lunes, 27 de septiembre de 2021

AVISO CONCURSANTES

 Con la publicación de los últimos poemas y microcuentos recibidos se da por finalizado el plazo de recepción de originales a concurso. Pasamos a la fase de evaluación por el jurado.

         Todos los microcuentos y poemas que han llegado incumpliendo alguna de las normas del certamen no han sido publicados a destacar aquellos que fueron enviados en archivo adjuntos, haciendo hincapié en que éstos no se han podido ni tan siquiera ver.
         El próximo 5 de diciembre del presente año, se dará a conocer el fallo del jurado. Suerte a todos.
         Gracias por participar.

La Organización

59. EVA Y LA LOBA. De Mar Del Fin

 

 

Y aquel día, Eva fue expulsada del paraíso

...por Adán

Se fue caminando sola y desnuda

Dejó su piel en el filo de las rocas

Torturó su cuerpo al sol abrasador

y ni siquiera podía culpar a Dios

Se fue sin equipaje y sin razón

Se fue cargando a cuestas su condena

Se fue en silencio y sin reclamos

con un pasado a cuestas y un futuro cancelado

Llegó a un río desolado y allí sumergió su cuerpo

quería apagar el fuego

el de afuera y el de adentro

y su angustia se fue convirtiendo en alarido

en su alma convergieron el silencio y el suplicio

Se cubrió de dudas y lamentos

Expuesta, adolorida, encadenada

Conmovida, desafiada, aletargada

y sus poros se llenaron de pelambre

y sus manos se volvieron garras

Su cuerpo en cuatro patas emergió de aquellas aguas

bañado de oro, plata y carbón

con la fuerza y la fiereza circulando por sus venas

con una cola larga por timón

con el instinto aflorando en sus latidos

con un aullido intenso conmovido y prolongado

Con un pacto sagrado sellado en plena noche

con el cuerpo de una loba y en su alma una mujer

con la luna por testigo y aquel río por Edén

Seudónimo: Mar Del Fin

58. LA NOVIA BLANCA. De Gugui el músico

 

 

A un costado del camino

han visto a la endemoniada,

de blanco, toda de blanco,

la cabellera castaña

le cuelga hasta la cintura

ocultándole la espalda.

Un viejo velo le cubre

un costado de la cara

donde los huesos asoman

entre la carne quemada.

 

Dicen que el amor fue odio,

dicen que pidió de rabia,

dicen que compró la muerte

del hombre que no la amaba

y el diablo se la llevó

ni bien cumplió su palabra.

La arrastró de la melena

a lo hondo de su morada,

arropándola de blanco

cada vez que la quemaba.

 

De blanco, toda de blanco,

vistió Mandinga a la dama.

 

La coronó el desgraciado

con las espinas del tala

y le perforó los ojos

con un alfiler de plata.

Le cosió la boca y puso

una cruz en su garganta

invertida, incandescente,

para que lleve la marca.

 

Y la volvió a los caminos

donde anda la condenada

como una luz en la noche,

cruzando la ruta. Blanca.

Seudónimo: Gugui el músico

 

NOTA DEL AUTOR: Entre los seres fantásticos que pueblan el territorio argentino se destaca la novia blanca, una  figura fantasmal que suele deambular durante la noche por los parajes desolados de las rutas bonaerenses, haciendo señas a los automovilistas, buscando que se detengan.  Si algún incauto lo hace, esta mujer de apariencia frágil, pero que en la realidad es una caníbal,  subirá al vehículo y se abalanzará sobre el desprevenido conductor devorándolo.

 

149. CAMPESINO. De Dheix L'Mart

 

 

Anselmo aguarda al lado de la recién finada. Maldice que el cura no llegue a ayudarle, aunque reconoce que es normal en estos días cuando las ánimas llueven hacia el cielo.

