jueves, 9 de agosto de 2018

230. CAUTIVA. De Dayné



Todas las mañanas me cruzo con ella. Cuando paso por la casona, empiezo a caminar lentamente disfrutando de cada instante. Ahí está ella, apoyada en la ventana, tras el cristal, el cabello recogido en dos primorosas trenzas doradas. Gira lentamente la cabeza y sus grandes ojos color avellana se posan en mí. Levanta la mano y parece sonreírme fugazmente.
Me encantaría pararme y conocerla. Imagino su vida de mil maneras, pero siempre igual: cautiva en esa casa enorme y destartalada que vivió tiempos mejores.
Ese día salgo antes decidido a visitarla, quiero oír su voz que imagino dulce y delicada.
Miro hacia la ventana, pero mi damisela todavía no se ha asomado. Avanzo decidido hasta la verja y la empujo, procurando hacer el menor ruido posible. Atravieso el jardín que está totalmente descuidado, apartando las plantas que crecen por todas partes y que apenas me dejan adivinar el camino hasta la entrada.
Llamo al timbre, pero no se oye nada. Casi puedo sentir su presencia en esa casa y sin embargo todo parece muerto a mí alrededor.
Al golpear la puerta noto que se abre ligeramente y un silencio sepulcral me da la bienvenida.
La curiosidad vence a mi inquietud y me cuelo dentro. Recorro los oscuros pasillos en su busca, y me dirijo hacia la única ventana por la que entra la tenue luz de la mañana.
Ahí está ella, sentada en una raída butaca dándome la espalda. Su pelo rubio cae sobre el respaldo de su asiento. Apoyo mi mano sobre su hombro y siento que algo va mal, me inclino y entre lágrimas veo como su rostro de madera se vuelve hacia mí.
Seudónimo: Dayné

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