jueves, 5 de agosto de 2021

46. CELEBÉRRIMO PELAGATOS. De Paralelogramista

 

 

Me arrepiento de haber visto al famoso boxeador haciendo ejercicios en el callejón. Es la tercera vez que me cruzo con él esta semana. Estaba saltando la cuerda afanosamente. Vestía ropas de entrenamiento, una sudadera de mangas largas, cubierto hasta la cabeza con capucha oscura, parecía más bien un monje en pantalones rodeado de trastos y basura. Al momento de reconocerlo me resultó extraño su atuendo, aunque de pronto se me ocurrió que el verano del hemisferio occidental pudiera resultar algo fresco para él que viene de tierras tórridas.

No intercambiamos miradas, y ahora que lo pienso, no recuerdo haber visto su sombra. A decir verdad yo no sabía que tal celebridad tuviera una humilde morada por este barrio. Es incongruente pensar en precariedades cuando se trata de alguien que jamás ha estado contra las cuerdas.

Se rumora que este reputado púgil era buen bailarín de la cuerda floja, su gracia le facilitaba encontrar promotores acaudalados. Quienes perdieron un pugilato con él suelen decir que tenía una quijada de acero. Cómo olvidar los trucos publicitarios en donde sus oponentes amenazaban con devolverlo a su lecho materno en un ataúd.

Dudo que tuviera algún campeonato programado, ninguna pelea anunciada, nada advertía su necesidad de prepararse físicamente. Así intuí que esa intensa actividad aeróbica le servía para compensar una insatisfacción con la compañera de turno en su cama.

Justo antes de pasarle por un lado el sol vespertino me cegó por un instante. Cuando alcé mi mano para proteger mis ojos del resplandor, me aturdió la figura humanoide que yacía junto al tacho de desperdicios. Allí estaba, un cuerpo tirado de largo a largo, boca abajo, patitieso. Contuve la respiración de golpe alzando mi otra mano para cubrir mi gesto estupefacto. El desconcierto me impulsó a girar la mirada en todas direcciones rastreando si había alguien más en el corredor. Solo estaba él desplegando un lúgubre espectáculo. Un cuerpo despojado cuyos puños no pudieron evitar que lo dejaran tendido fuera del cuadrilátero por negarse a aflojar la cuerda. Para más asombro, de repente se vio caer una lluvia de papelillo.

Seudónimo: Paralelogramista

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