martes, 27 de junio de 2017

48. EL DIABLO, EL MUERTO Y EL BORRACHO. De Waque


Estaba malparado en una esquina el diablo, a su lado un borracho y en el piso un muerto.
El borracho decide dejar de tomar por que teme terminar como el muerto tirado en el piso.
—Voy a dejar de tomar – Dice el borracho, empujando la cabeza del muerto que yacía en el piso sin decir nada.
—Me parece bien – Contestó el diablo chasqueando los dedos y creando una llamita sulfurosa para encender un cigarro, dejando caer una pequeña braza sobre la mano abierta del muerto que no dijo nada.
—¡Y vos no vas a hacer nada para impedirlo! – Se exaltó el borracho pisando sin querer los dedos del pie descalzo del muerto, que no dijo nada.
—Me parece bien – Contestó nuevamente el diablo haciendo volutas de humo que rodearon la cabeza del muerto que seguía sin decir nada.
—¿Esto te quedó claro? – Gritó el borracho.
—Claro... como el vodka – Replicó el diablo con una sonrisita enigmática.
Y ambos se adentraron en lo oscuro de la noche dejando en el piso al muerto que no le quedaba nada por decir.
Seudónimo: Waque

47. LA CIFRA. De La Strega


El matemático había convertido su trabajo en obsesión.
De distintos institutos lo llamaban para solucionar  los problemas numéricos más difíciles y fue así como se encontró con ésta ecuación imposible de resolver, hallada en un arcaico manuscrito.
Ni siquiera las máquinas más modernas arrojaron una luz sobre este enigma, entonces usó la computadora más avanzada conocida por el hombre: su cerebro.
Finalmente, luego de semanas, que se convirtieron en meses, lo resolvió.
 A partir de entonces el hombre no pudo conciliar el sueño nunca más.
El resultado de la ecuación era un solo número…
Y latía...

Seudónimo: La Strega

lunes, 26 de junio de 2017

46. CÁNTICOS. De Talipot


Su carne era verde, verde como la oliva. Llevaba años encerrado en ese tenebroso establo. Debía salir, tenía que liberarse de las cadenas que le oprimían el cuello.
Los días pasaban y pasaban mientras escuchaba el ruido confuso del exterior. ¿Eran seres vivos los que entonaban esos cantos satánicos? ¿Eran espectros enviados desde el más allá? Qué más daba. Día y noche, noche y día, se oían voces tenues que susurraban horribles cánticos. No comprendía lo que decían, parecía que invocaban al mismo Belcebú.
—¡Aarg! —gritaba para que se callasen.
Nadie lo escuchaba, nadie sabía de su existencia. Nadie le prestaba la más mínima atención, nadie se preocupaba por él. ¿Qué es lo que planeaban? ¿Por qué cada día y noche se escuchaban esos cánticos horribles? ¿Querían decirle algo? 
El sonido empezó de nuevo. Esta vez era más fuerte, más potente. Un olor a benjuí inundó el establo. El portón se abrió y una luz fulminante le cegó. Enseguida, comprendió qué sucedía. Las ánimas en pena que flotaban por el camposanto, venían a guiarle a su nuevo hogar. Las mismas que habían estado avisándole durante día y noche, noche y día.
—¡Aarg! —gritó lleno de cólera.
—¡Pagarás por tus pecados, bestia inmunda! —escuchó desde la claraboya.
En pocos minutos, el establo se quedó vacío. Las cadenas volvieron a su lugar original y el olor a benjuí se difuminó.
Bajo el manto de paja sobre el que había reposado el prisionero, aparecieron un hacha ensangrentada y dos pequeñas piezas de marfil, similares a incisivos humanos.

Seudónimo: Talipot

domingo, 25 de junio de 2017

45. PARAISO. De Dante Ferré


Sus oraciones matutinas lo esperaban. Se le hacía tarde. Debía llegar. Atrás ya había quedado la Gran Vía de Barcelona y el incidente con el tranvía. Su moderna y novedosa marcha eléctrica los hacía ahora ciertamente silenciosos, y, sin llegar a alcanzar aún lugar seguro en el otro lado de la calle, en breve descuido, la desmesurada caja rodante lo golpea a la altura de los hombros derribándolo. Le parece percibir el peso de unas ruedas transitándolo rápidamente, pero no era posible: ningún tipo de dolor vino a anticiparle tamaña fatalidad. Se levanta de un salto, golpea con la gorra sus ropas para quitarles el polvo del camino y continúa su marcha. La gente lo observa extrañada, o quizá, con exagerado respeto, al tiempo que murmura cosas ininteligibles. Solo unas pocas palabras le llegan al oído con claridad de frase: "El arquitecto de Dios". Una rígida mueca, emulación de una incompleta sonrisa, acentúa la certeza de que la gente repite todo clase de tonterías. Por suerte, ya la alta y oscura puerta de madera de Felipe Neri se encontraba allí, con su doble hoja y la figura en piedra del Santo sostenido sobre adornado dintel. Se quitó la gorra, y al empujar la hoja móvil de la puerta le pareció oír la voz de una trompeta, o tal vez, la bocina de un auto abandonando la cercana esquina. En otras circunstancias no hubiera dudado en tal disquisición, pero la luz que lo envolvió del otro lado, la misma que le apretara los parpados y a modo de visera le elevara su mano derecha para protegerle los ojos, oscureció por un momento su capacidad de juicio. Al instante, con voz de Arcángel y con voz de mando, la apacible calidez de la inundante Luz se dirige a él: pase Gaudí, pase, no se quede ahí, lo estaba esperando. Hace rato discutía un proyecto con los señores –quienes de espaldas estaban, con ojos enrojecidos de claridades, Bounarroti, Suger y Brunelleschi, sin pronunciar palabra alguna, convergen en él lentamente la mirada- y con urgencia, necesitaba su opinión.