El alma brota de la cabeza de la difunta separándose del cuerpo. Anselmo cuenta los segundos antes de actuar. No olvida lo que el abuelo le enseñó para cosecharlas. Sabe que tiene un instante para apresarla antes que el cordón de plata se desprenda del talón izquierdo. Su primera vez fue cuando mamá no resistió más la plaga y se dejó ir. 

Así que Anselmo tiene listo el cuchillo de obsidiana y, tras trece segundos bien contados, ve el hilo argénteo. Lo toma entre índice y pulgar antes de cortarlo de tajo. El cadáver servirá luego para llenar las botellas y alimentar el fogón.

Sale del cuartucho sosteniendo el alma dormida como si fuera un globo en una feria siniestra. Debe apurarse antes de que despierte y llore al saberse atrapada. Mientras la estruja para compactarla observa, inquieto, cómo el rostro durmiente se arruga y se desinfla.

El alma ya es una bolita negra cuando Anselmo llega al lugar en el sembradío que preparó temprano. Se hinca, hace un agujero en la tierra, deposita la oscura simiente y la tapa. Extrae del pantalón una botella para irrigar lo sembrado con un rojo y espeso líquido.

Al ponerse de pie, observa línea tras línea de surcos con maizales en diversas etapas de crecimiento. Camina al que tiene mazorcas listas para ser cosechadas. Arranca una y separa las hojas.

Dentro, lo observan decenas de bebés con el rostro de mamá. Un hilo dorado une sus ombligos al olote. No dejan de sonreír mientras desgrana la mazorca en una olla antes de ponerla en el fogón. Es poco para Anselmo y su hermano, el cura, pero es el único alimento que aún se puede sembrar,  cosechar y bendecir en un apocalipsis postergado.

Seudónimo: Dheix L'Mart

AVISO A CONCURSANTES

La recepción de originales finalizó ayer a las 0 horas.

Rogamos a los concursantes, que hayan enviado sus participaciones en las últimas 36 horas, tengan paciencia en ver sus trabajos publicados. Son muchos los envíos recibidos en el último tramo del certamen y tenemos que comprobar que cumplen con las bases del mismo. 

Gracias.


La organización

domingo, 26 de septiembre de 2021

136. EL ÁRBOL DEL CONOCIMIENTO. De Pucusana

 

 

Si usted ha frecuentado los bajos fondos de Lima en alguna ocasión — y me disculpo por adelantado si esta presunción le resulta ofensiva aunque, entiéndame, hasta el más primoroso de los querubes se ha manchado las alas de barro una o dos veces —, le resultará familiar el nombre de Melquíades Huamán, conocido por muchos como lengua de serpiente. Este apelativo no es gratuito: no ha existido un chivato más dispuesto ni fulano más rastrero desde Pucusana hasta Ancón. Los calabozos y las fosas del desierto rebosan de los desgraciados a quienes denunció la lengua viperina de Melquíades y esta ingrata cualidad suya sería suficiente para dar testimonio de un relato de horror si fuera necesario, pues se le deben no pocas noches de pesadilla, sin embargo el delirio que voy a referir le tuvo a él, y no a otro, como protagonista. Despertó Melquíades de una noche de sueño retorcido como la osamenta de un carnero, con la piel pintada de un sudor meloso por la humedad de la madrugada y el alcohol ingerido antes de caer a plomo sobre el camastro que le destilaban cada uno de los poros. Despegó los párpados con dificultad y se le atragantó una tos seca, como de corrimiento de tierras, que le hizo incorporarse catapultado. La tráquea le raspaba, notándola terrosa y agreste, y tambaleándose se acercó para observarse a un espejo herrumbroso que había perdido el azogue en varias partes. Su reflejo le devolvió la figura del mismo individuo miserable y macilento, de ojeras profundas y púrpuras, con la salvedad del arbolillo que le crecía echando sus ramas al mundo desde el interior de la boca. Sobrecogido hizo cuanto pudo por arrancarlo de sí y nada le fue posible. Si dañaba acaso una sola de sus hojas padecía un dolor insoportable. El árbol le impidió beber o ingerir cualquier alimento, ensanchando su tronco hasta que los dientes quedaron clavados a la corteza. Siguió creciendo, tomando sus nutrientes del cuerpo de Melquíades Huamán hasta que este cayó consumido a tierra y se fundió con las raíces. En primavera dio sus primeros frutos: pequeñas calaveras de pulpa reluciente que recordaban a todos aquellos que padecieron por su lengua.

