lunes, 22 de mayo de 2017

16. EL ORIGINARIO. De Sheridan Le Fanu


—Ellos llegaron y descendieron con sus naves sobre nuestro suelo. Con sus trajes blancos y sus escafandras impenetrables se posicionaron, plantaron su bandera para decir: «este mundo y todo lo que hay sobre él ahora nos pertenece»…
—Pero los documentos afirman que no había vida en la Tierra. Es decir, tan solo enormes animales carnívoros y plantas gigantes. ¿Cómo es que no dice nada sobre ustedes? —El entrevistador cruzó las piernas, y lo miró con una mezcla de ironía e indiferencia. El interlocutor sonrió apenas, pero sus ojos oscuros, burlones, decían más que la falsa sonrisa que ensayó en el rostro grisáceo.
—Ustedes solo hablan de vida humana. Lo que no es como ustedes no existe. Por supuesto que no dice nada, nosotros estábamos de más, o nos convertíamos en «humanos» o nos exterminaban con el famoso meteorito… —La sonrisa y la burla desaparecieron, y dieron paso a una expresión feroz en su cara—. Solo yo logré sobrevivir: soy el último de los originarios.
—¿Qué ha estado haciendo durante todos estos milenios que se mantuvo oculto?
—Los estuve observando, estudiando su modo de vida.
—¿Estudiándonos? ¿Por qué? ¿Cómo?
—No se puede modificar lo que no se conoce… He tenido tiempo suficiente para empaparme de conocimientos y técnicas científicas. Pero, cierto… nuestra inteligencia fue lo primero que  subestimaron…
—¿Cuál es el motivo de esta entrevista? —preguntó impaciente el periodista, al ver que la expresión en el otro se tornaba amenazante—. ¿Para qué me buscó? Yo podría haber revelado su paradero… —No pudo continuar, el originario le desgarró el pecho con las zarpas  que luego escondió. La minicámara siguió grabando, para horror del resto de la humanidad que veía cómo aquel era devorado por una pujante generación de originarios.

  Seudónimo: Sheridan Le Fanu  

15. CONVERSACIONES BAJO LA MESA. De Catulo


El puntero nunca se movía. Intacto permanecía bajo la mesa. El tablero estaba escondido. La abuela lo había ocultado para que ninguno de mis amigos se pudiera mofar de esas cosas tan respetuosas. Mis amigos eran muy educados y jamás se habrían burlado de nadie, pero esa tarde teníamos ganas de jugar. Como por arte de magia hallaron el tablero y debajo de la mesa nos pusimos manos a la obra.
Era simple. Las reglas estaban claras. Nos situábamos dos a la derecha y dos a la izquierda. Unos hacían preguntas, otros contestaban de manera estrafalaria montando un conjunto de sinsentidos, que hubieran provocado paranoia a cualquiera que lo hubiera leído. Pero lo que de verdad hizo especial esa tarde fue la llegada de mi abuela, que decidió jugar con nosotros. Era la primera vez que hacía el juego de la copa conmigo, por eso me extrañó, siempre me había dicho que ese juego no era cosa de niños.
Ya estábamos terminando cuando mamá me llamó:
-¡Alfonso!-.
-¡Estoy en la cocina, mamá!-.
Mi madre, que me conocía perfectamente, se acercó y levantó el roído mantel negruzco que mantenía la mesa en pie.
-¿Ya estás otra vez aquí? ¡Venga! ¡Termina de vestirte! Nos tenemos que ir al hospital. La abuela está malita. Tranquilo, no es nada...-.
Me levanté y sonreí "a mis amigos". Mientras yo me iba a mi dormitorio, mamá veía boquiabierta como ellos movían el puntero debajo de una mesa vacía.

