martes, 7 de agosto de 2018

188. EL CAZO EN LA COCINA. De Moulin Rouge



Una noche la esposa atormentada apuraba sus labores. Dedicó un segundo a mirar el reloj sobre la mesa solo para darse cuenta de que su marido estaba por llegar; él, algunas veces la sorprendía antes de la hora esperada, le gustaba asustarla, mantenerla atenta a su llegada.
El cazo hervía en la cocina, el caldo que la esposa jamás igualaría al de su supuesta intachable suegra, la bruja que la hacía llorar, incluso más que su marido. La esposa atormentada sabía que, si no se comportaba como era esperado, le lloverían golpes, la cena, los platos o cualquier cosa que estuviera a la mano de su marido.
El hombre entró por la puerta pisándole con maldad la cola al gato; su mujer llevaba días soñando con la libertad, con presionar ambas manos sobre el cuello de su marido hasta que dejara de moverse, con inundar su cabeza en la tina del baño, o con mantener una almohada presionada sobre su rostro, uno de esos tantos días en que gustaba de llegar borracho. El cazo siguió hirviendo en la cocina, igual que el deseo de la mujer; bullía el anhelo de ser eximida de su casa y la pavura que vivía en ésta. El marido se le acercó por detrás, ella, miró una vez más el reloj sobre la mesa, el largo y afilado cuchillo en su mano, al pobre gato que relamía su cola pisoteada. Dejándose llevar por sus impulsos, cortó la piel del brazo de su marido. Él la miró incrédulo, enojado, haciéndolo por última vez al ser atacado con las siguientes cinco puñaladas de arma blanca y sueños oscuros, de esos que son pesadillas convertidas en la vida misma. La sangre corrió en la cocina, el gato se acercó a lamerla, la mujer, ahora absuelta, se arrodilló a rascarle al minino detrás de las orejas, aliviada con la libertad.
Seudónimo: Moulin Rouge

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