martes, 13 de agosto de 2019

AVISO A CONCURSANTES

 Con la publicación del último microcuento se da por finalizado el plazo de recepción de originales a concurso. Pasamos a la fase de evaluación por el jurado.
         Todos los textos que han llegado incumpliendo alguna de las normas del certamen no han sido publicados a destacar aquellos que fueron enviados en archivo adjuntos, haciendo hincapié de que éstos no se han podido ni tan siquiera ver.
         El próximo 5 de octubre del presente año, se dará a conocer el fallo del jurado. Suerte a todos.
         Gracias por participar.

La Organización

228. PSICOTERAPIA. De OwlWoman



La sesión empezó a las 8:05am como era habitual cada jueves con la misma paciente, de 35 años de edad, que venía atendiendo hace 5 años. Ya conocía la rutina de memoria, ya sabía cada palabra, cada gesto que ella haría, y al mismo tiempo, él ya sabía cada respuesta que darle ante cada gesto y cada palabra de su paciente. Habría sido así durante los últimos 3 años de los 5 que tenía de atenderla. 3 años atrás, él consideró que ya podría darle de alta después de creer que había superado la repentina muerte de su esposo, sin embargo, ante la sensación de un nuevo abandono, ella amenazó con suicidarse, no sin antes acabar con la vida de quien nuevamente la intentaba abandonar. Fue entonces cuando el terapeuta, 5 años después, descubrió que el difunto esposo de su paciente, era también un colega, que la conoció 10 años atrás, intentando superar la repentina muerte de un antiguo novio que tuvo, quien era un estudiante de psicología    
Seudónimo: OwlWoman

227. EL DÍA EN QUE HORACIO QUIROGA LLORÓ EN EL REGAZO DE FRANCISCO PIRIA. De Gegén



Sentado al borde de su cama de hospital, con los ojos hundidos en un rostro calavérico, Horacio Quiroga era la encarnación de un espectro dantesco y barbudo. Tenía la mirada perdida en un  horizonte imaginario, y entre las manos huesudas sostenía un vaso con un líquido incoloro e inodoro. En la mesita junto a la cama tenía unas cartas leídas con desgano y unos libros que le aburrían. La ventana de la habitación estaba cerrada en un caluroso día de nubes grisáceas. El hombre del vaso de cianuro frunció el ceño, acusando un pico de dolor, y cerró los ojos.
Sintió con el oído unos pasos, claramente de varón, y al abrir los ojos, vio parado frente a él a un hombre de bigote inglés, moño gris, traje y chaleco marrones. El recién llegado estiró el brazo buscando estrechar la mano de Quiroga. Con voz de quien es dueño de su destino se presentó: «Soy Francisco Piria, y es un gusto conocerlo en persona».
Sentado al borde de todo, el enfermo no pestañó. Había tenido noticia unos años antes de la extraña desaparición del afamado empresario. No podía ser él, y sin embargo, ahí estaba. Poco le interesaba a Quiroga entender a qué se debía esta visión. Levantó el vaso en señal de brindis, pero antes de poder ingerir el elixir de la muerte, Piria le comentó:
—Lo que viene ahora es en lo sumo desagradable. Dilatación de los ojos, enfriamiento del cuerpo, aceleración del ritmo cardíaco, mucha desesperación por respirar. Ah, y las convulsiones son atroces.
—Es que no doy más… —contestó Quiroga con la voz apagada y miró el vaso.
Piria se acercó, con cuidado le sacó el vaso de veneno de la mano y se sentó a su lado. Quiroga apoyó la cabeza en el regazo de su interlocutor y sollozó largamente.
—Horacio Quiroga, sepa que su Magna Obra está por comenzar. El Universo tiene más que libros para usted. Tenemos por delante la forja del tiempo.
Fue así que el 19 de febrero de 1937 Horacio Quiroga se unió al implacable cuerpo de correctores del tiempo llamado Cofradía Metatemporal. Sus aventuras fueron épicas.
Seudónimo: Gegén

