martes, 27 de julio de 2021

39. PARALIZADA. De Alberto Zavala

 

 

Otra vez en las mismas. Otra vez mirando el techo, deseando que esta vez se quede ahí donde está, donde ha estado siempre, donde debe de estar, y que en su lugar no se encuentre aquel que cada noche me somete para llevarme allá en donde existen sombras más oscuras que la misma noche… ¿noche? ¡Oh, la noche! La noche que en la que se supone debo descansar, pero no gozo de eso, pues poco después de acostarme, él llega acompañado de su corte de malformados, se acercan gateando, chillando, babeando, y no me puedo mover y el grito de horror se queda encarcelado en mi garganta.

Será mejor que deje de pensar en todo esto, mi rostro palidece al mismo tiempo que mis cuencas oculares se engrandecen por la ansiedad que me provoca recordar todas sus visitas. Pero, si no pienso en algo me voy a dormir, y no, ¡no quiero dormir, no debo! Mis ojos son mis principales enemigos ahora; me pesan y están rogándome los deje cerrarse, parece que hay un imán entre ellos que los quiere juntar, estoy tan desesperada que he pensado en quitarme los malditos ojos con el cuchillo que he dejado sobre el buró al lado de mi cama para defenderme de mis visitas nocturnas, aunque ahora dudo mucho de quien sea la visita; ellos o yo. De cualquier modo, cuando llegan no puedo moverme porque se acuestan sobre mí, oprimiéndome toda, dejándome sin aire, horrorizando cada uno de mis sentidos paralizados. Algunos tienen brazos largos que terminan en pezuñas, otros tienen rostro de rata, pero los peores son los que parecen ser zapos del tamaño de un automóvil, son esos los que tienen en su espalda rostros de cerdos cubiertos de una membrana viscosa.

Ellos pueden moverme, me hacen danzar, quieren que me arrastre como ellos, quieren que lleve el ritmo de sus erráticos movimientos, mientras nos rodean las flamas del mismo infierno. Quisiera que fuera una pesadilla, y es tan real como el sudor frio que has sentido recorrer tu espina. Cuando la pieza concluye ya es de día, y con hartazgo y odio me doy cuenta de eso. Sé que no dormí, pero tampoco me quedé en mi cama, mi cuerpo sí lo hizo, pero mi espíritu estuvo danzando con los demonios de la parálisis de sueño.

Seudónimo: Alberto Zavala

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