Seudónimo: Catulo

14. SIN PENA NI GLORIA. De Dragones de Artemisa


 Siempre pensé que te necesitaba, y fui a buscarte. Te encontré una tarde solitaria y te quise.  Tu brillo me enloqueció y sumisa, tan oscura, entre mis brazos, te cobijé. Me diste todo lo que te pedí y nunca pensé que en la cama íbamos a pasar tanto tiempo. No me cansaba de
mirarte y de tocar tus negras formas.
Planeé viajes para disfrutar juntos en la penumbra de mis pensamientos. Mi vida iba a
cambiar y era mejor contigo, ya no me imaginaba el mundo con tu ausencia, y solo me aseguré de que estuvieras siempre bien, fría a mi lado, como nadie  estuvo jamás.
Tu compañía sería mi puerto, mi sangre en las noches, mi apacible música, mi lazo con el más allá. No había nada más. Y sin embargo, algo pasó, no sé qué, pero pasó.
Nuestros primeros días fueron gloriosos y casi pude ver un sendero de felicidad que nos
unía, pero por alguna razón que no comprendí, una mañana me miraste displicente desde tu
cara angulosa y bella, y no me hablaste. Mis caricias no te estremecían, nada te complacía.
Te pedí por favor, lloré por ti, y por mí, con un miedo tremendo. Tanto tiempo esperando por vos y ahora que te tenía, mi cariño no te importaba nada. Solo querías morir, sin mí.En una desazón inconmensurable me deshice en ruegos. Solo una explicación, solo una te pedí, pero nada. Una palabra, un destello, pero nada. Y nada te conmovió de mí y me pregunté si me había equivocado tanto ¿Qué fue, qué te hice, soy yo? Nada. Tu silencio me dolió hasta la médula, y vi todos mis planes por tierra, solo por vos, por tu cruel abandono. Pasaron las horas y dar vueltas a tu alrededor no resultó, ni tocarte, ni hablarte, ni gritarte cuando ya mis nervios estaban destrozados. Los ojos inflamados y la voz quebrada, y vos nada. Los rituales no te trajeron de vuelta, ni los sacrificios, ni la magia, ni vender mi alma. ¿Cómo pudiste hacerme ésto, no tenías derecho. Yo te quería, aún sabiéndote sin corazón. Ya está, no importa, yo resucitaré, como hice siempre, como siempre me levanté del fondo de mis angustias, y en mi soledad continué con mi vida. Porque es mi vida, y nadie, ninguna como vos, ni vos, me van a joder la vida ¡maldita tablet!

Seudónimo: Dragones de Artemisa

jueves, 18 de mayo de 2017

13. PLAN B. De Magopitágoras


"¡Maldito trabajo!", pensó Rod mientras contemplaba como el misionero bajaba de la nave espacial y se adentraba en la espesura de la selva. Durante el último mes había sido testigo de la misma escena una docena de veces y sabía que siempre finalizaba dramáticamente. Él elegía para aterrizar un lugar no explorado de aquel enorme y boscoso planeta y allí abandonaba a su suerte a un religioso cuyo objetivo era expandir la palabra de su dios por todo el universo. Rod ni siquiera conocía para qué ser divino estaba trabajando; había muchos en el mercado. En todo caso, no le pagaban lo suficiente para soportar mentalmente lo que ocurría allí sin volverse loco. Y es que en cuanto los indígenas localizaban al misionero lo mataban a sangre fría, lo sacrificaban probablemente en honor a otro dios diferente y se lo comían. ¡Bárbaros caníbales! Daba igual si el lugar de aterrizaje se encontraba a miles de kilómetros del anterior, si era costa o montaña, selva o desierto. Todo el planeta se hallaba infestado de caníbales. ¡Y todo el universo parecía lleno de misioneros lo suficientemente estúpidos para dejarse devorar en nombre de su dios! El voluntario de turno, esta vez una mujer, se giró y le saludó antes de perderse entre la vegetación. Parecía feliz. A Rod se le escapó una lágrima por ella.
Lo que el piloto desconocía era que los misioneros no fallecían en vano. Por su sangre circulaban millones de nanorobots que se encargaban primero de insuflar en ellos la euforia necesaria para atreverse a realizar tan gran sacrificio y después, ya dentro del organismo de los caníbales, provocaban en ellos visiones oníricas y delirios religiosos que se convertirían más tarde en la semilla de una nueva religión. Dios siempre disponía de un plan B.

