martes, 25 de julio de 2017

128. LA MUERTE DE NOCHE. De Simon Gump


Bajo la lluvia de una noche implacable cruzaron sus miradas y se reconocieron enseguida. El calvo observaba con odio, pero también con suficiencia. El más alto parecía confuso, perdido. Ambos sabían que no era la primera vez que se veían.
El calvo no quitaba la vista del alto, que ocultaba su rostro dentro de la oscuridad brindada por una capucha oscura. Había necesitado de coraje para enfrentarlo. Lo había estado buscando durante demasiado tiempo. Allí, parados en medio de la calle, rodeados de ambulancias, patrullas y médicos, pasaban desapercibidos. Nadie les prestaba atención. El calvo, que antes miraba las noticias policiales sentado en su sillón ajado y sucio, había sabido que lo encontraría allí, en medio de hierros retorcidos y cadáveres seccionados, haciendo su trabajo. Por eso, ni bien vio la nota en la tv, corrió a su encuentro. El de capucha lo miró a los ojos y vio fuego, vio odio, pero también vio eternidad, inmortalidad. Entonces al fin lo recordó, de otro accidente, diez años atrás. Lo recordó agonizante. Nunca supo que, al momento de exhalar sus últimos suspiros, el calvo lo había engañado, obstinado, reacio a entregar el alma así porque sí. De alguna manera lo había burlado, como nadie. Ahora estaba allí parado, en un limbo entre el deceso y la resurrección, eterno, mirándolo con asco y desprecio.     
—Vos sos el único asesino ¡hijo de puta! —dijo el calvo, enardecido —¿Usted acá? ¿Pero cómo? ¿Cómo es posible que nos volvamos a ver?—No daba crédito a sus ojos. —Sí, claro que sos vos, no hay manera de confundirte—contestó el calvo, como si no hubiera escuchado las preguntas —Déjeme que le explique…—intentó decir el encapuchado, con voz vacilante. —No, no me expliques. ¡Ya es tarde! —
Lo último que vio La Muerte fue al calvo sacar un arma, apuntarle y los fogonazos de dos disparos. A nadie le llamó la atención la disputa, ni las detonaciones, aunque sí, hay que decirlo, muchos se escandalizaron cuando los cadáveres del accidente comenzaron a levantarse y caminar desconcertados. 

Seudónimo: Simon Gump

127. PETER PAN. De Bellatrix


Los sueños comenzaron de repente. En la noche le instruían.
Al principio no entendía. Después se acostumbró a su presencia, tanto, que de día echaba de menos sus voces en la noche. Aquellos maestros y amigos invisibles eran mejores que los de la guardería. No le regañaban, no le dejaban de lado...
Les preguntó por qué no se presentaban.
Le susurraron que mamá y papá eran un obstáculo. Debía ahuyentarlos. Le felicitaron por su audacia cuando les mostró el mechero que había hurtado.
El incendio empezó en la noche.

Seudónimo: Bellatrix

126. S/T. De El Ráptor


Las piernas le temblaban mientras se ahogaba por la interminable carrera. Detrás, entre gritos y algunas risas, le perseguía casi la mitad del pueblo, y todo por su curiosidad.
A Tom siempre le dio curiosidad y algo de envidia aquellos a los que preparaban para el viaje. Al cumplir los 18 años algunos miembros de la comunidad eran vestidos con las prendas mas resistentes y les empaquetaban las mas finas. Les daban dinero, herramientas, una cantimplora con un caldo especiado,  de excelentes propiedades del farmacéutico del pueblo y un mapa de aquellos terrenos al oeste que habían mas allá del bosque. Harían historia. Era la manera de ir mas allá del horizonte, un deseo que todos los jóvenes tenían, ir mas allá.
James, el chico que le levaba dos años, aquel al que siempre acompañaba a cualquier sitio, al que admiraba y envidiaba en secreto, y contra el que competía sin poder ganar nunca, le toco ser el único viajero de su quinta.
Tom miró a escondidas entre arbustos como se iba camino arriba seguido de otros tres hombres. Mientras todo el pueblo los despedía. Los siguió hasta que llegaron a un claro en el bosque donde por sorpresa golpearon al chico y lo llevaron a rastras hasta echarlo en un charco negruzco. En farmacéutico salio portando un largo bastón con un cuenco en el extremo. Tom se incorporó un poco y vio que del charco sobresalían brazo y piernas, oscuros y deformes que intentaban agarrar el bastón que usaba para sacar parte del líquido con el que llenaba las botellas del caldo especiado, aquel que repartía en común con todo aquel pueblo donde nunca hubieron ancianos.
Una rama rota fue suficiente para delatarlo y hacerle correr bosque adentro, por su vida. Ahora todos le perseguirían para convertirlo en un viajero más, otro que desaparecería y al que los niños admirarían.