226. FANTASMAS. De José Petricor



Cuando abrí los ojos. Gonzalo se bajaba del camión maldiciendo. Era oscuridad absoluta sujetada por un montón de estrellas muertas. Llegué hasta el otro lado del camión, Gonzalo sonreía con un cigarrillo en la boca desamarrando algo de la carga y comenta: Se calentó esta vieja máquina, debo ir por agua. Unos kilómetros más adelante hay una casa donde podré conseguir agua para este viejo radiador", y luego me pide que me quede cuidando el camión. Antes de salir con el bidón rumbo a la nada misma me entregó un revolver en donde me señala que es una 38 especial y también me pasó un emparedado y entre risas se marchó. Arme mi cigarrillo roto - lo encendí y de pronto en la soledad máxima sentí ruidos, como si una persona se acercara hacia mí. Fue allí donde mire hacia la parte sur del camión estacionado y no se veía nadie, de pronto veo las piernas de alguien por abajo del camión en donde aquella persona caminaba tranquilo y alguien lo seguía. Pensé que estas personas querían llevarse el camión así que tome el revolver, corrí hacia el otro lado y mire otra vez por debajo… lejos del camión se escuchaban voces que decían ¡Ven, ayúdanos!, eran palabras tan perfectas, imposible confundirlas con el viento. Me estaba armando de valor para correr directo hacia las voces y vi del otro lado a una anciana, escuché que dijo; ¡Oiga! Usted no vaya a las voces, ellos quieren que mueras de frío. Mi piel se puso de gallina y vi avanzar los pies de la abuela del otro lado del camión.  Me metí dentro de la cabina, las voces se volvieron gritos, ya casi amanecía cuando me dormí. Abrieron la puerta y grite, era Gonzalo se largó a reír y me dijo: "¿Por qué esa cara?", no quise contarle, podría pensar que estaba loco, entonces casi a unos 500 metros había muchas grutas junto al camino y le pregunto "¿Qué paso acá?" él contesta que hace dos años un grupo de amigos venían borrachos en una furgoneta y al cometer una imprudencia perdieron el control del vehículo saliéndose del camino y arrollando a una abuela y su nieta que esperaban un aventón, agregó "Todos murieron ese día".     
Seudónimo: José Petricor 

lunes, 12 de agosto de 2019

225. QUÉ HACER. De Carlos de Aragón



El Sr. Tomás Down mira angustiado el reluciente teléfono cromado que tiene frente a sí. El cromo del teléfono refleja con fuerza la luz del sol de una mañana por demás hermosa, como él nunca antes había visto. Una tenue brisa le acaricia el rostro, pero él parece no sentirlo. Está el Sr. Down sentado en un sillón ultramoderno, ergonómico y demás, en el cual es imposible estar incómodo. Pero el Sr. Down lo está. Lleva puesta su mejor ropa, todo de la mejor calidad, o por lo menos, la mejor calidad que el Sr. Down conoce. Y si hubiese usado sombrero, el Sr. Down también hubiese llevado el mejor posible. El  teléfono en cuestión está ubicado y fijado en un nicho de un descomunal muro, de unos cincuenta metros de altura; hacia los lados, el muro se pierde de vista a derecha e izquierda del atormentado Sr. Down. Cada cierto número de metros está marcado por la presencia de uno de estos nichos, cada uno con su teléfono cromado, y frente a éste, su respectivo y ergonómico sillón; pero no había señal alguna de puerta o algo similar en el extraordinario muro. Hasta donde alcanzaba a ver el Sr. Down, solo él está frente a un teléfono. El resto de los sillones que la distancia y la suave bruma, que tendía a reflejar la luz, le permitían ver, estaban vacíos. Jamás el Sr. Down había tenido noción exacta del significado de la expresión estar solo hasta ese momento. Aprensivamente, el Sr. Down toma de nuevo el teléfono...
—Lo siento, Sr. Down, pero le he dicho que TODOS los creados ya estamos del lado adentro del Cielo, y que USTED no está en la lista —tras lo cual la voz cuelga del otro lado.
El Sr. Down cuelga el reluciente y cromado teléfono y, con los ojos vidriosos, mira el fantástico muro. Realmente no sabe qué hacer.
Seudónimo: Carlos de Aragón

