martes, 27 de junio de 2017

48. EL DIABLO, EL MUERTO Y EL BORRACHO. De Waque


Estaba malparado en una esquina el diablo, a su lado un borracho y en el piso un muerto.
El borracho decide dejar de tomar por que teme terminar como el muerto tirado en el piso.
—Voy a dejar de tomar – Dice el borracho, empujando la cabeza del muerto que yacía en el piso sin decir nada.
—Me parece bien – Contestó el diablo chasqueando los dedos y creando una llamita sulfurosa para encender un cigarro, dejando caer una pequeña braza sobre la mano abierta del muerto que no dijo nada.
—¡Y vos no vas a hacer nada para impedirlo! – Se exaltó el borracho pisando sin querer los dedos del pie descalzo del muerto, que no dijo nada.
—Me parece bien – Contestó nuevamente el diablo haciendo volutas de humo que rodearon la cabeza del muerto que seguía sin decir nada.
—¿Esto te quedó claro? – Gritó el borracho.
—Claro... como el vodka – Replicó el diablo con una sonrisita enigmática.
Y ambos se adentraron en lo oscuro de la noche dejando en el piso al muerto que no le quedaba nada por decir.
Seudónimo: Waque

47. LA CIFRA. De La Strega


El matemático había convertido su trabajo en obsesión.
De distintos institutos lo llamaban para solucionar  los problemas numéricos más difíciles y fue así como se encontró con ésta ecuación imposible de resolver, hallada en un arcaico manuscrito.
Ni siquiera las máquinas más modernas arrojaron una luz sobre este enigma, entonces usó la computadora más avanzada conocida por el hombre: su cerebro.
Finalmente, luego de semanas, que se convirtieron en meses, lo resolvió.
 A partir de entonces el hombre no pudo conciliar el sueño nunca más.
El resultado de la ecuación era un solo número…
Y latía...

Seudónimo: La Strega

lunes, 26 de junio de 2017

46. CÁNTICOS. De Talipot


Su carne era verde, verde como la oliva. Llevaba años encerrado en ese tenebroso establo. Debía salir, tenía que liberarse de las cadenas que le oprimían el cuello.
Los días pasaban y pasaban mientras escuchaba el ruido confuso del exterior. ¿Eran seres vivos los que entonaban esos cantos satánicos? ¿Eran espectros enviados desde el más allá? Qué más daba. Día y noche, noche y día, se oían voces tenues que susurraban horribles cánticos. No comprendía lo que decían, parecía que invocaban al mismo Belcebú.
—¡Aarg! —gritaba para que se callasen.
Nadie lo escuchaba, nadie sabía de su existencia. Nadie le prestaba la más mínima atención, nadie se preocupaba por él. ¿Qué es lo que planeaban? ¿Por qué cada día y noche se escuchaban esos cánticos horribles? ¿Querían decirle algo? 
El sonido empezó de nuevo. Esta vez era más fuerte, más potente. Un olor a benjuí inundó el establo. El portón se abrió y una luz fulminante le cegó. Enseguida, comprendió qué sucedía. Las ánimas en pena que flotaban por el camposanto, venían a guiarle a su nuevo hogar. Las mismas que habían estado avisándole durante día y noche, noche y día.
—¡Aarg! —gritó lleno de cólera.
—¡Pagarás por tus pecados, bestia inmunda! —escuchó desde la claraboya.
En pocos minutos, el establo se quedó vacío. Las cadenas volvieron a su lugar original y el olor a benjuí se difuminó.
Bajo el manto de paja sobre el que había reposado el prisionero, aparecieron un hacha ensangrentada y dos pequeñas piezas de marfil, similares a incisivos humanos.