Seudónimo: Pucusana

sábado, 25 de septiembre de 2021

124. EL REY DE MENELIKENN. De Túrin Turambar

 

 

En la ciudad de Menelikenn, la gente decía que el rey y su hijo eran como el día y la noche.

Ousas, el soberano, llevaba una década sin dejar su palacio, ubicado en el punto más alto de la ciudad, sobre una colina de basalto negro; Wazeba, el príncipe, prefería caminar y vivir entre su pueblo. El rey odiaba la música, el príncipe tocaba el krar de seis cuerdas mejor que nadie. El rey no tenía amigos, y a su hijo no había quien no lo amara con devoción. Ousas era cruel, y Wazeba lloraba la muerte de los pajarillos caídos del nido tras una tormenta.

Padre e hijo nunca se entendieron, pero todo amor entre ellos se esfumo cuando se supo de labios de un superviviente, que el rey Ousas tenía mazmorras secretas en el palacio, donde apresaba a los mendigos de la ciudad y también a los viajeros incautos, para luego degollarlos con su propia mano y arrancarles el corazón, que se comía crudo en el acto.

El príncipe Wazeba alzo al pueblo contra su padre y sitio el palacio. Al rey Ousas todos lo abandonaron, y para evitar el atroz destino que lo esperaba, se abrió las venas y se dejó morir.

Cuando Wazeba se ciñó la corona, la ciudad entera cantó y bailó por tres días y tres noches enteras. Al cuarto amanecer, el rey exigió que le trajeran a todos los criminales de la ciudad. Luego se encerró con ellos en las mazmorras de su padre, y por un mes entero se dedicó a comerse sus corazones.

Al rey Wazeba lo mato su hijo de una puñalada tiempo después. El nuevo rey se llamaba Gersem, y lo primero que hizo como monarca fue bajar a los calabozos secretos de su abuelo. Allí descubrió una escalera oculta que descendía hasta el mismo corazón de la colina negra. recorrió cada escalón en solitario, bajo la tenue luz de un farol. Al llegar a la última cámara, miro en derredor, y luego, estampo el farol contra el suelo e intento extinguir su luz frenéticamente con las manos, para no volverse loco. Pero ya ni la completa oscuridad podía proteger su espíritu y su cordura. Desde las sombras, el verdadero rey de Menelikenn le hablo como a un criado:

-Dame corazones frescos, o el mundo arderá.

Seudónimo: Túrin Turambar

jueves, 23 de septiembre de 2021

123. SOMBRA EN EL TIEMPO. De Jon Artaza

 

 

Recostado sobre el muro de piedra del torreón, descansaba una larga caminata. Encima de la loma, bajo un cielo nublado y gris, podía ver los trigales extenderse hasta el horizonte.

Abajo, muy cerca de los muros derruidos de aquella fortaleza, un tractor solitario traqueteaba aburrido, fumigando los granos con parsimonioso tedio.

Rompió el ronroneo lejano de la máquina un relincho, arrancando mi atención del móvil. Curioso, miré hacia el sonido, quedándome boquiabierto.

Al pie de la colina, junto a las últimas piedras de la antigua puerta a la fortaleza, un caballero de armadura negra, montado en un corcel tan oscuro como sus armas, retenía a la bestia de guerra, ansiosa por galopar.

Su aliento brotaba de sus ollares cual vapor de una antigua locomotora. El guerrero picó espuelas y cargó contra el tractor. El trote retumbó como un terremoto. La lanza bajó. El caballero ciñó la celada y aseguró el escudo, apretando su cuerpo para recibir el envite contra la máquina.

