sábado, 25 de septiembre de 2021

124. EL REY DE MENELIKENN. De Túrin Turambar

 

 

En la ciudad de Menelikenn, la gente decía que el rey y su hijo eran como el día y la noche.

Ousas, el soberano, llevaba una década sin dejar su palacio, ubicado en el punto más alto de la ciudad, sobre una colina de basalto negro; Wazeba, el príncipe, prefería caminar y vivir entre su pueblo. El rey odiaba la música, el príncipe tocaba el krar de seis cuerdas mejor que nadie. El rey no tenía amigos, y a su hijo no había quien no lo amara con devoción. Ousas era cruel, y Wazeba lloraba la muerte de los pajarillos caídos del nido tras una tormenta.

Padre e hijo nunca se entendieron, pero todo amor entre ellos se esfumo cuando se supo de labios de un superviviente, que el rey Ousas tenía mazmorras secretas en el palacio, donde apresaba a los mendigos de la ciudad y también a los viajeros incautos, para luego degollarlos con su propia mano y arrancarles el corazón, que se comía crudo en el acto.

El príncipe Wazeba alzo al pueblo contra su padre y sitio el palacio. Al rey Ousas todos lo abandonaron, y para evitar el atroz destino que lo esperaba, se abrió las venas y se dejó morir.

Cuando Wazeba se ciñó la corona, la ciudad entera cantó y bailó por tres días y tres noches enteras. Al cuarto amanecer, el rey exigió que le trajeran a todos los criminales de la ciudad. Luego se encerró con ellos en las mazmorras de su padre, y por un mes entero se dedicó a comerse sus corazones.

Al rey Wazeba lo mato su hijo de una puñalada tiempo después. El nuevo rey se llamaba Gersem, y lo primero que hizo como monarca fue bajar a los calabozos secretos de su abuelo. Allí descubrió una escalera oculta que descendía hasta el mismo corazón de la colina negra. recorrió cada escalón en solitario, bajo la tenue luz de un farol. Al llegar a la última cámara, miro en derredor, y luego, estampo el farol contra el suelo e intento extinguir su luz frenéticamente con las manos, para no volverse loco. Pero ya ni la completa oscuridad podía proteger su espíritu y su cordura. Desde las sombras, el verdadero rey de Menelikenn le hablo como a un criado:

-Dame corazones frescos, o el mundo arderá.

Seudónimo: Túrin Turambar

jueves, 23 de septiembre de 2021

123. SOMBRA EN EL TIEMPO. De Jon Artaza

 

 

Recostado sobre el muro de piedra del torreón, descansaba una larga caminata. Encima de la loma, bajo un cielo nublado y gris, podía ver los trigales extenderse hasta el horizonte.

Abajo, muy cerca de los muros derruidos de aquella fortaleza, un tractor solitario traqueteaba aburrido, fumigando los granos con parsimonioso tedio.

Rompió el ronroneo lejano de la máquina un relincho, arrancando mi atención del móvil. Curioso, miré hacia el sonido, quedándome boquiabierto.

Al pie de la colina, junto a las últimas piedras de la antigua puerta a la fortaleza, un caballero de armadura negra, montado en un corcel tan oscuro como sus armas, retenía a la bestia de guerra, ansiosa por galopar.

Su aliento brotaba de sus ollares cual vapor de una antigua locomotora. El guerrero picó espuelas y cargó contra el tractor. El trote retumbó como un terremoto. La lanza bajó. El caballero ciñó la celada y aseguró el escudo, apretando su cuerpo para recibir el envite contra la máquina.

Espantado por aquella locura grité al agricultor, agité los brazos reclamando su atención. Pero el ruido del motor no le permitió oírme. La brutal carga terminó con la lanza en la rueda trasera derecha, que explotó atronadoramente, mientras el asta del arma se hacía trizas.

Corrí colina abajo, atravesando el trigo, como nadando en un mar verde. El caballero se había esfumado y el agricultor se secaba la calva con un pañuelo observando la rueda rajada. Mientras me acercaba, extrajo del suelo, bajo el tractor, un trozo de metal.

«Estoy bien, chaval», me dijo, luego añadió molesto «siempre aparece alguna chatarra por aquí». Antes de que la arrojase, se la tomé de la mano. «Yo la tiraré».

Estaba muy oxidada. Casi irreconocible, sin embargo, supe al tocarla a quién pertenecía aquella punta de lanza. Escuché un relincho triunfante y vi, por el rabillo del ojo, una sombra de un jinete y su montura, perdiéndose dentro del castillo.