Seudónimo: Talipot

domingo, 25 de junio de 2017

45. PARAISO. De Dante Ferré


Sus oraciones matutinas lo esperaban. Se le hacía tarde. Debía llegar. Atrás ya había quedado la Gran Vía de Barcelona y el incidente con el tranvía. Su moderna y novedosa marcha eléctrica los hacía ahora ciertamente silenciosos, y, sin llegar a alcanzar aún lugar seguro en el otro lado de la calle, en breve descuido, la desmesurada caja rodante lo golpea a la altura de los hombros derribándolo. Le parece percibir el peso de unas ruedas transitándolo rápidamente, pero no era posible: ningún tipo de dolor vino a anticiparle tamaña fatalidad. Se levanta de un salto, golpea con la gorra sus ropas para quitarles el polvo del camino y continúa su marcha. La gente lo observa extrañada, o quizá, con exagerado respeto, al tiempo que murmura cosas ininteligibles. Solo unas pocas palabras le llegan al oído con claridad de frase: "El arquitecto de Dios". Una rígida mueca, emulación de una incompleta sonrisa, acentúa la certeza de que la gente repite todo clase de tonterías. Por suerte, ya la alta y oscura puerta de madera de Felipe Neri se encontraba allí, con su doble hoja y la figura en piedra del Santo sostenido sobre adornado dintel. Se quitó la gorra, y al empujar la hoja móvil de la puerta le pareció oír la voz de una trompeta, o tal vez, la bocina de un auto abandonando la cercana esquina. En otras circunstancias no hubiera dudado en tal disquisición, pero la luz que lo envolvió del otro lado, la misma que le apretara los parpados y a modo de visera le elevara su mano derecha para protegerle los ojos, oscureció por un momento su capacidad de juicio. Al instante, con voz de Arcángel y con voz de mando, la apacible calidez de la inundante Luz se dirige a él: pase Gaudí, pase, no se quede ahí, lo estaba esperando. Hace rato discutía un proyecto con los señores –quienes de espaldas estaban, con ojos enrojecidos de claridades, Bounarroti, Suger y Brunelleschi, sin pronunciar palabra alguna, convergen en él lentamente la mirada- y con urgencia, necesitaba su opinión.

Seudónimo: Dante Ferré

44. EN ESTADO PURO. De Meduseld Valle


Heltam Tobe sufre nuevamente un dolor de cabeza del demonio. Cuando ésta comienza a galopar, todo se vuelve gris, pesado y multiforme, como un cuadro de Hidra con pinceladas de suspiros de ballenas y analgésicos en acuarela. Ve danzar puntitos luminosos sobre un enmarcado diploma de amnésico escrito en criptografía.
Se escucha un ruido seco en el rellano. La campanilla no llega a emitir sonido, está muda como en lóbrega mañana de difuntos; los perfumes del cerrojo inician una carrera desde la escalera; el tacto es sulfuro de amarillo doliente; la consciencia duerme un mundo desgranado en cuentas de un collar que ascienden hasta la mirilla. Sombras, vapor y silencio. Su oreja se pega a la puerta hasta conseguir un entrelazamiento cuántico. Ya es madera, ya es metal, ya es la nada en el miedo y el acre baile del eco. Algo falla en su entendimiento. No coordina, y cuanto más piensa, más patina. La llamada, sin respuesta ni siquiera de contestador, deja una rendija abierta por la que el frío aprovecha para entrar, ausente de caricias de viento, solo un abatimiento espectacular de frigorías que le sigue por el pasillo hasta el dormitorio.
Su cuerpo ya no está expuesto y comienza a entrar en calor. ¡Qué poderes de traje de superhéroe tienen las ropas de la cama! Aun así, el sueño no viene. Sus ojos se acostumbran a la oscuridad. El galán es un mueble, el ropero no cruje, los cristales de la ventana, tampoco. Ningún faro en la noche proyecta sombras fantasmagóricas. Llega el sosiego y piensa que es un estúpido.
Estira los brazos y se gira para buscar el cojín que abraza contra su pecho cada noche. Cuando da con él, sus pies se topan con unas piernas peludas, brotadas no sabe hace cuánto tiempo, pero intuye que llevan un buen rato a su lado. Mientras un aliento fétido le azota la cara, las garras de un Ser monstruoso separan del cuerpo del señor Tobe el dolor de cabeza, tal vez para poder monologar con su cráneo por los siglos de los siglos. Eso pasó, o no; ¡quién sabe, el miedo busca trofeos tan raros, aunque estén defectuosos!