Seudónimo: Magopitágoras

12. EL SEGUNDO ADVENIMIENTO. De H. Hellpop


"Cuando Walter Elias Disney despertó del sueño criogénico, miles de Sus criaturas antropomorfas- endriagos de la ingeniería genética- se congregaban en el templo aguardando el segundo advenimiento que por fin les redimiría. En la fecha y hora fijadas la capsula de criogenización se abrió y Disney resucitó, como vaticinaban los libros proféticos. Le cubría hasta los pies una túnica blanca con bordados de oro y un fulgor de luz láser le rodeaba como un halo. La parte humana de la híbrida naturaleza de los engendros les obligó a postrarse al unísono ante la presencia de su Señor. Los incensarios apenas paliaban el espantoso hedor de la congregación. Algunos devotos de las primeras filas se arrastraron de rodillas para besar con el hocico el pliegue de Su túnica. Mansamente se fueron acercando decenas de feligreses que pugnaban por abrirse paso hasta Él. Poco a poco cientos de criaturas asediaban suplicantes a su Hacedor. Él impuso la mano sobre la cabeza de uno de ellos, un remedo atroz de Mickey Mouse, que al contacto de la mano que lo diseñó gruñó y se revolvió mordiéndole como si estuviera rabioso. Roja sangre manó de la herida y excitó la parte animal de los engendros. Un estremecimiento recorrió toda la congregación y se alzó en el templo un rumor salvaje de bramidos. De repente las reverenciantes criaturas se tornaron feroces, se arrojaron sobre su Redentor, lo despedazaron y lo devoraron en una eucaristía bestial y desenfrenada. Así se cumplía la última profecía de la Iglesia de Disney y Sus criaturas fueron redimidas.    
 A TRV"  
Seudónimo: H. Hellpop


11. S/T. De Papasoto


El Mago esperó la oscuridad para efectuar el ritual. Sosteniendo mi espada hacia el fuego, empezó el conjuro, lo observé instantes antes de caer inconsciente.  El  dolor era insoportable, mis labios estaban resecos, el sol caía lentamente sobre mi despojos, traté de levantarme y el mundo giró sobre mí, cayendo de nuevo al suelo, el Mago ya no estaba a mi lado, mi espada clavada en la tierra quedó, todo empezó a oscurecerse y volví a desfallecer. La lluvia devolvió mi alma al cuerpo, observé alrededor, amanecía cuando logré incorporarme, tambaleante busqué mi espada, el Mago desapareció sin dejar rastro, sólo el estigma en el suelo, toqué mis heridas, sorprendentemente estaban casi curadas, siendo profundas y graves, deben haber pasado muchos días, pensé, así que debía apurarme, mi  ejercito debe estar muy lejos y debo llegar con ellos a la batalla contra Zohor. Busqué mi caballo en la espesura del bosque, estaba amarrado cerca del lugar donde acampé estos últimos días, estaba alimentado y listo para partir, el Mago se había encargado de mantenerlo presto para el viaje, monté el majestuoso animal, emprendí el viaje a todo  galope.  Los caminos parecían laberintos, pero mi instinto me guiaba directamente a mi destino, cruzaba ríos, saltaba obstáculos, y en ese afán por llegar a tiempo, estuve cabalgando sin parar durante días, me detuve unas horas para que el  caballo descansara y pudiera continuar. Anochece, estoy cerca del castillo de Amilonht, donde mis hombres combaten las fuerzas del malvado Zohor; un fuerte torbellino me obliga a parar mi galope, entre la turbulencia aparece el Mago, dice que levante mi  espada y la mire. Dime: ¿Qué refleja su metálica hoja? observo la gran espada dorada.  Anciano, la espada refleja para lo que fue hecha, es la guía que abrirá el camino hacia la luz y la esperanza. No se doblegará ante ningún enemigo, si la sostiene un alma íntegra y un corazón justiciero. Un ser impío no podría ni levantarla pues su peso es la medida de su verdad. El anciano levantó lentamente su mano, desapareció tras una lluvia de estrellas. Antes del crepúsculo voy al encuentro de los desencuentros.

Seudónimo: Papasoto

10. ALTA FIDELIDAD. De Arácnido


Se agachó a recoger el pedazo más grande de su corazón destrozado. Curioso, lo miraba como si no fuera algo suyo, como carne barata y medio podrida. Al fondo, una chica lloraba lágrimas de metal, con otro pedazo de corazón en las manos. ¿Se habrían visto alguna vez anteriormente? Algo parecido a un amor de tuercas enmohecidas se abría paso. Sin saber qué hacer, solidarizándose en la amargura, unieron los restos mecánicos con una mirada. Encajaban perfectamente. Un mecanismo de alta fidelidad.