224. COPELITA. De Copelita



"¿Ya vas a sacarme a bailar o qué?"
Sus torsos pegados a la pared, uno junto al otro, sentados en la roja tiniebla.
"Pues por mí, sí; pero no hay música".
Huele mal, pero no es por mí: es ella.
"¿Y entonces qué se escucha?"
...Quiero que sepa que no aguanto la tristeza…
que por su ausencia su recuerdo hasta me pesa… Ésa sí me la sé.
"¿Ahora sí?"
"Pues sí. Pero no se pueden todos los pasos."
"¿Y quién te está pidiendo todos? Tú nomás escúrreme."
"¿Otra vez? ¿Ahora dónde los dejaste?"
"¡Yo qué! Tú me descuajaste. Acuérdate.
Los primeros pasos para levantarse: mojados, pringosos. Las suelas son navíos carmesíes en el mar de la oscuridad. Tres pasos. Gira a la derecha: a tientas encuentra la perilla del baño.
Cada vez huele peor. ¿A quién se le antoja bailar antes de pudrirse?
La perilla gira.
Un quejido suave.
"Sí están, ¿verdad?"
Dos leños carnosos bailan flotando: escurren su racimo de flagelos rojos sobre la oscilante, bermeja tiniebla.
"Te apestan las piernas, mamá. ¿Para qué bailaste con ese señor?"
El tronco pútrido de la señora espera sentado junto a la puerta del baño.
"Tú nomás escúrreme", gritan las dos cuencas vacías de su cabeza.
..."no aguanto la tristeza"...
Seudónimo: Copelita

223. GATO SOLITARIO. De Corben



FGH533 era un tipo extraño, pero curioso. A menudo se quedaba mirando los gatos silenciosos volviendo al amanecer, retornando desde recónditos lugares. Su andar cauteloso, por repetir adjetivos, como de boxeador volviendo al rincón luego del primer round. Las delgadas orejas tiesas y los bigotes hacia atrás. Los observaba cruzar las calles con aparente descuido, descendiendo desde lugares imposibles, con un destino prefijado y enigmático. Quizás volvieran desde las estrellas, o de la luna. Todos sus movimientos carentes de sonidos y de peso. FGH533 los espiaba desde pequeños agujeros practicados en las ventanas. Dentro de su casa era dueño de su soledad y nadie lo molestaba. Muchas veces también, soñaba con galaxias espirales y viajes interplanetarios, y miraba desconsolado a su alrededor al despertarse. Sufría con infantil congoja, al observar el destino ocioso de algunos muebles. La mesa, por ejemplo, había estado más de cien años en el mismo lugar, al igual que el armario de negro roble, un sobreviviente de los años de la tempestad. Durante las vacaciones, pudo hacerse con algo de dinero y juntando coraje, fue hasta la ferretería cercana donde entre charlas de media lengua con el dueño le compró a buen precio, todo un remanente de cinturones cohete y rezagos de propulsores militares. En el camino de vuelta un viento imaginario le ayudó a esquivar hombres y miradas. FGH533 estuvo tres semanas encerrado en la casa, los vecinos solo oyeron los golpes del martillo y el ronquido de la sierra, y vieron, a través de las ventanas, los relámpagos cerúleos de la vieja máquina de soldar. Tampoco se salvó el piano, que con sus inmensas patas había permanecido en la salita del living desde antes de los tiempos de su abuelo. Muy grande fue la sorpresa para JKL222 en el pequeño satélite del planeta IXX, solo habitado por gatos, cuando vio caer a escasa distancia de su sombra al enorme piano proveniente del infinito cielo azul.
Seudónimo: Corben

222. LA MALDICIÓN DE BRICK ROAD. De Eleazar Santana



Corría el año 1845 cuando el Sr. Higgins desahució a Barton Stocks de una de sus propiedades de la calle Brick Road.
El pobre diablo perdió el trabajo después de haber comenzado a desarrollar alguna enfermedad en la piel que le fue cubriendo de manchas todo el cuerpo. Primero fueron pequeñas motas marrones en el cuello y las extremidades que no desaparecían por mucho que las lavara. Luego de esto, surgieron pústulas y bultos que en poco menos de tres meses transformaron a Barton en una especie de engendro andante.
En toda la ciudad se hablaba sobre su mala fortuna y de como los médicos no habían podido hacer nada, aunque nadie le había visto desde que decidió recluirse en su hogar.
Al Sr. Higgins no le gustaban los cotilleos y le horrorizaba sobremanera que pudieran relacionarle de alguna forma con una historia de tal calibre, así que se personó en la casa que arrendaba a Barton Stocks dispuesto a obtener una respuesta.
Estaba siendo una temporada de invierno especialmente fría y cuando llegó apurado a la puerta no reparó en abrirla con su llave, sin tocar previamente a modo de cortesía. Más le hubiera valido hacerlo, porque junto a la chimenea halló un ser con forma humana cubierto de bultos supurantes. Reconoció en ella a Barton, pero la repugnancia y el temor fueron tan grandes que huyó despavorido. Más tarde, se personó con un par de hombres que con una mezcla entre odio y asco ante aquella grotesca deformidad, comenzaron a golpearlo y arrastrarlo fuera de la propiedad mientras el Sr. Higgins daba ordenes de como proceder, haciendo oídos sordos ante las súplicas y lloros de Barton. Esa misma noche lo abandonaron en el bosque para que muriera.
Días después, el Sr. Higgins leía en el diario la noticia sobre un cuerpo hallado en el bosque. Estaba preocupado, pero no por ese motivo, sino por las extrañas manchas aparecidas esa mañana por toda su casa y que por más que las criadas frotaban no se iban. Mientras cogía su taza de té, reparó en una mancha en el reverso de su mano.
Seudónimo: Eleazar Santana

