sábado, 14 de julio de 2018

69. LA EVOLUCION HUMANA. De Andrews



"Narra la leyenda que los homínidos en medio de sus carencias de la época, podían predecir y corroborar luego sin equivocación alguna hasta el más leve temblor que experimentarían sus alocados corazones quienes con el palpitar, les anunciaban la llegada de un nuevo o primer amor pero que jamás, sus ingenios naturales pudieron anular de raíz sus limitaciones sumadas a los precarios trebejos conque contaban para realizar sus invenciones, …
Me sedujo esta pequeña historia que le arrancaba a un minúsculo librito en vespertina y que al ponerse el sol, la quise concluir a la luz de una fogata.
… pues para adivinar la hora, miraban al Dios sol que se las diera y puntualmente la hora de dormir para soñar con sus amores nacientes, mas observando que muchos días las nubes bíblicas se adueñaban del firmamento, parieron algunas invenciones a partir de la piedra consiguiendo que dichos relojes rústicos les dieran la hora de dormitar para soñar con sus amores rendidos. Miles de años después otra civilización hermana pero con conocimientos más avanzados y contando para sus proyectos con materiales menos rudos, obtuvieron el sofisticado reloj de arena y quien aparte de ponerlos a soñar con sus nuevos amoríos, venían con un dispositivo que podía predecir ya no un leve temblor sino hasta un terremoto y siglos después, ya el hombre formado íntegramente, sabio, moderno y valiéndose de todo un arsenal de conocimientos y de materiales dulces, creó el infalible reloj digital provisto de chips inteligentes y capaz de predecir el apocalipsis."
-¡ Apocalipsis ! – Exclamé, arrojé el libro sobre las cenizas de la fogata y como premonición, una llamita cogió vida y se extendió tanto, que lo que acabas de oír no llegas de un ser forrado en carnes sino de alguien quien sabedor del suceso, ha condenado mi voz a iterar esta perturbable reseña póstuma.
Seudónimo:  Andrews

68. NUMEROS FINITOS. De Latverian



Extracto de una conversación de Arthur Royce, antiguo jefe de sección del proyecto Manhattan, que quedó fusionado con su antónimo de la contra-dimensión a causa de una brecha abierta durante una prueba atómica. Estas notas se han de tratar con sumo cuidado ya que su rareza es extrema debido a la costumbre de Arthur de escribirlas en papel de arroz que posteriormente suele utilizar para su dieta.
¿De verdad  piensas que los números son infinitos? ¡Te engañaron, amigo mío!, y, le ruego, perdóneme la confianza, pero entienda que lo que le estoy contando es de gran trascendencia, y cuando las cosas son tan serias no hay nada mejor que la familiaridad para quitarle hierro al asunto y evitar el suicidio.
Pero se lo repito, ¡Desde su tierna infancia le engañaron! Y no porque no se pueda sumar uno más, sino porque no se cumplirá de forma real. Hay veces en que la ciencia se dedica a desmentir a la religión, pero piense una cosa para que se llegue a aclarar ese concepto místico el científico ha de conocer la sagrada escritura. En otras ocasiones la religión explica donde la ciencia no puede llegar y esto enaltece al sacerdote y desafía al científico. Pero otras veces, y estas sí que son peligrosas, ciencia y religión van de la mano, son complementarias, como ya habrá discernido, esta es una de ellas.
El último número corresponde al número total de partículas en el universo, este dato solo podrá ser encontrado mediante complejos cálculos matemáticos y estadísticas físicas, pero aquí es donde entra de lleno la espiritualidad, el enunciado de tan terrible cifra no es otro que el nombre de Dios y cuando se pronuncie, todo llegará a su fin y a su inicio, los humanos llegaremos a lo más alto y la creación volverá a reiniciarse.
Seudónimo: Latverian