Seudónimo: Arácnido

lunes, 15 de mayo de 2017

9. IMAGINE. De El otro Beatle


Este piano que ves aquí no se parece demasiado al Steinway de pared con el que John Lennon compuso la canción de Imagine en 1971 y que, años después de su muerte, se vendió en una subasta en el Hard Rock Café de Londres por algo más de dos millones de euros. De hecho, para ser una réplica, es una pésima imitación. No. Desde luego que este piano no es el auténtico, pero tienes que conseguir que alguien lo quiera y se lo lleve a su casa por propia voluntad porque está sometido a una maldición.
Por las noches, cuando toda la casa permanece en silencio, comienza a sonar Imagine. Pero más que la canción en sí, el piano repite la composición; las mil y una veces que Lennon la practicó hasta que, por fin, consiguió terminarla. Las que suelen salir bien son las notas del principio: sol, sol, sol, sol, si, si, la. El resto son notas inconexas que, a menudo, acaban de forma abrupta tras un acorde estruendoso.
Solo puedes librarte de la maldición, si consigues que alguien se lo lleve de forma voluntaria. Tarea que, advierto, no es nada fácil. El piano está viejo, desafinado, prácticamente roto por los múltiples maltratos que ha sufrido a lo largo de su baqueteada vida. A los arañazos y al recital de golpes recibidos para que calle, se añade el poco cuidado de los trabajadores de mudanza que lo trasladan de un lugar a otro.
La primera vez que comienza a sonar, es necesario estar solo. Si hay alguien más a tu lado, el piano no suena. Por eso, a veces, ha pasado desapercibido. Parece ideal para casados, pero si uno de los dos abandona el hogar, y deja al otro pasar, aunque sea, una noche solo, el piano empezará a tocar. Siempre las mismas notas. Sol, sol, sol, sol, si, si, la. Y al final, un acorde estruendoso. De nada te servirán ya los tapones, ni marcharte de casa. Una vez que hayas escuchado la canción, te acompañará, a ti y solo a ti, todas las noches, aunque estés rodeado de gente, en una discoteca o embarcado en un ballenero, a mil kilómetros de distancia.

Seudónimo: El otro Beatle

8. EL TORBELLINO. De Longobardo


En los archivos de mi parroquia, se guardaba un antiguo manuscrito con relatos de procesos de brujas. Describía a personas como la vieja Jerónima, viviendo en una choza, junto con un cuervo y dos gatos negros. Un día, Jerónima halló a una chica en el bosque que "caminaba sin dejar huellas, sin siquiera tocar el suelo con los pies". Si Jerónima fuera una mujer piadosa, encerrada en una celda del convento, su visión hubiera sido clasificada como celestial… ¿Pero una mujer desamparada que ve fantasmas, lo que podría esperar? La picota, la tortura, tal vez el fuego...
Estaba estudiando el manuscrito, una noche de invierno, en la sacristía desierta. Me tomó un trago de sueño, sin falta perdí la noción del tiempo. Me encontré solo en la iglesia, en la primera luz de la mañana. Entró una mujer atraendo mi atención. No sé por cual razón la seguí, saliendo a la calle cubierta de nieve. Era una vieja mujer de hacer agradable, su nombre era Teresa, una experta en pociones, sabía hacer caldos y tónicos, había conocido a Jerónima y se ofreció a acompañarme en el campo, hasta el lugar de la aparición. No era fácil caminar en la nieve alta, derretida por el sol y luego endurecida por el frío de la noche. Mis pies estaban mojados y fríos. De repente, un torbellino apareció, asumiendo la forma de una chica etérea, demacrada, fría, cubierta de una larga camisa blanca, un lazo rosado en su pelo largo, pies desnudos fuera de la nieve. Me quedé paralizado por la sorpresa. Cuando me giré, Teresa había desaparecido. El torbellino se desvaneció, la niña diáfana desapareció. Una pequeña cinta de color rosa flotaba en el aire. La agarré. Distante, inalcanzable, veía el bosque de robles y los tejados de la ciudad, con sus torres y campanarios, cubiertos por la nieve.
La mañana, me despertó el sacristán. Yo estaba con la cabeza apoyada en la mesa. Una cinta rosada, húmeda y descolorida, estaba apoyada contra el lado del libro, en el punto que describía la visión de Jerónima.

Seudónimo: Longobardo

sábado, 13 de mayo de 2017

7. ENCUENTRO PELIGROSO. De Ema Lyn


Beatriz no sabía que existían los hombres-lobo, por eso se entregó sin reservas cuando conoció a Martín, un hombre que trabajaba de noche y amaba de día
Él había pasado media vida tratando de equilibrar sus dos mitades, sin embargo no siempre lo había conseguido. Cuando conoció a Bea, no sabía que existían las mujeres-gatos… Ella era discreta y misteriosa.
Se fueron a vivir juntos y cuando pudieron confesarse sus secretos, ya era tarde para arrepentirse.
Cuentan los vecinos que por las noches se escuchaban corridas, rugidos y maullidos, pero de día eran amorosos amantes lastimados.

 Seudónimo: Ema Lyn