domingo, 12 de septiembre de 2021

76. EXQUISITECES. De Meteco

 

 

Estaba hambrienta. Los últimos veinte años había subsistido a base de pequeños roedores que subían hasta la séptima planta y se colaban por sus ranuras tras merodear por los pasillos abandonados del edificio. Pero lo que le gustaba de verdad era la carne humana. Sobre todo la de los niños, tan tierna y jugosa, y con ese olor a inocencia que embutía su carnosidad de suculenta grasa. Por eso, cuando aquel chico se presentó ante ella se apresuró a contraerse y dilatarse al ritmo de su arrebato. Tan solo necesitó un minuto para romper el sello con que los insensatos dueños del inmueble creían mantenerla a raya. Abrió de par en par su imponente hoja de roble y puso en marcha sus artimañas para conseguir que su nueva víctima la atravesara. Primero probó mostrándole una cancha de baloncesto y un campo de fútbol, césped y todo. Pero el joven se limitó a quedarse con la boca abierta y las cejas muy arqueadas. Lo intentó entonces con un skatepark de múltiples niveles y trazados, pero tampoco funcionó: el chiquillo seguía sin penetrar en su ávida morada. Entonces cayó en que los ardides que usaba antaño habían quedado obsoletos. ¿Con qué podría soñar un crío del tercer milenio? Se le ocurrió mostrarle una sala repleta de lóbregas pantallas con infinidad de videojuegos para que pudiera competir contra otros niños por la destrucción de mundos inhóspitos sin moverse de la silla. Cuando vio que el chico por fin avanzaba hacia su alucinógena embocadura, esperó pacientemente y luego se cerró de golpe. Apenas terminó de engullirle, lanzó los huesos al solar sobre el que permanecía suspendida, en la parte trasera del edificio. Aquel estrépito provocó que un grupo de adolescentes que paseaba por la calle mirara hacia arriba y se percatara de ella. «¿Qué hace una puerta ahí, donde debería haber una ventana?», pensarían. Ojalá les picara la curiosidad y se presentaran pronto ante ella. Así no tendría que esperar otros veinte años para volver a saborear la exquisitez humana. 

Seudónimo: Meteco 

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