Seudónimo: Dante Ferré

44. EN ESTADO PURO. De Meduseld Valle


Heltam Tobe sufre nuevamente un dolor de cabeza del demonio. Cuando ésta comienza a galopar, todo se vuelve gris, pesado y multiforme, como un cuadro de Hidra con pinceladas de suspiros de ballenas y analgésicos en acuarela. Ve danzar puntitos luminosos sobre un enmarcado diploma de amnésico escrito en criptografía.
Se escucha un ruido seco en el rellano. La campanilla no llega a emitir sonido, está muda como en lóbrega mañana de difuntos; los perfumes del cerrojo inician una carrera desde la escalera; el tacto es sulfuro de amarillo doliente; la consciencia duerme un mundo desgranado en cuentas de un collar que ascienden hasta la mirilla. Sombras, vapor y silencio. Su oreja se pega a la puerta hasta conseguir un entrelazamiento cuántico. Ya es madera, ya es metal, ya es la nada en el miedo y el acre baile del eco. Algo falla en su entendimiento. No coordina, y cuanto más piensa, más patina. La llamada, sin respuesta ni siquiera de contestador, deja una rendija abierta por la que el frío aprovecha para entrar, ausente de caricias de viento, solo un abatimiento espectacular de frigorías que le sigue por el pasillo hasta el dormitorio.
Su cuerpo ya no está expuesto y comienza a entrar en calor. ¡Qué poderes de traje de superhéroe tienen las ropas de la cama! Aun así, el sueño no viene. Sus ojos se acostumbran a la oscuridad. El galán es un mueble, el ropero no cruje, los cristales de la ventana, tampoco. Ningún faro en la noche proyecta sombras fantasmagóricas. Llega el sosiego y piensa que es un estúpido.
Estira los brazos y se gira para buscar el cojín que abraza contra su pecho cada noche. Cuando da con él, sus pies se topan con unas piernas peludas, brotadas no sabe hace cuánto tiempo, pero intuye que llevan un buen rato a su lado. Mientras un aliento fétido le azota la cara, las garras de un Ser monstruoso separan del cuerpo del señor Tobe el dolor de cabeza, tal vez para poder monologar con su cráneo por los siglos de los siglos. Eso pasó, o no; ¡quién sabe, el miedo busca trofeos tan raros, aunque estén defectuosos!

Seudónimo: Meduseld Valle  

jueves, 22 de junio de 2017

43. NALÚ. De Walmares


Yo era un párvulo morocho, miope de pies planos, peinado con raya en medio y el mechón rebelde de la frente sujeto con maternal saliva y pulso diestro. Ana Luisa, Nalú, era desde la cuna un agravio a la belleza, física y espiritual, de todo cuanto recababa a su lado, por inconsciencia o accidente, enfrentado a la comparativa que era una batalla perdida de antemano; de bebé repollo enrabietó a las otras madres, de niñita con pollera y trenzas soliviantó a sus compañeras y amargó el esperanzador divorcio a una maestra cuarentona;de universitaria con chaqueta de lana y puño en alto repercutió con mayor firmeza en las atolondradas mentes de los muchachos revolucionarios que las consignas que les marcaban sus líderes desde los libros rojos o las verdes selvas.
Para mí, era como la luna. Dicen que se formó de nuestro mismo planeta, que no es ajena. Que no hay misterio en su cara oculta. ¡Qué sé yo! Pero desde que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, nos han fascinado, la mujer y la luna, digo, con igual entusiasmo.
En fin, algo deberían de tener, Nalú y la luna, que me tuvieron arrebatado una vida entera, y todavía me estremezco con el recuerdo de verlas surgir, a ambas, por el extremo del malecón al caer la tarde; conservo nítido el recuerdo de sus colmillos sedosos desgarrándome la yugular aún palpitante. Nalú libando de mi sangre como de una amapola, y yo observando la luna enquistada en el tul del cielo.

Seudónimo: Walmares

miércoles, 21 de junio de 2017

42. EL COLECCIONISTA. De Izel Hanifah


Esa tarde, bajo el camuflaje que le ofrecía la lluvia, se robó de un mercado la novena muñeca. Llegó a su casa y organizó rápidamente su pequeño quirófano. Había tijeras que harían de bisturí, silicón en pistola que supliría las suturas, y semillas de alpiste, que rellenarían cual vísceras y sangre. Primero, las acomodó a todas por sus nombres en orden alfabético. De Ana, cortó el cabello, largo y rizado, aunque éste no olía a lavanda. De las siguientes tres, Daniela, Elena y Gaby, cortó respectivamente brazo derecho, brazo izquierdo y ambas piernas. A Karla le sacó los ojos, unas hermosas canicas color esmeralda. La ropa sin dudarlo se la quitó a Mariana, le encantaba ese vestido morado. El tórax y el abdomen serían de Olivia, ya se las arreglaría para hacerle el ombligo saltón. Luego, a Pilar le recortó labios y orejas, para nunca olvidar aquella noche en que no podía callarse y él no podía dejar de escucharla. Finalmente Silvia, ella daría la cabeza, como lo hizo en la vida real. El hombre duró toda la noche cosiendo, pegando y rellenando, quería que fuera perfecta, una muñeca que simbolizara en forma fidedigna los últimos ocho meses de su vida. A las seis de la mañana, la muñeca sólo tenía en el pecho un área de cinco centímetros sin coser, le faltaba lo más importante. Ese toque final lo daría Zoe, cuyo corazón tenía veinticuatro horas inmóvil, esperando en el refrigerador. Ahí en la cocina terminó su obra maestra, la abrazó, la besó, y luego la dejó en una silla pues aún quedaba un pequeño cadáver por enterrar. Bajó al sótano y descubrió aterrado que las cadenas estaban sueltas, el cuerpo de Zoe había desaparecido. Sintió náusea cuando se apagó la luz del sótano. Estaba inmóvil, sólo las palpitaciones corrían veloces. Escuchó pasos descendiendo la escalera, y entonces las vio. Diez pares de ojos brillantes lo acechaban, todas estaban ahí, pálidas y nauseabundas. El hombre ahogó un grito cuando escuchó hablar a la muñeca recién terminada, en brazos de Zoe.
—Buenos días Don José, venimos a que nos enseñe su colección…