67. NATURALEZA MÁGICA Y OTROS TIPOS. De Thomas J. Brooklyn



Los llantos de la criatura arañaban la usual armonía del bosque. Era un sonido desgarrador, pero pronto casaría; contaban con ello. Los habitantes del bosque sabían de sobra que intervenir en los asuntos de los humanos estaba prohibido, por lo que estaban dispuestos a dejar que la naturaleza siguiera su curso. Era muy común, entre los de su especie, abandonar a aquellos que nacían con alguna deformidad. Corría el rumor de que el recién nacido tenía los ojos blancos como las perlas; no podía percibir el mundo a través de la vista. Aquello parecía suficiente para apartarlo de los suyos. Hacía ya varias horas que lo habían dejado a los pies de aquel viejo árbol, por lo que no podía faltar mucho para que el pequeño dejara de suponer una amenaza a la paz reinante. Pronto todo volvería a la normalidad y ninguna criatura tenía por que hablar de ello. Era triste, desde luego, pero ellos no estaban obligados a ayudar a los humanos. Podrían habérselo planteado si no contaminaran sus ríos, si no talaran de esa forma sus árboles, si no ensuciaran sus hogares, si no fuesen tan crueles con los demás y entre ellos mismos... La historia les había enseñado que los humanos temían lo desconocido y actuaban con una crueldad sin precedentes contra la fuente de sus temores. Pensaban en ellos como unas criaturas que tenían la misma capacidad para amar y ser amados como para odiar y ser odiados, y todavía no sabían cuál de ellas era más fuerte. Las hadas permanecían arrinconadas en sus espaciosos huecos de los árboles. Los duendes hacían heroicos esfuerzos por ocultar sus hogares junto a los ríos. Los gnomos eran los que, quizás, lo tenían más fácil para esconderse de los humanos, gracias a las vastas redes subterráneas de las que disponían. Es cierto que el afán de los humanos por olvidar lo fantástico de su propio mundo y buscar la magia más allá de las estrellas, facilitaba a los habitantes del bosque su tarea, pero a la vez les entristecía. El alma del pequeño humano tardó todo un día en alcanzar la paz, mientras los habitantes del bosque deseaban, entre sollozos, que el mundo fuera diferente.
Seudónimo: Thomas J. Brooklyn

66. CUENTO DE INFANCIA. De Matías Ferreira



A caperucita no le asustaba del lobo su aspecto físico, su pelaje despeinado, su pinta de canino de pobla, ni sus cicatrices de las que algunas veces se vanagloriaba. Le asustaba en realidad su capacidad de verborrea, de persuasión, su oralidad tan elocuente, con la que engañaba a todos en el bosque y era proclamado como un líder. Le causaba terror su capacidad de pasar desapercibido a través de la palabra y comerse de vez en cuando abuelitas y caperuzas inocentes como ella, eso la intimidaba, le ponía los pelos de punta y hasta, podría asegurarse, le atraía un poquito.
Seudónimo: Matías Ferreira

jueves, 12 de julio de 2018

65. EN ALGÚN LUGAR DE LOS CÁRPATOS. De Sísifo



Se rumoreaba que era un vampiro. Sus cabellos eran de un blanco pajizo, su piel extremadamente clara, sus ojos de un inquietante azul, casi transparente. Al chico, al que todos sus vecinos consideraban maldito, nunca se le veía pasear durante el día por la aldea, se excusaba alegando que la luz del sol le agredía.
Cuando desaparecieron dos chiquillas del pueblo, todas las sospechas se volcaron sobre el extraño muchacho de aspecto perturbador. Una procesión de vecinos armados con horcas y guadañas, con el burgomaestre y la condesa al frente, sacaron arrastras al joven de su casa. No hubo piedad; en la plaza de la villa la turba desmembró al chico albino.
Excitada por lo que había visto, aquella misma tarde, en su castillo, la condesa Elisabet Bathory comenzó a torturar a las dos aldeanas que sus lacayos habían raptado. Fueron las primeras víctimas.
Seudónimo: Sísifo

64. MIRÉ Y VI UN CABALLO BAYO. De Hápax Legómenon



Desde los más lejanos confines los emisarios volvían con noticias alarmantes. El Gran Chambelán las desgranaba como cuentas de un rosario doloroso, inclinado ante los oídos indiferentes de Su Serenísima Majestad. El infortunio y la desolación se enseñoreaban de los continentes. Tribus, naciones enteras, huían de la mortandad. Pronto el Mal alcanzaría las fronteras del imperio, oh Ser Supremo, y entonces…
–Y entonces qué –cortó el Magnífico, desabrido–. Nuestras formidables murallas han resistido durante siglos toda agresión. Me aburren tus temores, viejo imbécil.
Un viento repentino, helado y pestilente, recorrió el gran salón e hizo que el Todopoderoso dirigiese la vista más allá de las arcadas de mármol de la Mansión de las Mil Moradas. El cielo se oscurecía por oriente. Millones de élitros de insectos monstruosos levantaban remolinos de polvo que azotaban impíos la Ciudad de Oro, mientras la Muerte entraba en palacio sin anunciarse.
Seudónimo: Hápax Legómenon