Seudónimo: Meduseld Valle  

jueves, 22 de junio de 2017

43. NALÚ. De Walmares


Yo era un párvulo morocho, miope de pies planos, peinado con raya en medio y el mechón rebelde de la frente sujeto con maternal saliva y pulso diestro. Ana Luisa, Nalú, era desde la cuna un agravio a la belleza, física y espiritual, de todo cuanto recababa a su lado, por inconsciencia o accidente, enfrentado a la comparativa que era una batalla perdida de antemano; de bebé repollo enrabietó a las otras madres, de niñita con pollera y trenzas soliviantó a sus compañeras y amargó el esperanzador divorcio a una maestra cuarentona;de universitaria con chaqueta de lana y puño en alto repercutió con mayor firmeza en las atolondradas mentes de los muchachos revolucionarios que las consignas que les marcaban sus líderes desde los libros rojos o las verdes selvas.
Para mí, era como la luna. Dicen que se formó de nuestro mismo planeta, que no es ajena. Que no hay misterio en su cara oculta. ¡Qué sé yo! Pero desde que el hombre es hombre, y la mujer es mujer, nos han fascinado, la mujer y la luna, digo, con igual entusiasmo.
En fin, algo deberían de tener, Nalú y la luna, que me tuvieron arrebatado una vida entera, y todavía me estremezco con el recuerdo de verlas surgir, a ambas, por el extremo del malecón al caer la tarde; conservo nítido el recuerdo de sus colmillos sedosos desgarrándome la yugular aún palpitante. Nalú libando de mi sangre como de una amapola, y yo observando la luna enquistada en el tul del cielo.

Seudónimo: Walmares

miércoles, 21 de junio de 2017

42. EL COLECCIONISTA. De Izel Hanifah


Esa tarde, bajo el camuflaje que le ofrecía la lluvia, se robó de un mercado la novena muñeca. Llegó a su casa y organizó rápidamente su pequeño quirófano. Había tijeras que harían de bisturí, silicón en pistola que supliría las suturas, y semillas de alpiste, que rellenarían cual vísceras y sangre. Primero, las acomodó a todas por sus nombres en orden alfabético. De Ana, cortó el cabello, largo y rizado, aunque éste no olía a lavanda. De las siguientes tres, Daniela, Elena y Gaby, cortó respectivamente brazo derecho, brazo izquierdo y ambas piernas. A Karla le sacó los ojos, unas hermosas canicas color esmeralda. La ropa sin dudarlo se la quitó a Mariana, le encantaba ese vestido morado. El tórax y el abdomen serían de Olivia, ya se las arreglaría para hacerle el ombligo saltón. Luego, a Pilar le recortó labios y orejas, para nunca olvidar aquella noche en que no podía callarse y él no podía dejar de escucharla. Finalmente Silvia, ella daría la cabeza, como lo hizo en la vida real. El hombre duró toda la noche cosiendo, pegando y rellenando, quería que fuera perfecta, una muñeca que simbolizara en forma fidedigna los últimos ocho meses de su vida. A las seis de la mañana, la muñeca sólo tenía en el pecho un área de cinco centímetros sin coser, le faltaba lo más importante. Ese toque final lo daría Zoe, cuyo corazón tenía veinticuatro horas inmóvil, esperando en el refrigerador. Ahí en la cocina terminó su obra maestra, la abrazó, la besó, y luego la dejó en una silla pues aún quedaba un pequeño cadáver por enterrar. Bajó al sótano y descubrió aterrado que las cadenas estaban sueltas, el cuerpo de Zoe había desaparecido. Sintió náusea cuando se apagó la luz del sótano. Estaba inmóvil, sólo las palpitaciones corrían veloces. Escuchó pasos descendiendo la escalera, y entonces las vio. Diez pares de ojos brillantes lo acechaban, todas estaban ahí, pálidas y nauseabundas. El hombre ahogó un grito cuando escuchó hablar a la muñeca recién terminada, en brazos de Zoe.
—Buenos días Don José, venimos a que nos enseñe su colección…