  Seudónimo : Izel Hanifah

41. REVELACIÓN. De Calixto


Saqué el viejo pesebre de yeso de la caja y lo puse en la mesa junto al arbolito. Era de mi abuela.
El pastor se cayó. Se le rompió la cabeza contra el piso.
Las ovejas se hicieron las dormidas.

Seudónimo: Calixto

40. VENGANZA ESLAVA. De Nahuel


Llevaba tres días, y sus tres noches, con el mismo sueño. Desde que me dejó Arcadia y su felicidad. Me iba a la cama, triste y abatido, y entonces, en sueños, mi almohada cobraba vida. Y me intentaba asesinar, ahogándome. Yo notaba esa presión y me deshacía de ella. Luchaba contra ella y al final conseguía vencer, pero notaba que esa presión era cada vez mayor. Llegaría el día en que ella podría conmigo. Me despertaba entre sudores y escalofríos. Y mi almohada estaba ahí. Inocentemente colocada dónde la dejé. Cambié de almohada, mi nueva almohada aparcó a la antigua entre la indiferencia y el olvido. Enterrada entre horas de sueños y de descanso mis pesadillas cesaron.
Pasaron los años. Me casé de nuevo. Tuve un niño. Un bebé hermosísimo de rasgos eslavos. De piel clara y ojos azules, la faz marcada con pequeña pecas y un color pajizo en el cabello. La alegría de mi vida, la esperanza de mi hogar. Un caso atípico en mi familia, desde hacía siglos no había habido descendientes eslavos.
Repentinamente, y sin previo aviso, volvió mi antigua almohada a recobrar vida, pero ya no me intentaba asesinar. La almohada salía de su funda. Reptaba por el pasillo y ahí perdía su pista.
Pasaron los días. La imagen se repetía una y otra vez, hasta que llegó la noche que marcó la venganza. Estaba soñando. La almohada se desplazaba por el pasillo y entraba en la habitación del niño, que dormía plácidamente, testigo mudo y anacrónico de la venganza. Cuando llegué sólo pude certificar su muerte por asfixia. Tenía marcas en el rostro y en el cuello.
Me atrapó la ira. Fui al cajón de mi cómoda y agarré la glock. Bajé al desván. Y vacié el cargador sobre ella. Hilillos de sangre brotaban de las plumas y un rostro barbado y rubio, de piel clara, marcado por la viruela y la vejez apareció entre ellas para deshacerse en humo blanco. El inconsolable y horrorizado rostro de mi mujer detrás de mí era un drama de proporciones épicas.

Seudónimo: Nahuel  

39. INGENUOS CRIMINALES. De León M. Duncan


— Siempre llegamos tarde señor, ya no podremos auxiliarle.
— Es inevitable ¿Cómo saber cuándo sucederá? Míralo, yace moribundo.
— ¡Ya no contaremos con tiempo para castigarle! ¡Por Dios! Que crimen
tan reiterado.
— ¡Estoy harto de pertenecer a tan inefectivo escuadrón!
— Mientras agoniza, dejémosle que corra…tal vez lo atrapemos para la próxima.
— Si hubiese tenido una justa razón.
— No es este el caso señor, y lo sabe.
—Alguna que otra vez nosotros estuvimos en su lugar.
— Lleva razón. El tedio o la inacción nos llevaban a asesinar el tiempo.
— Pero usted lector. No se preocupe. No hay mejor manera de matarlo
que con una buena lectura.