63. LOS OLVIDADOS. De Rose Tree



En la gris penumbra se dibujan unas siluetas: fantasmas marchitos olvidados del mundo. La risa, el cariño y la compasión no les tocan; les olvidan. Ellos solo miran hacia el horizonte, esperando ver más allá de toda esperanza una meta, el fin del viaje, el descanso. Un lugar lleno de luz donde cerrar los ojos y decir: he llegado a casa. Sus pies han recorrido kilómetros sin fin, paso tras paso tras paso. Levantando polvo, que se pega a la piel de sus pies y sus piernas, haciendo más espesa la niebla. Los ojos se oscurecen y se empañan, y ya no pueden ver más allá de unos cuantos metros. Son los olvidados, el último vestigio de los habitantes de esta tierra. Un día les perteneció, pero ahora se la hemos arrebatado y ya no pueden volver a encontrar un hogar. Su destino es vagar sin memoria. Ya no recuerdan de donde vienen. Solo les sostiene ese último reducto de esperanza, que pocas fuerzas en el mundo pueden apagar.
Seudónimo: Rose Tree

62. INOCENTE. De Ortiga



Estalló en una crisis nerviosa al recordar lo que le hizo a esa pequeña niña.
En aquel estado, el monstruo resolvió expiar su inconfesable crimen agrediéndose. Después de todo, su cuerpo había sido la herramienta de aquella atrocidad.
Recordó las mentiras que le dijo para engañarla y con una navaja se cortó la lengua de un tajo. Recordó con todo detalle la violación y con lágrimas de culpa se castró a sí mismo, dejando un charco de sangre entre sus pies.
Antes de desmayarse, recordó sus manos presionando el frágil cuello hasta ahogarla. Por eso se abrió las venas de ambas muñecas con un último alarido.
Solo entonces, el brujo dejó el muñeco vudú y encaró a su circunstancial patrona.
—El trabajo está hecho señora. Un suicido por acceso de locura, sin motivo ni explicación. Ahora es una mujer libre, rica y poderosa. Y pagará este favor, ya lo creo...
Seudónimo: Ortiga

lunes, 9 de julio de 2018

61. EXTRAÑO. De Perkins



Sobre mi mesa de trabajo están dispersos, como siempre que me siento a ver que sale, una pila de páginas en blanco, un buen bolígrafo y la laptop por si necesito buscar algún sinónimo o hacer alguna consulta al diccionario de la Academia. Como sólo escribo de noche, también uso una lámpara con luz focalizada y cuello flexible. Por el ventanal que tengo frente a mí, veo la plaza desierta que abunda en sombras, apenas interrumpidas por los pocos faroles que arrojan una luz amarillenta.
Me pongo a escribir sobre un hombre que lleva una vida aburguesada. Él está solo en el living de su casa. Sentado en un sillón, fuma un cigarro. Se incorpora para servirse un vaso de whisky, y vuelve a sentarse en el sillón. Alterna las bocanadas de humo con la degustación de alcohol. Quizás por el ensueño en que se halla sumido, no advierte que alguien acaba de abrir la puerta de entrada con una ganzúa y ya se mete en la casa, pistola en mano.
Detengo mi escritura al escuchar un ruido que viene del corredor. No le doy mayor importancia.
–Ha de ser el viento que sacudió la ventana –me digo, y sigo escribiendo.
Al poco tiempo interrumpo otra vez el relato, y al levantar la vista descubro a un extraño que está a mi izquierda, apuntándome con su pistola. En una fracción de segundo hago la conexión entre el extraño sobre el que escribía y el que está parado frente a mí.
–Si busca dinero, está ahí adentro –atino a decir, señalando una caja de madera encima del armario.
El maleante sonríe, negando con la cabeza. No es dinero lo que busca, alcanzo a deducir, en el preciso instante en que oigo el disparo.
Seudónimo: Perkins

60. MUERTE SÚBITA. De Tweety



Una novia celosa, una ex preciosa y un triángulo amoroso complicado. Sara y Tony aunque habían salido hace mucho, Liz, la nueva novia estaba segura de que interés había todavía y comenzó a perseguir a Sara. La siguió hasta su casa, escondida vio que ésta dejó su puerta abierta y salió corriendo. Ella entró a la casa. Al entrar, vio muchas fotos: eran de personas que habían muerto en accidentes junto con sus fechas de nacimiento y muerte; luego de reflexionar se dio cuenta de que Sara era la parca. Allí, apareció ella por detrás diciéndole que la única razón por la que no mató a Tony fue por amor y le mostró una fotografía: era Liz atropellada junto con la fecha del día: había llegado su hora. Del susto Liz empezó a retroceder a la medida de que Sara había empezado a avanzar, así cayó del 5º piso del departamento y fue tropellada al llegar al suelo.
Una vez que descubres que ella es la muerte, no hay vuelta atrás.
Seudónimo: Tweety