sábado, 21 de julio de 2018

88. BASTANTE NORMAL. De M. H. Heels



—Hace tiempo conocí a un hada —dijo sin darle importancia, como si se conociesen hadas a diario—, y no era para tanto. Ni guapa ni fea, bastante normal, aunque quizás fuera por su nariz aguileña. Tenía unas alitas finas, como las de los mosquitos de las noches de verano que, al revolotear, le encrespaban el pelo. Y su voz. Esa voz aguda y chirriante que resultaba tan molesta… En realidad, era bastante decepcionante para ser un hada.
—Tú tampoco eres gran cosa.
—Pero tengo un reloj que marca siempre la hora exacta —replicó el conejo.
Seudónimo: M. H. Heels

87. ALMAS DE CASCARÓN. De Filisberto



En la tierra donde yo nací abundan las almas de cascarón, sobre todo después de tantos años de lágrimas y desgracias como los que estamos viviendo. Pero solo aparecen entre los blancos y los mulatos; nunca se ha conocido un alma de cascarón negra. Se ha investigado mucho sobre esta aparente discriminación, pero no se ha logrado encontrar la causa.
Hay quien opina que esta condición se adquiere a lo largo del tiempo, por aprendizaje de la familia cercana, pero los estudios más serios parecen indicar que se trata de una alteración genética provocada por el estado anímico de la madre durante el embarazo.
Son personas lisas, sin nada en ellas que destaque. Son personas sobre las que no se puede construir un imperio, que no sirven como armas arrojadizas ni como muro de contención; son tan frágiles que se quiebran al menor golpe, a la menor contrariedad. Son personas que en su interior albergan un gran tesoro de vida.
Una vez al año, la víspera de San Juan Nepomuceno, estas almas segregan por los lóbulos de las orejas la preciada miel de cascarón, que los Hijos del Viento mezclan con lágrimas de luna en los enormes cántaros de sirena que se encuentran a la entrada de todas las ciudades.
Seudónimo: Filisberto

86. EL RELOJ DE LA TORRE. De La Belucha



Las campanas de la torre de la iglesia anunciaban regularmente las medias horas y las horas y, todo el pueblo, para su vida cotidiana, prestaba atención al número de campanadas que marcaban las horas de los rezos y señalaban el ritmo de trabajo: la hora de levantarse, dirigirse al trabajo, descansar o finalizar la jornada laboral. Ese fue el motivo por el cual el primer reloj se colocase en el campanario.
Un día el viejo reloj español fue reemplazado por uno adquirido a una casa inglesa, quienes, por largos años, se encargaron de su mantenimiento, para lo cual enviaban, con regular frecuencia, a Francesco Carrozzini, un relojero de origen italiano que iba de reloj en reloj por todo el territorio.
Por vez primera desde su instalación, Francesco reemplazó partes del mecanismo y el martillo de la gran campana, pero el daño era de tal magnitud que después de varios intentos, ponerlo a funcionar se le hizo imposible. Francesco regresó a la pensión y aquella noche Josefina no fue a acostarse con él, como era su costumbre, cuando él dormía en la pensión "Doña Cornelia". A la mañana siguiente habló con la cocinera quien le informó que Josefina se había conseguido un marido y que ahora vivía en una casa del pueblo.
El relojero regresó a la iglesia.  Inútilmente trató una y otra vez de poner a funcionar el reloj. Lo atormentaba la pérdida de su reputación la cual se agravó con la pérdida de su amante. Se dirigió al campanario y en un arrebato de desesperación, desolación e impotencia, esperó que fuese medio día y se colgó del campanario. El reloj recibió una de las patadas del ahorcado y comenzó a girar anunciando el medio día y, al día siguiente, el reloj y las campanas anunciaron el entierro.
Seudónimo: La Belucha