Seudónimo: León M. Duncan

martes, 20 de junio de 2017

38. UNA BESTIA EN LA TORMENTA. De Pastor de Letras


Su nombre era Río. Así lo bautizaron sus padres adoptivos hacía unos siglos. Hubo un tiempo en que su aspecto era humano, pero él era diferente: su carne nacía cada día, cada minuto, cada segundo, y también moría, cambiaba, evolucionaba, como el curso de un río. Esta capacidad de adaptación al medio lo había transformado en una criatura de habilidades increíbles, pero de aspecto monstruoso. Imaginad un ser antropomorfo capaz de saltar 10 metros en vertical; con una piel y un esqueleto tan duros como perder a una madre; dos pares de brazos, con los que realizar las tareas de un mulo y también las de un colibrí; visión telescópica; dos cerebros que se alternaban y, todo ello, sumado a la capacidad de regenerarse, que le hacía gozar de cierta inmortalidad.
Aunque él se consideraba un agricultor y un artesano, para el Rey era una máquina de matar en potencia. Cuando Río recibió una orden del monarca para enrolarse en el ejército, la desobedeció. Esta decisión lo convirtió en prófugo, por lo que tuvo que esconderse para no dañar a ningún humano. Abandonó sus tierras y su masía hasta casi morir de hambre. Pero su capacidad de supervivencia hizo cambios en su cerebro derecho, que tomó el control total de sus acciones. Se atrevió a pedir comida, se atrevió a robarla y finalmente mató. Fue en defensa propia, pero su odio crecía. Fue entonces cuando decidió luchar para el Rey, quien le perdonó sus crímenes mientras se frotaba las manos. Río se ganó el afecto de todos gracias a su nueva "virtud": la hipocresía.
Durante las campañas militares se convirtió en un héroe, una divinidad. Sus proezas eclipsaron el liderato del Rey; así que éste decidió deshacerse de la criatura a tiempo; pero ya era tarde. Cuando se ordenó la ejecución de Río, el ejército se rebeló a la casa real y ofrendó sus cuerpos al nuevo líder. Aquello hizo emerger su cerebro izquierdo, que, horrorizado, quiso volver a la masía. Pero también vio esperanza en todas las miradas. Ahora que era un verdadero monstruo se le respetaba, era venerado. "Una paradoja", pensó. Fue entonces cuando Río decidió dedicarse al pastoreo...

Seudónimo: Pastor de Letras  

lunes, 19 de junio de 2017

37. UN MAL BONACHÓN. De Oculta Entre Páginas


Allí estaba el dragón amarrado con cadenas. Gruñía, o eso parecía. En realidad lloraba. Todos se defendían de él, le clavaban las lanzas y arpones. Él no podía hacer otra cosa que intentar salir de allí. El dragón solo quería volver a ser feliz como antes; era inofensivo.
Lo habían encontrado en medio del bosque, detrás de la casa del alquimista. Los árboles estaban arrancados de la raíz y la casa del alquimista estaba destrozada. Todo el pueblo pensó que la bestia se había merendado al pobre anciano. «Eso le pasa por confiar en esa cosa horrenda», decían.
El dragón no se perdonaría jamás a sí mismo. Todos pensaban que era una bestia salvaje y agresiva. Y siempre se recriminaría por haber chamuscado accidentalmente a su amo y único amigo cuando este le pidió que cociera el pavo para la pócima.
No podía hacer otra cosa que demostrar que era una buena criatura. Así que, cara al invierno, sopló fuego de sus fauces para hacer una hoguera que calentase al pueblo. Lo calentó tanto que todos murieron. El fuego había perdido el control.
Y otra vez había metido la pata por dejarse llevar por sus impulsos de bondad.

Seudónimo: Oculta Entre Páginas

domingo, 18 de junio de 2017

36. UNIÓN SECRETA. De Rubén Levi


Él sabe que ella sabe; ella sabe que él sabe; viven juntos aunque no se aman; les une un terrible secreto.

Seudónimo: Rubén Levi

35. EL SECRETO DEL GATO. De Marlon C. Lewis


Las formas de una lámpara se esbozaron en mi cerebro. Debía encontrarme en una cama de un lugar desconocido en donde el techo resplandecía. También podía oírse un ruido monótono, lento y pausado como paso de tortuga. Ese ruido sí me sonó conocido, mas estaba como cuando bebo demasiado y no pude identificarlo de inmediato.
 Me pregunté dónde estaba; no recordaba cómo había llegado a ese sitio, y me sentía tan débil. Mi boca se movió de manera involuntaria, como si la pregunta en mi cabeza pugnara por salir a toda costa. Me percaté de que tenía un tubo conectado, y hasta pude sentir el sabor a goma. Por otro lado, el aire olía fuerte y nada agradable, de un modo tal que pude percibirlo aun en mis condiciones. Eso me llenó de terror, y éste creció cuando intenté moverme. El sonido pulsante se aceleró de pronto, y me recordó el que hace un camión con la reversa puesta. La única parte de mi cuerpo que se movió fue mi cuello.
En la cama cercana a la mía había una persona de rostro irreconocible. Tenía vendas y estaba tan rodeada de instrumentos, cables y tubos, que era horroroso. Del otro lado de la cama había una señora sentada. El rostro de esta última regeneró mi memoria y me sentí recuperado, o por lo menos durante un instante. Era mi esposa, aun cuando había envejecido mucho, sus ojos estaban rojos e hinchados, y tenía grandes ojeras.
–¡No! –grité sin emitir sonido cuando comprendí el significado de su presencia. Me pareció como si mis ojos intentaran salirse de sus órbitas–. ¡Mi niña no, coño!
El golpe fue demasiado duro. En mi pecho se instauró un dolor insoportable, como si un enorme peñasco me lo comprimiera. Mi respiración se hizo casi imposible. Mi vista se oscureció rápidamente. Y los pitidos cercanos a mí se fueron alejando a la vez que se estiraban como una liga.
–Tranquilo, hombre… si sólo llevas diez minutos en el simulador de vidas –dijo mi amigo Esteban y me sonrió cuando abrí los ojos de nuevo; otra vez tenía dieciséis años y aún poseía otros seis turnos.