Seudónimo: Jon Artaza

miércoles, 22 de septiembre de 2021

33. LICÁNTROPO. De Evanescente

 

 

Es la hora del crepúsculo en esta tierra extraña;

y puedo sentir la tundra helada sobre la que reposa mi dolorida espalda.

Las alas de la noche se despliegan en tensa calma;

mientras la luna se alza poderosa, dispuesta a sellar con su lacre el destino de mi alma.

 

Mi cuerpo se estremece y siento la boca ensangrentada;

mis huesos se descoyuntan y mis músculos están tensos como las cuerdas de un arpa.

Mis oídos se agudizan y mi olfato se destapa;

mientras oigo los gemidos aterrados que lloran en la oscura madrugada.

 

No sé qué me pasa... me siento débil, pero a la vez con una fuerza inusitada;

tengo hambre y tengo sed, pero nada es suficiente para calmarlas.

Mi corazón lucha contra un enemigo que solo teme a la plata;

y mis ojos lloran lágrimas de fuego, que se deslizan abrasando estas fauces demacradas.

 

Las nubes transitan como galeones fantasmales sobre un mar de color escarlata;

y el plenilunio me ilumina con su embriagadora luz, brillante e irisada como el nácar.

La batalla está perdida y mi conciencia ya no es clara;

el hombre que fui ha dejado paso a esta bestia que ha destrozado su jaula.

 

Ahora me alzo poderoso sobre estas animalescas patas;

y miro a la luna para que se acicale coqueta, reflejada en estos ojos de dorada estampa.

Quiero gritar pero aúllo y ese aullido atraviesa el valle en lontananza;

haciendo que todos cierren sus puertas... como cada noche de luna llena y clara.

Seudónimo: Evanescente

lunes, 20 de septiembre de 2021

97. LA CORTINA. De Soñador Insomne

 

 

Desde que nos mudamos a esta casa, he mirado la cortina del baño con inquietud, hasta se podría decir que con miedo. Cada vez que me sentaba en el inodoro, situado frente a ella, la observaba acongojado, en silencio. A veces, creía ver sus pliegues moverse, como si hubiera algo dentro. Por eso, cuando tenía que descorrerla lo hacía con sumo cuidado, con enorme respeto, igual que si estuviera acariciando a un león hambriento. 

Mi pareja se burlaba de mí, me llamaba loco y necio.

Hoy la cortina, cansada de sus mofas, la ha atrapado entre sus dobleces y la ha devorado en un momento. Antes de desaparecer dentro de sus fauces de plástico, he visto la sorpresa y el terror en sus ojos, mientras me pedía ayuda a gritos y hacía aspavientos. «¿Quién ha resultado ser el necio?», pensaba para mis adentros, mientras contemplaba la dantesca escena inmóvil, pasmado, boquiabierto.

Es un alivio saber que no estoy loco. Ahora debo buscar más víctimas. La cortina del baño necesita más alimento.

Seudónimo: Soñador Insomne

96. PERVERSA AUSTERIDAD. De Feromónico

 

 

Más que una cubeta, parece una pecera en forma de columna. Pero sé que es una cubeta con líquido amniótico mezclado con líquido cefalorraquídeo. Dejan entrar el ATP de a poco en el agua oxigenada para que pueda seguir con vida. Los nanorrobots habrán comido todas las células de mi cuerpo que no sean neuronas, huesos o las células de los ojos, y estarán convirtiendo mi esqueleto en la interfase cibernética. A esta altura del proceso, ya estarán reconstruyendo mi nuevo cuerpo en la otra cubeta. Hicimos esto varias veces, con ratones, conejos, lémures y chimpancés hasta dar con el procedimiento apropiado. Si tenemos éxito, tendré una nueva vida, y seguramente un ascenso por el impacto internacional. No todos están dispuestos a experimentar con sí mismos, ni a convertirse en ciborgs. El ingeniero Xinotion, el jefe del departamento, no estaba muy contento con mi decisión. Como siempre, era demasiado cauto y tenía objeciones. Creo también que estaba celoso, y disgustado porque mi equipo le demostró que el proyecto no era demasiado arriesgado, como él afirmaba en las interminables reuniones.