jueves, 19 de julio de 2018

85. ¡BIENVENIDO AL GABINETE DE SERES EXTRAORDINARIOS! De Otro señor Barnum



El viejo holograma, un ser bípedo con cancán siguiendo la moda vintage terráquea, titila mientras anuncia, a bombo y platillo, las bondades de aquella chatarra, un antiguo transporte interplanetario reconvertido en museo.
—Dame un billete, preciosa —solicito a la niña que trabaja de taquillera, violando cualquier legislación de la Unión Planetaria sobre explotación laboral infantil.
—Son quince créditos —responde con una sonrisa.
—¿Sabe el sindicato que estás aquí? —Dándole una moneda de veinte.
—Sí, señor. Firmó la orden de trabajo. —Se gira hacia la caja dejando al descubierto la circuitería de la nuca.— ¿Sabe? Hoy termino. ¡Usted es mi CIEN!
—Quédate el cambio, bonita. —Me alejo sin escuchar—. «¡Esta es muy realista!».
Entro en la nave, un gran salón de inspiración humana repleto de cartelas explicativas: una gigantesca lámpara de cristal de Murano, alfombras persas, Picasso compartiendo paredes con Velázquez, un sarcófago egipcio y hasta una vieja recreativa. Al fondo un gran telón se abre en un escenario por el cual, a ritmo de organillo, comienza a desfilar una patética colección de criaturas procedentes de todos los planetas de la Unión, cada una con un número virtual asignado: 14 y 29 (humanos con dimorfismo sexual), 67 (gigante velloso de Antares), 93, 52 y 85 (mentes colmena del Cinturón)... Tras unos minutos eternos, silencio, cae el telón y se abre una puerta lateral: SALIDA.
Con la sensación de haber sido estafado salgo, dispuesto a reclamar la propina en taquilla, desembocando, sin querer, en una sala llena de espejos, rodeado de mil versiones de mí mismo. Intento retroceder pero ya no hay puerta, solo yoes deformes que me gritan desde el otro lado. Estoy encerrado. Desesperado me lanzo contra los reflejos, golpeando con garras y tentáculos, aterrizando, al fin, en el escenario entre una explosión de cristales rotos. «¡LUCES!». Comienza a sonar el organillo y una cifra se impresiona sobre mi cabeza: UNO.
Seudónimo: Otro señor Barnum

84. UN INICIO. De El Dunga



Emerge del estanque un dios lleno de pesares y tribulaciones, toma una pausa y vuelve a sumergirse, nada a gran velocidad logrando llegar al fondo más abisal concebido. Siente pesar y desilución al no lograr acabar con su inmortalidad.
Toda la belleza creada le resulta indiferente, no puede intervenir en su ritmo, la creación se desenvuelve sin su divina anuencia. Eones pasan, su ausencia no deseada pero dictada por otra divinidad superior lo agota.
Apenado, encaramado en su trono, desea y desea.
Sufre este dios profano, observa las aguas de su estanque y toma una acción, no permitada, cúal maremoto las aguas se agitan con solo su mirar, nuevos químicos merodean el líquido, miasmas de sulfuro se elevan. Ahora estas aguas muertas con químicos entrelanzándose giran, el dios rebelde, con ojos inflamados se automutila, arranca trozos de su carne y la arroja al líquido  revuelto, sus miembros sangran, el rebelde toma unas piedras y las impregna de sangre, las bautiza antes de lanzarlas al estanque.
Fragmentos de su ser sangrante mezclado con las aguas primigenias, alteran la superficie que se riza  sopladas por un viento caluroso. El dios intermedio, se eleva, alcanza un grado más alto ante su rebelión, cura sus múltiples heridas, y toma posesión de su nuevo estatus, ahora aguardara sentado en su majestuoso trono, ungido entre relámpagos que los protobiontes reinicien una nueva vida.
Seudónimo: El Dunga