Seudónimo: Marlon C. Lewis

miércoles, 14 de junio de 2017

34. UNA DURA DECISIÓN. De Máximo A. Campo


Todo empezó hace dos semanas atrás, cuando mi esposa decidió planificar un viaje al bosque. Hasta ese momento, mi vida era perfecta. Un excelente trabajo, muchos bienes lujosos, pero lo más importante una esposa que me ama. Pero este viaje está a punto de arruinar mi vida, y esto como es posible. Es simple, ya que en el bosque hay centenares de osos sedientos de sangres.
 Y como se esto sobre los osos, es muy sencillo. Ya que es la página número 46 del Manual secreto del hombre, aquel libro con el que cada hombre nace. Dice esto.
… Si por algún motivo de la vida, deben adentrarse en un bosque. Recuerden que los osos están sedientos de sangre, debido a que en el pasado los hombres los matábamos para probar nuestra fuerza. Y gracias a esto, ellos buscan venganza. Pero no preocupen hombres, ya que si llevan una tupida barba, se puede matar osos a mano limpia fácilmente. Así que si van al bosque, déjense las barbas y estarán a salvo….
Sabiendo como lidiar contra los osos, me empecé a dejar la barba. Pero lo malo, es como trabajo en un banco no me permiten llevar barba. Luego de algunos días, que la barba se notada demasiado. El gerente del banco me llamo, y ese día casi me despiden. Pero luego de explicarle porque me dejaba la barba, me permitió llevarla por unos días.
Pero una tragedia ocurrió la noche anterior al viaje. No sé que le habrá pasado por la cabeza a mi esposa, pero esa noche, mientras dormía tomo la afeitadora, y me la paso por toda la barba. Y como era de esperar, mi barba desapareció.
Y ahora estoy, pensando que hacer. Si ir al bosque sin barba, y poner en riesgo a mi esposa. O decirle toda la verdad, sobre porque no podemos ir al bosque, pero esto ameritaría contarle sobre el manual secreto. Y como todo hombre sabe, la primera regla del manual, es nunca contarles a las mujeres sobre el manual. Y ahora no se qué hacer, si revelar el secreto más antiguo de los hombres, o poner en riesgo al amor de mi vida.

Seudónimo: Máximo A. Campo

33. EL PRECIO DE LA VIDA. De The Green Worm


Los unicornios. Hace cien mil años estos seres se alimentaban de nuestra vía láctea cuando se percataron de lo sola que se encontraba la madre tierra. Acostumbrados a repartir alegría por la galaxia, decidieron obsequiarnos con sus heces, el avivador más potente conocido. Pero los humanos no apreciaban la vida sino la muerte, destruyendo a estos hermosos seres. Es así como el Regulador Intergaláctico castigó a los humanos haciéndoles pagar por el zumo de naranja natural su equivalente en sangre de unicornio.

Seudónimo: The Green Worm

32. EL ELEGIDO. De Martín Ximénez de Aibar


Sabía que debía dejar de mirar; que lo lógico era girarse y correr. Pero no podía despegar la vista de aquel dedo que, agarrado a la ventana como si tuviera una ventosa, sobresalía del cristal y apuntaba hacia él. Sus pies se deslizaron despacio, pero irremediablemente, hacia la ventana. En un último instante de lucidez, sacudió la cabeza, y trató de pestañear, pero estaba como hipnotizado y el postrero momento de resistencia consciente desapareció. En su cabeza solo existía ya aquel dedo que debía alcanzar como si fuera un premio. Su brazo se movió hacia arriba, lentamente, temblando un poco. Su nuez subió y bajó como si estuviera tragando, aunque en realidad tenía la boca seca. Ni siquiera era ya consciente de que seguía avanzando hacia el apéndice. Su mano se acercó al dedo, tan lentamente que parecía que se movía a cámara lenta. Y, por fin, lo alcanzó. Fue a llevárselo, pero su cuerpo no respondió.
Notó un fuerte tirón y un enorme estallido al que no siguió ruido alguno. Y en el silencio vacilante de la eternidad, se escuchó el sonido inequívoco de una ventosa al ser liberada. El sonido se prolongó durante unos instantes interminables. Hasta que, de pronto, todo regresó a la más absoluta de las afasias. Trató de sonreír, pero su cara, como todo lo demás, estaba paralizada. De súbito, todo se contrajo. Supo que estaba perdido, cuando el mismo sonido de vacío se replicó miles de veces, al tiempo que otros tantos miles de dedos se agarraban a todas las partes de su cuerpo. Mientras se quedaba pegado al cristal y notaba como si algo se lo estuviera tragando, solo tuvo tiempo de gritar una vez. Un alarido corto y ronco, que no le permitió más que coger una última bocanada de aire mientras el cristal se lo tragaba. Como toda oposición, solo logró estirar un poco su brazo derecho. Sintió un insufrible dolor que duró un instante eterno y que se fue tal y como había llegado. Todo se envolvió de nuevo en silencio. Y de su existencia solo quedó un dedo agarrado a un cristal que señalaba de frente, buscando al elegido.