No puedo enfocar mis ojos en nada por mucho tiempo. Me mareo porque flotan y se mueven levemente. La columna donde flotan mi cerebro, mi médula espinal, los ganglios y las neuronas del sistema nervioso entérico, envueltos en la cobertura construida con los materiales del esqueleto, está poco iluminada. Tampoco ayuda que todos los componentes rescatados estén sostenidos por los nanotubos conectados a la columna que me obligan a mirar en una sola dirección. Hay un movimiento, algo oculta la luz. Todo mi campo visual se mueve. Eso pasa cuando alguien camina cerca de la cubeta. Son varios, están mirándome. Quizás ya es hora de traspasarme a mi nuevo cuerpo. Reconozco a alguien. Sonríe, creo. Oh, no, es el ingeniero Xinotion, y no mi asistente. ¿Qué hace aquí? Pone frente a mis ojos un lector flexible, con un texto muy grande. Se han quedado quietos para que pueda leerlo. Alcanzo a descifrar las palabras "falta de presupuesto". Sí, sonríe, con esa maldita sonrisa triunfal.

Seudónimo: Feromónico

jueves, 9 de septiembre de 2021

68. EL AIRETENIENTE DE POCAGUAFA. De Ángelo P. Bertoldi

 

 

En Pocaguafa, un terrateniente insatisfecho con tal etiqueta, se compró el segundo metro de altura de la atmósfera del pueblo (convirtiéndose simultáneamente en aireteniente). Ahora todos tienen que andar agachados o gateando, y muchas personas ya proyectan cavar sótanos en sus casas para poder estirar la espalda sin invadir la propiedad privada del flamante aireteniente. Los chicos que antes saltaban la cuerda ahora la usan para atarla a los troncos de los árboles y medir la altura a la que se pueden mover. Las niñas se preguntan por qué ya no les hacen cucuchito sus padres o sus tías.

Pero este absurdo desquiciado (o demasiado enquiciado) no era tan rico, y tampoco previsor, así que cuando quiso comprar también el tercer metro de la atmósfera, ya no le alcanzó su fortuna, y entonces, a partir de los trescientos centímetros todo volvía a ser como el sentido común saludable manda, y la gente cenaba tranquilamente en los techos.

Lo que sí seguía siendo problemático era cómo acceder al tercer metro de altura. No era tan sencillo como poner una escalera o subir por un árbol, debido a que el segundo metro estaba vedado. Una de las opciones disponibles era alquilarse una avioneta y despegar desde las afueras de Pocaguafa (porque el airetorio comprado por aquel zángano tenía sus límites horizontales donde también los tenía el territorio del pueblo), y una vez sobrevolando el lugar deseado saltar con un paracaídas. Sin embargo, esta opción era para las personas que podían aprovechar el privilegio de alquilar una aeronave y pagarle a alguien que la piloteara. Lo más común era escabullirse cuando las guardias tenían toda su atención en alguna distracción, o sencillamente pagar los cincuenta pesos de peaje que el aireteniente exigía con toda legalidad.

Seudónimo: Ángelo P. Bertoldi

miércoles, 8 de septiembre de 2021

67. EL CONSUELO QUE DAN LAS PLUMAS. De Ariel Babilonia

 

 

Con la muerte de mi tía me he dado cuenta de dos cosas, la primera, que en estos tiempos ya no sólo nos separa madera y tierra de nuestros difuntos, sino también cubrebocas de triple capa y guantes de látex; y la segunda, que los féretros cerrados pesan menos que los abiertos.

Tras la noticia, lloré. Bastante. Como hace mucho no lo hacía. Me perdí en un pozo, en el que sólo me recuerdo petrificado mientras de mi boca salían flores púrpuras; las mismas que después compramos para adornar el ataúd de mi tía, y en el que todos creían que descansaba. Yo no estaba tan seguro. La conocía bien. Y recordaba, además, las historias de varios que contaban haberla visto por la calle cuando ella estaba en su hogar, escribiendo poemas o cantando en su habitación. Alguno, incluso, aseguró haber tenido una conversación con ella en los jardines del rancho que habitó en su juventud, darse la vuelta para entrar a la casa y topársela de inmediato en la cocina. Nunca pudo explicarse aquello, pero a mí siempre me fascinó pensar que mi tía era capaz de recrearse en espejismos; a veces para engañar, otras para escapar o quizá sólo para divertirse. ¿Por qué entonces no hacerlo con la vida? Tenderle una trampa al sentir el final, disfrazar al aire con su cara y luego partir.

Suena estúpido, pero aún sonrío. De camino al funeral, aquellas ideas apartaron por unos segundos la tristeza que me inundaba. Una mujer, al otro lado de la avenida, también aprobó esas fantasías y agitó una mano para saludar.

¿Cuánto pesa una ilusión? Lo mismo que un féretro cerrado. Quienes lo retiraron, para trasladarlo al cementerio, lo movieron como si soplaran plumas. Mi tía era robusta, al igual que aquélla al otro lado de la avenida. Ahora sé que no decía "hola", se despedía.