Seudónimo: El Ráptor

125. S/T. De Rata de biblioteca


Los Servicios Sociales ya habían comenzado a moverse al fin. Con un poco de suerte, se reconocería pronto que doña Juliana no estaba bien de la cabeza y necesitaba urgentemente plaza en una residencia. La pobre mujer había vivido siempre sola y ya lo habían dicho los vecinos, que la soledad no le había podido hacer bien. Al principio había sido una mujer llena de vida y muy simpática; ahora no saludaba a nadie y no agradecía a las vecinas que subían a cuidar de la casa por ella, sino que las miraba como ausente y cuando llegaba la hora de marcharse las agarraba de la ropa y las suplicaba que no la dejaran sola con "eso". Fuera lo que fuera. Desde luego, tenía que tener algún trastorno, porque ella juraba sobre sus muertos que era incapaz de moverse de la cama la mayor parte de los días y sin embargo los vecinos oían todas las noches los chirridos y portazos de las puertas y el arrastrar de los muebles. Eso si no se caía alguno, lo cual despertaba a todo el bloque y provocaba que tuvieran que juntarse los hombres para abrir la puerta a la fuerza, porque el panorama siempre era el mismo: ella estaba tumbada en la cama y gimoteando porque "eso" no la dejaba en paz.
Doña Juliana habría dado lo que fuera por haber podido moverse de la cama la noche en que su solicitud llegó al Centro Base. Oyó abrirse primero la puerta que comunicaba el salón de estar con el pasillo, dando un golpe que hizo vibrar su cristal. Luego, el silencio. Un silencio insufriblemente largo. Su cuerpo raquítico comenzó a temblar y un sudor frío cubrió su piel flácida. "Eso" siempre lo hacía como para anunciar su presencia. Una sombra se apostó en el umbral de la puerta del dormitorio. Alta, delgada, sus manos eran alargadas y puntiagudas como tijeras. Ahí estaba, como cada noche. Y como cada noche, doña Juliana no pudo moverse ni gritar. Así que, como siempre, lloró de puro terror.  Era así desde hacía cinco años. Seguiría siéndolo adonde ella fuera. Quizás incluso después de muerta estaría condenada a ver aquella horrible sombra todas las noches. La sombra, como si adivinara sus temores, esbozó una sonrisa.

Seudónimo: Rata de biblioteca

124. EL PEQUEÑO GENIO. DE Vian


A los tres meses de nacido ya le brillaba un diente en la sonrosada encía. Habló cuando cumplió seis meses de edad, y aprendió a leer al año de vida. El mote de "El pequeño genio", se lo ganó por haber devorado varios libros de Instrucción General, y entre ellos, hasta el Psicoanálisis de Anna Freud. Era preciso en sus respuestas, sabía el nombre del inventor de la imprenta, y se daba el lujo de conocer de memoria el nombre más largo del mundo. En tres años seguidos se dedicó a devorar Revistas de Moda y libros condensados del Reader's Digest. La familia inició el animoso proyecto de incluirlo en el libro Ginness. El niño, entonces de cuatro años, se opuso a decisión tan repentina, aún deseaba devorar más libros, nada más fácil para él. Así pues, inició su apetito insaciable con La Teoría de la Relatividad, de Einstein, siguió con El Origen de las Especies, de Darwin, El Capital, de Marx, La Psicología Genética, de Jean Piaget y La Estética, de Georg Lukács. Fue curioso con La Fenomenología del Espíritu, de Hegel, y masticó con furia y desencanto La Crítica de la Razón Pura, de Emmanuel Kant. Quiso llorar, mas su impotencia por no poder digerir aquel cúmulo de papel quemante, le obligó a tragar más de prisa. Al final, cuando quiso venir la asfixia, su padre hubo de darle golpes en pecho y espalda para salvarle la vida.