Seudónimo: Martín Ximénez de Aibar

domingo, 11 de junio de 2017

31. ¡ARRE UNICORNIO! De Eslaba


Había una vez en un extraño lugar, un bosque mágico lleno de unicornios. Cada uno tenía una función para que todo marchase bien allí y en todos los lugares y para que ninguna persona dejase de soñar y de cumplir sus sueños. Cada unicornio llevaba la melena de un color diferente que significaba un sentimiento. Un sentimiento que deberían reforzar en las personas para que no se rindieran ante sus sueños. El unicornio de larga melena amarilla se dedicaba a llevar consigo la alegría hasta las personas que más tristes se encontraban mientras el unicornio verde regalaba esperanza allí por donde pasaba. El de la melena naranja transmitía fortaleza y el de melena roja regalaba la pasión. El unicornio rosa llenaba todo de paz y el violeta de un montón de creatividad. Pero para los casos más extremos existía el unicornio multicolor. Y era ese el que se había dado cuenta de que en el pueblo había un niño que había dejado de creer en los cuentos de hadas y príncipes, donde todo acababa bien y lo que es peor, había dejado de creer en los sueños. La verdad es que había tenido una vida bastante dura para su corta edad. Así que el unicornio salió a estudiar el caso para intentar sorprenderle y que volviera a soñar. El niño adoraba ver las estrellas y cuando llovía, le encantaba ver como se creaba el arco iris. El unicornio partió hacia la lluvia y cuando el niño esperaba en la ventana para ver como el arco iris nacía, apareció volando el unicornio más bonito del planeta. Era como si el arco iris naciera de su cola y eso la verdad no se lo esperaba, pues no creía en cuentos, ni en unicornios ni en las hadas. Los colores le hicieron sentir bien y la magia que acababa de ocurrir hizo que sus miedos lejos volaran. Y es así como empezó a creer en los cuentos, en los sueños y en la magia. Y así fue como creció fuerte, valiente y sonriente pasara lo que pasara. La vida había que cargarla de ilusión y eso le había regalado aquel extraño caballo de un cuerno cargado de colores.
Seudónimo: Eslaba


sábado, 10 de junio de 2017

30. ARLEQUIN CARNAVALIN. De Arlequin carnavalin


Surcando el Gran Canal, finalmente el carro naval alegórico por  peces gondoleros tirado a Venecia llegó disfrazado.  En cuanto aterrizó, me puse el antifaz, el traje rombado, calcé  las aletas volantes  y me mezclé con la multitud. Estaba sobrevolando  el  Campanario para captar lo extraordinario de esta juerga con mi disfraz fotográfico. Tras haber captado  la esencia carnavaleska que me alimenta,  busqué un sitio para abrir la puerta interdimensional. De golpe mi puntiagudo gorro sensorial estalló. Había acusado la presencia de una máscara fuera de lo normal…. era una guapísima chica que llevaba una careta apalomada con un gran tatuaje cadavérico en su cuerpo. Pero lo más raro era que cuanto más me le acercaba más su apariencia cambiaba… se parecía a una esfinge. Ahora la  sambista paloma roja me seducía, ¿por qué sería?, la perseguía incansablemente, abriendo paso por la mar de gente enmascarada,  ¿dónde estaría?, entonces gracias a mis poderes  telepáticos la descubrí… estaba en el Puente de los Suspiros suspirando… volé hacia ella, acto seguido estaba besándola y  pude darme cuenta de que su cuerpo no era virtual  sino hueco, hecho de piedra, sus labios tenían un sabor metálico, quemado y áspero que me absorbían el subidón carnavalesko.  Le quité la máscara….  Mientras tanto el dibujo espectral que había cobrado vida asumía una figura craneal que proyectaba un mensaje tridimensional …
"Una adivinanza te voy a poner Todo tendrás que acertar Tu alegría no quieres perder
Este espíritu quieres ahuyentar…"
Sí, era Colombina Cuaresmal que el martes de Carnaval elige un bromista y  le hace preguntas que sólo un artista puede contestar correctamente pues si no jamás volverá a disfrutar de esta fiesta."
-¿¡No sabes quién soy!? Nada me podrás hacer hoy! Me llamo Arlequín Carnavalín, Antes me llamaban Saturnalia, ahora me llaman también Carnaval. Soy la personificación carnavaleska que todo el universo imita…

Seudónimo Arlequin carnavalin

viernes, 9 de junio de 2017

29. LOS GRILLETES. De Miguel Lora


Mamá vino con el vaso de agua que le había pedido. Me cubrió con la sábana hasta el cuello, me dio un beso en la frente y bajó la persiana del dormitorio para que no entrara la luz. Cuando nos quedamos a oscuras, volvió a mi cama y me dejó la estaca debajo del almohadón. Y me dijo: "Si me acerco, ya sabes qué hacer".
Entonces oí cómo se alejaba hacia el fondo, se colocaba los grilletes y tragaba el somnífero.
-Hasta mañana, mamá.
-Te quiero, hijo. Que descanses.
Antes de quedarme dormido, me aseguré de que tenía el arma a mano. En las últimas noches, la pastilla había tardado en hacer efecto y la grieta de la pared no soportaría más tirones. Mamá también tenía mucha sed cuando se acostaba, pero nunca pudimos beber del mismo vaso.
Seudónimo: Miguel Lora



miércoles, 7 de junio de 2017

28. ÁMSTERDAM, 1650. De Primus Cálamus


Durante el asalto de Praga, al finalizar la guerra de los Treinta Años, Caramuel capturó a cuatro mercenarios suecos a los que perdonó la vida  a cambio de un servicio especial en Ámsterdam. Les ofrecía la libertad y un generoso predio cultivable perteneciente a la orden del Císter. La reina Cristina de Suecia había colaborado en el envenenamiento de Cartesius, al que había contratado como preceptor, pero no se encontró el autómata que se suponía oculto en las dependencias privadas del hereje. Debía estar en un lugar secreto de Ámsterdam, aunque Cartesius cambiaba frecuentemente de residencia para no ser localizado por la Inquisición. Caramuel y sus mercenarios suecos se dirigieron a la ciudad holandesa, ocultos en un convoy de materiales de construcción. Se introdujeron en el supuesto último domicilio de Cartesius, aquel desde el que había respondido por carta a las objeciones presentadas por Isabel de Bohemia a sus 'Meditaciones Metafísicas'.  No dudaron en asesinar a los criados y a la mujer de ágiles manos que tocaba el clavecín cubierta con una peluca de grandes tirabuzones rubios, vestida de seda azul bordada en oro. Saltaron chispas de sus mosquetes. Los cuerpos ensangrentados quedaron esparcidos en el salón. Los perros del vecindario comenzaron a ladrar y los vecinos dieron la voz de alarma. La expedición no pudo encontrar el objeto de su búsqueda: el autómata con el que Cartesius había querido devolver la vida a su propia hija y del que la Princesa Elisabeth de Bohemia había extendido por toda Europa el bulo de que mantenía relaciones sexuales con su padre después de muerta. Caramuel certificó ante el Santo Oficio que semejante objeto blasfemo no existía. Las autoridades holandesas recogieron los cuerpos y evaluaron los daños infligidos a la propiedad. Se subastaron los enseres encontrados. Un relojero suizo hizo la puja más alta para adquirir los engranajes que habían encontrado dentro de un vestido de seda azul, junto a un deteriorado clavecín.

