jueves, 22 de julio de 2021

35. GIANI Y RON. De La joven Bécquer

 

 

—¿Qué es ese ruido que procede del armario? —quiso saber Giani.

—No es nada. Duérmete ya.

—¿Es que tú no ves los destellos rojos por los huequecitos de la madera carcomida?

—¡Para! ¡Duérmete ya!

Giani se bajó del catre mugriento y fue caminando de puntillas hasta el flanco derecho del armario. Después, aguzó el oído y escuchó una especie de cántico satánico. Abrió lentamente el mueble. En ese momento, Ron ya dormía como un lirón. Una luz arrebol cegadora y un intenso olor a benjuí inundaron el dormitorio. Giani observó cómo las brujas se arremolinaban en la hoguera e imploraban a Belcebú con cánticos estridentes. Una de las componentes del aquelarre vislumbró al joven y con su dedo atrofiado le hizo señas para que se adentrase en el principio del abismo. Giani se sintió prisionero de una especie de fuerza inmaterial e invisible que le obligaba a adentrarse en ese mundo pérfido e irracional. Poco a poco, sus pisadas se hicieron más rotundas hasta que al acercarse al círculo luciferino los goznes del armario dieron un sordo golpe. Las puertas del armario se cerraron a cal y canto.

En ese preciso momento, Ron se descubrió y sus ojos se tiñeron de un tinte bergamota que pintaba con gotitas de rojo intenso las ojeras de su rostro. Se levantó de inmediato de la cama, como poseído por una extraña fuerza inmortal, y comenzó a escalar las cuatro paredes de la habitación de forma dantesca mientras su testa giraba sin cesar. Ante tal alboroto, la señora Parisi irrumpió en el dormitorio de sus hijos menores con ganas de poner fin a tan vergonzosa algarabía. Cuando encontró al joven Ron en aquel estado y a su hijo menor desaparecido, no puedo hacer nada más que arrancarse los ojos de las órbitas y gritar desgarradoramente con tal de no presenciar tal infame escenario.

Seudónimo: La joven Bécquer

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