miércoles, 18 de julio de 2018

83. MUTACIÓN. De Francina



Cuando las autoridades de la Universidad le ofrecieron al profesor Félix Gremo la jubilación anticipada alegando senilidad, su hija no sospechaba hasta dónde la verdad sobrepasaba ese diagnóstico. Ella había escuchado a su padre hasta el cansancio: sus ensayos derribarían los paradigmas de la genética y lo harían digno de los mayores galardones.
Félix se ausentaba a diario y volvía a la hora de la cena borracho de euforia y con la mirada alucinada. Aunque Elisa se lo pedía, jamás le contó adónde iba. Preocupada por él, una mañana lo siguió y lo vio entrar en un galpón en las afueras de la ciudad. Esa noche, cuando su padre se durmió, atontado por los opiáceos, le robó las llaves y fue al edificio.
Cuando entró, la asaltó el espanto. Dispuestos en filas paralelas, varios cubos de vidrio contenían unos seres que eran en parte humanos, en parte serpientes; todos en distintas etapas de mutación. En el cubil más grande, en un cuerpo ya sin brazos ni piernas reconoció el rostro de Julián, su novio de la infancia. Le pareció que le pedía auxilio.
Huyó perseguida por el horror y el asco: su padre no estaba senil; con esas criaturas se parecía más al doctor Frankenstein que a un anciano desmemoriado. Regresó a la casa para enfrentarlo, aunque hubiera querido correr hasta que esas imágenes se disolvieran. El profesor no se enojó por la invasión; al contrario, la invitó a acompañarlo al laboratorio para demostrarle cómo sus experimentos lo llevarían a la cumbre de la ciencia. Ella intentó negarse, pero se impuso el recuerdo de su ex novio, con la mirada angustiada de quien aún conserva la conciencia.
Cuando llegaron al edificio, Elisa apenas tuvo tiempo para ver que Julián había completado su transformación. Félix abrió la puerta del cubil y con un siseo la cobra se lanzó contra ella.
Seudónimo: Francina

82. RENÉ. De Mara



La máquina disparó la bomba, esa que llevaba oculta toda la información. Ni René ni ningún otro pasajero de la nave habían sido autorizados a entrar en el laboratorio donde se fabricaba.
Ella, la máquina, era la única que podía crearla.
Esa máquina de la vida sabía todo, mucho más que todo y que todos. Manejaba las variables, las posibilidades y las consecuencias. En los temas de creación tenía autonomía. Las decisiones eran puramente de ella.
La bomba lanzada se enterró en el planeta elegido y, sin que la percibieran, empezó a actuar. Los primeros cambios fueron para preparar el terreno. Después, de a poco, las especies elegidas irían tomando conciencia de sus cambios.
La consigna era clara: todo lo que no estuviera en sintonía con el planeta sería eliminado de manera natural. En silencio, sin lucha, sin guerras ni manipulaciones. La máquina conquistadora de la vida podía solucionar lo que antes habían sido muchos experimentos fallidos y extinciones traumáticas masivas.
René huyó de la nave, se fue sin dejar rastro. Y, cuando los demás se dieron cuenta, era demasiado tarde. No iban a volver por él.
Tal como lo había planeado, René se encontró solo en el planeta donde había caído la bomba. Por ahora, era el único anfibio inteligente. Faltaba mucho tiempo para que algún otro pudiera hacerle competencia. Esas ranitas venenosas que pululaban por el planeta no eran dignos preámbulos de las leyes que lo habían creado a él. Gracias a su arrogancia, René había pasado de ser un sirviente más de la máquina a ser el amo y señor de lo que la bomba creara.
Pero lo que René no podía saber era si él estaba o no en sintonía con el planeta. Porque acaso la bomba que la máquina había arrojado podría exterminarlo también a él.
Seudónimo: Mara

81. EL MAGO. De Montagut



¡Todos fuera de la habitación!,decía con voz firme.
¡Tú también, Montse!, profería a mi madre.
 Me cogía la mano y la apretaba contra su pecho. Pásame el dolor, cariño. Yo le miraba con los ojos entornados, deslizaba mis dedillos sobre su potente mano y me concentraba.
Al cabo de los cinco minutos la temperatura había bajado a 38 grados y no sufría convulsiones. Ni la ducha de agua fría de mi madre para combatir la fiebre, ni las aspirinas de mi abuela o los buenos deseos de mi hermano. Solo la mano de papá lo conseguía.
Montse, volved a la habitación, el chiquillo ya está mejor.
Y él regresaba al salón con sus libros, como si no hubiese pasado nada, pero con una sonrisa pícara esbozada en su rostro, la misma que se dibujaba en mi boca cuando pensaba para mis adentros que mi padre era un mago.
Seudónimo: Montagut