Seudónimo: Primus Cálamus

27. LA NONAGÉSIMA SEMANA. De El Dañino


Noventa millas es la distancia que separa la costa de Cuba de la de Estados Unidos.
A las seis de la mañana se sintió el primer movimiento, que duró dos segundos. Los que sabían de terremotos nos advirtieron que se trataba de otra cosa. Al mediodía se percibió el segundo. A las seis de la tarde el tercero. No eran temblores, sino tirones, encontronazos.
Estábamos atentos a las noticias, pero ningún medio nacional o internacional hizo referencia al asunto. Las conjeturas no proporcionaban evidencias de que la mayor de las islas del Caribe retumbara cada seis horas como si fuerzas extrañas la estuvieran halando o empujando hacia el norte. Las tropas de artillería e infantería del ejército se emplazaron en el litoral. Aumentaron los derrumbes en la parte antigua de la capital, pero el Estado, más carente de alma y sensibilidad que de presupuesto, no alarmó a la población. Varios científicos, de forma extraoficial, nos hicieron saber que se trataba de un insólito desplazamiento de la isla, a una velocidad de una milla por semana. A partir de entonces, ateos y religiosos coincidieron en que se cumpliría, por fuerzas magnéticas o espirituales, el sueño de la mayoría de los habitantes, quienes mantenían una confabulación tácita y esperanzadora: "En noventa semanas llegamos…". Los moradores de los edificios altos informaban:
"Anoche se vieron las luces…", "Hoy los edificios…". Hasta que una límpida mañana de la nonagésima semana, nuestras playas se unieron a las de la inerme península enemiga. Fueron los soldados los primeros en echarse al agua y nadar hasta la otra orilla.

Seudónimo: El Dañino

26. QRUQ. De Masmédula


Se conocieron en la estación  minera de Nébula 14, donde se reunía una gran cantidad de seres procedentes de todos los cuadrantes de la galaxia. Ella se llamaba Amanda y era terrícola, el Qruq y era un molio procedente de Trenbolan. Los molios son seres de superior inteligencia,  pero a diferencia de la mayor parte de las especies conocidas, su cuerpo no tiene una base de carbono, sino de neutrinos. Amanda se enamoró de Qruq desde el primer momento en que lo vio. Le gustaba su cuerpo  fuerte, bruñido y tornasol. Durante largo tiempo estuvo lanzándole indirectas sin  que le correspondiera.
Llegó el día de la fiesta de navidad de la compañía minera. "No importa de qué medio me valga pero tengo que hacer que Qruq repare en mí" se dijo Amanda.  Durante toda la fiesta intentó platicar a  solas con él,  lo invitó a  bailar,  pero Qruq, sin ser grosero,  rechazó sus insinuaciones. Esto picó más el orgullo de Amanda. ¿Por qué no estaba interesado en ella que era joven, atractiva, con humor y mundo?  ¿Cómo podía  Qruq estar  más interesado en platicar con los aburridísimos lasperios que apenas y tenían conversación?  Finalizaba ya la fiesta, todos los asistentes comenzaban a retirarse, algunos riendo estrepitosamente, otros trastabillando, sosteniéndose de las paredes para apoyarse.  Amanda también  había bebido su dosis de licor vestasiano  y su buen juicio se tambaleaba al igual que su cuerpo. Solo  eso puede explicar  su acción impetuosa y espontánea: al ver que Qruq se retiraba, se abalanzó sobre  él y lo abrazó con todas sus fuerzas. Amanda tenía que haberlo sabido: los neutrinos que forman la composición básica de la estructura orgánica de un molio  se mantienen estables pero  la sensación de una amenaza inminente acelera las partículas y eleva la temperatura corporal cientos de grados.  Eso fue exactamente lo que sucedió. Amanda experimentó una gran felicidad pero fue sólo un instante, inmediatamente sintió que su cuerpo se quemaba y que se desvanecía en el aire.  Finalmente, emitió un intenso resplandor de blanca alegría  y desapareció, una parte de su cuerpo se evaporó,  la otra se precipitó al suelo convertida en un montón de cenizas.