Seudónimo: Ariel Babilonia

martes, 7 de septiembre de 2021

17. ALICIA EN LOS ESPEJOS DE PRAGA. De Cuanticonomicón

 

 

Un hombre, que ha amado y ha perdido,

llora en Praga su amor desesperado

su rostro se refleja en mil espejos

que surgen del efecto de lo cuántico.

 

Sabe que cada decisión tomada

bifurca los senderos que pisamos

y conduce a universos paralelos

donde habitan los yos multiplicados.

 

Yos que lo mismo fueron, y perdieron

yos que lloran en Praga lo que amaron

y a todos en la noche los concita

a ser dios y clonar al ser amado.

 

Una permutación del a.d.n.

el feto el crecimiento apresurado

nacer adultos y sin previo aviso

con el rostro de Alicia estupefacto.

 

Porque los corazones nunca engañan

la noche se demuda en besos falsos

en ojos donde asoma otra mujer

que se muere de miedo entre unos brazos.

 

Unos hombres, que amaron y perdieron,

lloran su amor desesperados.

Multiplicados en su espejo habitan

el horror infinito de lo cuántico.

Seudónimo: Cuanticonomicón

domingo, 29 de agosto de 2021

15. MIEDO. De Rubicón

 

 

Oculto en el inclinado relieve de la niebla,

minúsculo como la diadema de una polilla,

leo el mensaje impregnado en la tez de mi vigilia

por la esquiva presencia de aquellos labios.

El dolor es superado por el miedo:

 

Miedo a coronar la cima del presagio,

miedo de arrojarme a la sima de mi sombra,

miedo a la turbadora quietud de la estatua,

miedo de que sea seccionada por la punta

por la punta de la estrella, mi garganta.

 

Luz prodigiosa, cómo aferrarme a tu aura.

Luz divina, cómo doblegar la herida.

 

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo los vastos confines de la llaga,

tan solo el asilo que me ofrece la nada,

tan solo sirenas, tan solo naufragios.

 

 

Aislado en mi guarida de miradas bajas,

aturdido por el estruendo de un pestañeo,

me pierdo en el insondable laberinto de la huella

como lo hace el cilicio afanado de culpa.

La locura es superada por el miedo:

 

Miedo a la ventisca que deviene del jadeo,

miedo de que el cielo me abrase con el alba,

miedo al inquietante sigilo de la oruga,

miedo de que el polvo me escriba su misiva

su misiva urgente con membrete de huesa.

 

Mendiga indolencia, dame tu limosna.

Cruel desventura, he aquí tu muesca.

 

Tan solo me queda el suspiro y el ocaso,

tan solo el celebrado consejo del delirio,

tan solo el certero abrazo de la sierpe,

tan solo insomnio, tan solo ensueño.

 

Arrastrado por el curso feroz de la saliva

observo mi reflejo en el cristal de otra lágrima

otra lágrima vertida esta noche de miedo.

Seudónimo: Rubicón

sábado, 24 de julio de 2021

5. SOBRE MONSTRUOS Y CASTILLOS. De Morgana M

 

 

Fieles esbirros de la luna, los murciélagos

vuelan en círculos desaprobando a la muchedumbre

que avanza hacia el castillo con teas ardiendo

Enemigos de todo lo distinto

 vociferan de odio y hastío

Gritan furibundos su condena

llevando en mano picos y rastrillos

Mientras algo teje una sombra que palpita y crece

para defenderse del miedo y los prejuicios

-pero no es el monstruo-

el monstruo en el fondo se siente acorralado

y tiembla por la injusticia que busca encadenarlo

-se aísla porque no quiere que le teman-

¿Tocarán la puerta? Claro que no.

Querrán derribarla, es un hecho.

Y es en este desprecio que nuestro dolor se asemeja

es en esta profunda soledad que la angustia nos hermana

ya puestos en el infortunio, verdugo y condenado

se sienten de la misma manera

Ninguno de los dos ganará esta batalla

Los muros del castillo no son infranqueables

y aunque brillen las estrellas allá afuera

aquí dentro no encontrarás lo que sueñas

no entrará el primer rayo de sol a este recinto

jamás un pequeño gesto de cariño,

nunca el amor y mucho menos el deseo

ahora que lo sabes

espalda con espalda,

luchemos

Quizás se propague el fuego, quizás la muerte llegue primero

y si tenemos suerte tal vez, sólo tal vez…

aceptemos desafiantes nuestro destino.

Seudónimo: Morgana M