, pues apenas y alcanzaban el metro de estatura. Parecían dos enormes sapos bípedos, con caras bulbosas de ojos opacos y saltones cual huevos podridos, su viscosa piel de un verde muy pálido parecía exudar una secreción amarillenta a la luz del atardecer.
"Trasgos, ¡puaj!", pensó Kalinor con repugnancia mientras se inclinaba sobre la montura, haciendo chirriar su armadura de placas, para lanzar un sonoro escupitajo. Si de él dependiera aquella repulsiva raza sería exterminada de la faz de la tierra para siempre. Ante su vista se extendía un inmenso lodazal sembrado de cuerpos y sangre. Algunas maquinas de guerra aún ardían en medio de humos grasientos y los cuervos ya comenzaban a descender para darse su festín. Era por eso que muchos otros trasgos, como aquellos dos, se apresuraban entre el mar de cadáveres tratando de reconocer a los suyos.
"… Exterminados hasta el último de su asquerosa estirpe", continuó Kalinor.
No obstante, se recordó que él peleaba en el bando de "los buenos", o al menos así se recordaría en los libros de anales, y los buenos siempre muestran misericordia. La guerra al fin había terminado y el Señor de la Oscuridad estaba muerto, ya no tenía sentido continuar con el derramamiento de sangre.
Las dos criaturas pasaron con su carga cerca del capitán, resoplando y croando. Kalinor se preguntó si aquellos no serían más bien lamentos. "Además", se dijo al tiempo que espoleaba su montura para alejarse de allí, pues estaba fastidiado de aquel patético espectáculo, "supongo que, aún si se trata de trasgos, dos miserables críos tienen derecho a reclamar y dar sepultura a su padre".
Seudónimo: Arsivad

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