 Seudónimo: Masmédula

sábado, 3 de junio de 2017

25. EL VETERANO. De Koljaiczek


 Ya sé lo que dicen los libros de Historia. En el año 5142, según el calendario de Mayicien, las hordas de Terlae salieron de Hardanthon para atacar el corazón del mundo civilizado. Ocho años de guerra, que señalaron el fin de la Era del Desequilibrio y dieron inicio a la Era del Despertar. Los niños recitan como papagayos los nombres de sus protagonistas. Taircon demi Elercón, Legionado Supremo que consiguió defender Elenún frente a un enemigo mucho más numeroso. Sondar demi Tiar, el líder de los Dundamael, una pequeña escuadra de élite que nos enseñó que algunos mitos eran reales, y peleó  contra los horrores abandonados en este mundo por los dioses, que llegaron desde las estrellas.
No me deis lecciones, no. Yo estaba en las murallas de Raidel cuando la guerra empezó. Fui el primero en divisar las huestes de la Liga de los Reyes, el día que abandonaron sus puntos de partida para conquistar el mundo. Recuerdo el miedo, instalado en las tripas, sacándome un insulto y una ventosidad, mientras intentaba tocar el cuerno. Yo tenía veinte años, y sólo era un soldado sin galones, aficionado a los hombres, las cartas y la cerveza. Pero supe que ese día se acababa mi existencia. Vivo o muerto, a la mañana siguiente ya no sería el mismo. Sería transformado por esa marea de lanzas, caballos y máquinas de asedio. Veinte mil hombres contra dos mil.
Tengo noventa años, pero mi memoria no se ha estropeado con las décadas. Os puedo contar lo que significa combatir durante varias horas, sin otro remedio que mearse y cagarse encima, tan cansado que se llega a pedir la muerte. Otros viejos os adornarán la guerra, para darse lustre, pero yo no. Si queréis registrar mi testimonio, sea. Hablaré mientras no me falte la cerveza. Sobreviví lo suficiente para participar en la Batalla de la Rosa de los Vientos, y no importa contarlo. Pero mis palabras serán sucias, serán amargas, y estarán manchadas de sangre. Olvidad la Historia, que ha sido escrita por los poderosos para respaldar sus propios intereses, y escuchad la verdad.

Seudónimo: Koljaiczek

24. EL ENCUENTRO. De Niadán


"Apenas faltan cinco minutos para la medianoche. Entonces tocarán fantásticamente las campanas de la iglesia y sus graves ecos recorrerán las calles sin nadie que los oiga excepto yo. El vacío de las ruinosas casas vibrará presa de la maldición. Habrá llegado el momento. La temperatura desciende paulatinamente y no consigo dominar el temblor de la mandíbula.  A mi alrededor, furiosas ráfagas de viento arremolinan impetuosas las hojas secas levantándolas con rabioso gesto del suelo mientras las copas de los árboles, en frenético vaivén,  recortan la  inquietante negritud celestial. Sólo quedan tres minutos. Va a venir. No en vano pronuncié su nombre según la temible fórmula ancestral arrodillado sobre una estrella de cinco puntas que pinté con la sangre del carnero. El olor silvestre de las flores se oculta ahora tras un agrio hedor repulsivo y desde cada rincón me siento escrutado por alguna figura que cruzase fugaz. Un minuto. Quizás no suceda nada fuera de mi perturbada imaginación y,  finalmente, en este pueblo abandonado de la comarca de Uzruk  la noche no sea tan distinta a cualquier otra invernal y solitaria noche de noviembre".
Cuando las campanas iniciaron el lóbrego tañer,  su cuerpo fue súbitamente elevado en el aire y retorcido en imposibles contorsiones hasta que desapareció desintegrado, devorado por  horribles sombras cambiantes. Su último alarido coincidió con la duodécima campanada. Después todo quedó sumido en un tétrico silencio: el encuentro se había consumado.

Seudónimo: Niadán

23. VIDA. De Mara


Curvó crónicamente su cuerpo durante varios segundos. El movimiento continuo y de forma ascendente le permitió superar la fuerza de gravedad e impulsarse hacia arriba, saliendo a la superficie. El aire lo envolvió. Reptó y se arrastró durante varios minutos por aquél terreno húmedo e irregular, sin perder de vista le meta a la cual se dirigía. Tenía el cuerpo débil y bastante golpeado. Cada centímetro de suelo que dejaba atrás se cobraba un poco de su energía. Las raíces, el humus y todos los elementos constituyentes del terreno por el cual se arrastraba, parecían afirmarse a él sujetándolo e impidiendo que avanzara. Contra todos los pronósticos continuó hasta dar exitosamente con la pronunciada elevación que se desplegaba frente a él. Eligió uno de los extremos, el menos pronunciado, para iniciar su recorrido de forma ascendente. A medida que avanzaba, la pendiente se volvía más articulada. La dificultad en el traslado aumentaba, al igual que el miedo por perder la compostura y caer. Pronto, divisó la cima. Con las últimas energías de las cuales disponía, se arrastró hasta la cumbre y rodó hasta dar con un sector más blando y ahuecado que el resto. La superficie era rojiza y laxa, y parecía ser lo suficientemente profunda como para resguardarse durante un buen tiempo. Repentinamente comenzó a oír golpes y estruendos, que muy rápidamente se volvieron más claros y cercanos. Un fuerte golpe se descargó sobre él: lo estaban atacando. El impacto lo desestabilizó e interrumpió su ingreso al hueco protector. Un segundo embate aún más violento que el anterior lo embistió y quebró su cuerpo en dos partes. La agresiva fuerza lo arrancó de la empinada elevación y arrojó con violencia hacia la húmeda superficie, para luego cubrirlo pesadamente y por completo hasta extinguir su vida.
El policía retiró su bota de la húmeda tierra atestada de insectos en la cual se había hundido, al tiempo en que gritaba con desesperación el nombre del forense y quitaba con ambas manos los cientos de gusanos que cubrían las heridas abiertas y sangrantes de la muchacha que yacía tendida y desnuda sobre aquel patio trasero, asesinada.

Seudónimo: Mara