221. EL ESPEJO DE MI HABITACIÓN. De Úrsula M. A.



Algo pasa con el espejo de mi habitación. Es o era un espejo de pie convencional. Veo mi reflejo en él, pero sé que no soy yo. Cada día intento descubrir por qué siento que es alguien más.
A veces me mira como si estuviera juzgándome; otras como si esperara algo. Me quedo inmóvil, dando por hecho que va a hablar. Pero no dice nada. Parecemos dos almas que no se pueden tocar, separadas por una frontera de cristal.
A pesar de dar por hecho que es una fantasía, acerco lentamente una mano hasta tocar el espejo con la punta de mis dedos. Mi reflejo, obviamente hace lo mismo, con la excepción de que en ese preciso instante noto su tacto. Su mano estaba fría, igual que la mía.
Nos miramos con asombro. Entonces decido hacerlo de nuevo; confío plenamente en que algo extraordinario pasará. Y ocurre algo increíble: nuestras manos se agarran, como dos personas que se han extrañado por mucho tiempo. No titubeo, me cuelo en el espejo y nos volvemos dos almas gemelas inseparables.
Seudónimo: Úrsula M. A.

domingo, 11 de agosto de 2019

220. CIUDAD RUINAS. De UBIK



Todos le temen a las réplicas. El más mínimo rechinido, sirena de ambulancia o sonido distorsionado nos estruja el corazón. Nadie imaginó que los edificios seguirían derrumbándose en los días posteriores al terremoto.
Nos estacionamos junto a un refugio callejero donde la gente celebra que trajimos chocolate caliente y pan dulce. Forman una fila entusiasta. Un chico se acerca llorando. Su hermano se perdió. Se lo llevó una señora. O eso parecía, no estaba seguro, su cara era algo masculina. Alta, hombros anchos, muy delgada, pelo rubio y tez grisácea. Se ajusta a mi descripción, lo cual me incomoda. Nos dividimos en pares para encontrarlo. Conseguimos bicicletas y compartimos fotos por nuestros celulares para saber a quién buscamos.
Alguien llora, le digo a mi amigo. Escuchamos con atención. Mi amigo señala calle abajo. Las bicicletas no pueden pasar. La calle está deforme, como si algo hubiera intentado succionarla hacia abajo. Tiro la bicicleta y corro al interior de un edificio abandonado. El niño forcejea con la señora, quien lo jala hacia el pasillo oscuro lleno de piedras sueltas y paredes cuarteadas. Tomo al niño de la mano y ambas tiramos en sentidos opuestos. La señora sisea. Me araña el hombro y me muerde la mano cuando escuchamos el sonido de la muerte: la alarma sísmica. ¡Es otro temblor!, grita mi amigo, buscándonos con la luz  de su linterna. El suelo se mueve, las paredes saltan de un lado a otro, pequeñas piedras caen del techo. La señora grita y salta sobre la pared. El edificio cruje en una cacofonía ensordecedora. La criatura repta por el techo y se cuela por una grieta en la pared. Salimos gritando del edificio cubiertos de polvo.
Caminamos con las bicicletas, temblorosos, de vuelta al refugio. Consolamos al niño con promesas de chocolate caliente y pan dulce y que su hermano lo está buscando. La calle se siente aún más retorcida y durante toda la noche más y más edificios colapsan, despertando a los monstruos del pasado.
Seudónimo: UBIK