  Seudónimo : Izel Hanifah

41. REVELACIÓN. De Calixto


Saqué el viejo pesebre de yeso de la caja y lo puse en la mesa junto al arbolito. Era de mi abuela.
El pastor se cayó. Se le rompió la cabeza contra el piso.
Las ovejas se hicieron las dormidas.

Seudónimo: Calixto

40. VENGANZA ESLAVA. De Nahuel


Llevaba tres días, y sus tres noches, con el mismo sueño. Desde que me dejó Arcadia y su felicidad. Me iba a la cama, triste y abatido, y entonces, en sueños, mi almohada cobraba vida. Y me intentaba asesinar, ahogándome. Yo notaba esa presión y me deshacía de ella. Luchaba contra ella y al final conseguía vencer, pero notaba que esa presión era cada vez mayor. Llegaría el día en que ella podría conmigo. Me despertaba entre sudores y escalofríos. Y mi almohada estaba ahí. Inocentemente colocada dónde la dejé. Cambié de almohada, mi nueva almohada aparcó a la antigua entre la indiferencia y el olvido. Enterrada entre horas de sueños y de descanso mis pesadillas cesaron.
Pasaron los años. Me casé de nuevo. Tuve un niño. Un bebé hermosísimo de rasgos eslavos. De piel clara y ojos azules, la faz marcada con pequeña pecas y un color pajizo en el cabello. La alegría de mi vida, la esperanza de mi hogar. Un caso atípico en mi familia, desde hacía siglos no había habido descendientes eslavos.
Repentinamente, y sin previo aviso, volvió mi antigua almohada a recobrar vida, pero ya no me intentaba asesinar. La almohada salía de su funda. Reptaba por el pasillo y ahí perdía su pista.
Pasaron los días. La imagen se repetía una y otra vez, hasta que llegó la noche que marcó la venganza. Estaba soñando. La almohada se desplazaba por el pasillo y entraba en la habitación del niño, que dormía plácidamente, testigo mudo y anacrónico de la venganza. Cuando llegué sólo pude certificar su muerte por asfixia. Tenía marcas en el rostro y en el cuello.
Me atrapó la ira. Fui al cajón de mi cómoda y agarré la glock. Bajé al desván. Y vacié el cargador sobre ella. Hilillos de sangre brotaban de las plumas y un rostro barbado y rubio, de piel clara, marcado por la viruela y la vejez apareció entre ellas para deshacerse en humo blanco. El inconsolable y horrorizado rostro de mi mujer detrás de mí era un drama de proporciones épicas.

Seudónimo: Nahuel  

39. INGENUOS CRIMINALES. De León M. Duncan


— Siempre llegamos tarde señor, ya no podremos auxiliarle.
— Es inevitable ¿Cómo saber cuándo sucederá? Míralo, yace moribundo.
— ¡Ya no contaremos con tiempo para castigarle! ¡Por Dios! Que crimen
tan reiterado.
— ¡Estoy harto de pertenecer a tan inefectivo escuadrón!
— Mientras agoniza, dejémosle que corra…tal vez lo atrapemos para la próxima.
— Si hubiese tenido una justa razón.
— No es este el caso señor, y lo sabe.
—Alguna que otra vez nosotros estuvimos en su lugar.
— Lleva razón. El tedio o la inacción nos llevaban a asesinar el tiempo.
— Pero usted lector. No se preocupe. No hay mejor manera de matarlo
que con una buena lectura.

Seudónimo: León M. Duncan