Espantado por aquella locura grité al agricultor, agité los brazos reclamando su atención. Pero el ruido del motor no le permitió oírme. La brutal carga terminó con la lanza en la rueda trasera derecha, que explotó atronadoramente, mientras el asta del arma se hacía trizas.

Corrí colina abajo, atravesando el trigo, como nadando en un mar verde. El caballero se había esfumado y el agricultor se secaba la calva con un pañuelo observando la rueda rajada. Mientras me acercaba, extrajo del suelo, bajo el tractor, un trozo de metal.

«Estoy bien, chaval», me dijo, luego añadió molesto «siempre aparece alguna chatarra por aquí». Antes de que la arrojase, se la tomé de la mano. «Yo la tiraré».

Estaba muy oxidada. Casi irreconocible, sin embargo, supe al tocarla a quién pertenecía aquella punta de lanza. Escuché un relincho triunfante y vi, por el rabillo del ojo, una sombra de un jinete y su montura, perdiéndose dentro del castillo.

Seudónimo: Jon Artaza

miércoles, 22 de septiembre de 2021

33. LICÁNTROPO. De Evanescente

 

 

Es la hora del crepúsculo en esta tierra extraña;

y puedo sentir la tundra helada sobre la que reposa mi dolorida espalda.

Las alas de la noche se despliegan en tensa calma;

mientras la luna se alza poderosa, dispuesta a sellar con su lacre el destino de mi alma.

 

Mi cuerpo se estremece y siento la boca ensangrentada;

mis huesos se descoyuntan y mis músculos están tensos como las cuerdas de un arpa.

Mis oídos se agudizan y mi olfato se destapa;

mientras oigo los gemidos aterrados que lloran en la oscura madrugada.

 

No sé qué me pasa... me siento débil, pero a la vez con una fuerza inusitada;

tengo hambre y tengo sed, pero nada es suficiente para calmarlas.

Mi corazón lucha contra un enemigo que solo teme a la plata;

y mis ojos lloran lágrimas de fuego, que se deslizan abrasando estas fauces demacradas.

 

Las nubes transitan como galeones fantasmales sobre un mar de color escarlata;

y el plenilunio me ilumina con su embriagadora luz, brillante e irisada como el nácar.

La batalla está perdida y mi conciencia ya no es clara;

el hombre que fui ha dejado paso a esta bestia que ha destrozado su jaula.

 

Ahora me alzo poderoso sobre estas animalescas patas;

y miro a la luna para que se acicale coqueta, reflejada en estos ojos de dorada estampa.

Quiero gritar pero aúllo y ese aullido atraviesa el valle en lontananza;

haciendo que todos cierren sus puertas... como cada noche de luna llena y clara.

Seudónimo: Evanescente

lunes, 20 de septiembre de 2021

97. LA CORTINA. De Soñador Insomne

 

 

Desde que nos mudamos a esta casa, he mirado la cortina del baño con inquietud, hasta se podría decir que con miedo. Cada vez que me sentaba en el inodoro, situado frente a ella, la observaba acongojado, en silencio. A veces, creía ver sus pliegues moverse, como si hubiera algo dentro. Por eso, cuando tenía que descorrerla lo hacía con sumo cuidado, con enorme respeto, igual que si estuviera acariciando a un león hambriento. 

Mi pareja se burlaba de mí, me llamaba loco y necio.

Hoy la cortina, cansada de sus mofas, la ha atrapado entre sus dobleces y la ha devorado en un momento. Antes de desaparecer dentro de sus fauces de plástico, he visto la sorpresa y el terror en sus ojos, mientras me pedía ayuda a gritos y hacía aspavientos. «¿Quién ha resultado ser el necio?», pensaba para mis adentros, mientras contemplaba la dantesca escena inmóvil, pasmado, boquiabierto.

Es un alivio saber que no estoy loco. Ahora debo buscar más víctimas. La cortina del baño necesita más alimento.

Seudónimo: Soñador Insomne