79. CUIDADO CON LO QUE...DICES. De Ana Zambrano



Elisa escuchaba atónita la historia de cómo habían engañado a su amiga de la forma más cruel posible cuando vio al causante de los problemas caminar con decisión hacia la mesa en la que ambas compartían un café y un trozo de tarta.
-¿Qué hace aquí ese desgraciado?¡Se le tendría que caer la cara de vergüenza! -bramó, y un segundo después observó horrorizada cómo los ojos, nariz y boca del chico se desprendían hasta caer al suelo como si fueran piezas de un puzle.
Por suerte no había nadie además de ellas en la terraza, porque sus gritos de terror habrían alertado hasta al más tranquilo de los viandantes.
-¡Arréglalo, por favor! - le pidió Diana, arrodillada a su lado, pues se había tropezado y caído al perder las partes de su cara.
Nerviosa, Elisa se arrodilló también; quería coger la boca y tratar de colocarla en su sitio pero le daban escalofríos por el simple hecho de pensar en tocar "aquella cosa".
Al final, fue Diana la que se armó de valor y devolvió la boca a su lugar.
-Lo siento mucho, Diana - expuso, una vez que fue capaz de volver a emitir sonidos. Y como por arte de magia, todo volvió a su lugar.
Muchas lágrimas le costó entender su nuevo don y practicó durante semanas para saber usarlo; no obstante, no consiguió averiguar el por qué le había llegado, el por qué a ella. Así que lo aceptó como una parte más de su personalidad. De esa forma, pudo incluso aprender a disfrutarlo, aunque debía ser extremadamente cauta con sus palabras y a quién se las decía. Eso sí, no había nada que le prohibiera jugar, aunque fuera un poco, y para ello usaba su nueva manera favorita de librarse de los problemas, susurrando para sí misma: "Tierra trágame y escúpeme en la playa".
Seudónimo: Ana Zambrano

martes, 17 de julio de 2018

78. BATALLA EN EL SILENCIO. De José C. Sánchez



El láser tarda mucho en lastimar el cuerpo, por eso prefirieron utilizar balas al darse cuenta que en el vacío del espacio la trayectoria mejoraba, además las municiones salían propulsadas a mayor velocidad. Algunos con poca experiencia lanzaban los disparos y salían empujados hacía atrás unos cuantos centímetros, una vez que se acostumbraban al efecto se convertían certeros tiradores con sed de sangre. La caída de los de nuestro bando era inevitable, aunque seguíamos aferrados a un milagro. La verdad nunca había estado en batalla, sabía un poco de matemáticas por eso me contrataron para hacer los cálculos y dirigir la flotilla de naves a buen puerto. Ahí estaba mirando por las cámaras el último segmento de Marte que aún no había sido conquistado, mientras los imperialistas mataban a mi gente. Fue entonces que recordé a mi padre, su lucha contra los imperialistas en la tierra, su condena, siempre decía que quizá los libertarios habíamos nacido para perder, sin embargo prefería morir peleando por la libertad que arrodillado ante los Paneistas[1], me hirvió la sangre al recordar la ejecución de mi padre. Tomé los controles, encendí las bocinas y comencé a cantar el himno de los libertarios, mis compatriotas caían sin miedo, se lanzaban en horda kamikaze contra los imperialistas.  Afuera estaba el planeta rojo con humanos y Paneistas batallando, sin explosiones, sin ruido si quiera, sólo balas que hacían caer a miembros de cada bando. Mi canción se transmitía a través de los comunicadores. La batalla estaba perdida, no habría un Deus Ex Machina que nos salvará. Había una base de Paneistas a unos cuantos kilómetros, conecté los mandos automáticos de las naves y las dirigí, no podría crear una explosión ya que en el espacio es imposible que se produzca, aun así esperaba estrellar suficientes naves para dejar diezmados a los Paneistas. Con un poco de suerte alguna nave de los libertarios atendería nuestra llamada de auxilio y algunos podrían escapar. Oprimí enter en la computadora y me lancé hacía mi silenciosa muerte.
Seudónimo: José C. Sánchez

[1] El pueblo  Paneista aprovechó su similitud biológica con los humanos para reestablecer su población y los mestizos organizaron la reorganización Imperialista y las primeras guerras.