Seudónimo: Vian

lunes, 24 de julio de 2017

123. APOCALIPSIS SEGÚN DIOS. De Macrobio


Los jinetes llegaron montados en sus Harley Davidson, con la cara demacrada, vestidos de cuero negro; había llegado el fin de una era.
El primero atravesó la carne hasta llegar al nervio, notó que el cadáver estaba vivo. De nuevo no se detuvo, el hambre era mayor.
El segundo con su fétido paso la peste demostró su inocencia, la humanidad lloró.
El tercero destruyó el mundo para construir un mejor lugar para morir.
El cuarto con bardas ganó seguridad, la cambió por libertad y así murió felicidad.
El quinto masticaba la última moneda que le quedaba. Luego de tragarla se dispuso a dormir; murió feliz para siempre.
El sexto lanzó bendiciones a sus hermanos, luego los condenó, y los purificó.
El séptimo,el último hombre sobre la tierra, tomó su arma y lanzó un grito de victoria; la guerra había terminado.
El suicida se dio un tiro en la cabeza. Al día siguiente abrió los ojos. Sorprendido encontró al mundo.

Seudónimo: Macrobio

122. A LA DERIVA. De Xaviera Edwards


Ando sintiendo fantasmas. El médico que me ve dice que son puras figuraciones mías, ganas de llamar la atención; que mejor desaparezca y ya no le quite el tiempo ni los asientos a los enfermos de veras. Pero si usté pudiera ver las sombras que me andan rondando, si oyera las voces y risitas que me joden día y noche… si oliera lo que huelo...  Desde que se entra por esas puertas le recibe a uno el agravioso olor a lejía y luego, poquito a poco se van encimando los hedores de medecinas y otras mierdas. Yo pienso que éso es lo que dirían los ocasionales que por aquí cruzan, los que consiguen largarse pa' continuar con sus vidas, aunque no vayan ni enteros ni sanos. En cambio, a los doitores y enfermeras ya ni les ha de inquietar. Así, con las narices impregnadas, el tiempo les ha de oler a costumbre.Yo le cuento que a poco de haber llegado aquí, después de la explosión en la mina onde laboraba, empecé a notar un tufo entre catacumba y flores nuevas, diatiro muy enrevesado: en mi cuarto, la peste de carne pútrida y en el de al lado, un par de bultitos envueltos en nubes de inocencia y leche regurgitada; eso prodigioso que manan los angelitos y que me llevó a recordar el olor de la esperanza… tan olvidada…Penando por los pasillos del hospital, siempre tras la luz esquiva y pasando lista de ausencia, distingo ontoy por el olfato. Sé que estoy llegando a Servicio Social porque hiede a súplicas y a injusticia. Dirección General apesta a ínfulas, y al ir llegando a la capilla se sienten alientos como de piedra cansada… además del miedo. En medio de mis cavilaciones siento los ojos de una criatura que mira con interés mi facha desde su cama. A mí me puede harto su soledad y ando a acompañarla. A unos metros 'tá su familia rota, desgarrada el alma por un médico marchito; fúnebre emisario de noticias que ya dendenantes presentían.
–Aquí me quedo contigo, chiquita, no te priocupes; ya te quito esta méndiga sábana con que te cubrieron desde los pieses hasta la pelona.  ¡Anda, dame la mano! A ver si con tu favor consigo largarme de aquí… Tú si puedes ver la luz, ¿verdá?

Seudónimo: Xaviera Edwards

121. FIN. De Cayo Baltasar


Se asomó por la ventana para disfrutar de aquel amanecer. Tardó más de la cuenta en comprender que aquello que estaba observando en verdad estaba ocurriendo. Volvió rápidamente junto a la cama.
 – Despierta, despierta.
– ¿Ah?...
– ¡Despierta! Tenemos que irnos. El mundo se va a acabar.
– ¿Qué?... Ah, sí, el mundo... por favor déjame dormir cinco minutos más.

Seudónimo: Cayo Baltasar

120. SILENCIO EN SEPIA. De Belsah Roig


Se miraron, y con un movimiento de cabeza acordaron seguir calle abajo, sin mediar palabra alguna. La luz de las farolas iluminaba a duras penas la acera, a intervalos irregulares, tiñéndolo todo de un color sepia que acentuaba la inverosimilitud de la situación: trece mil almas censadas, y todas ellas en paradero desconocido.
Los coches, que atestaban ambos lados de la calle, eran la única prueba de vida en aquel pueblo que parecía fantasma. Siguieron avanzando a toda prisa hasta el siguiente cruce, con todo el sigilo que las suelas de caucho de sus botas les permitían. No podían hacer menos ruido ni perder más tiempo. Un portazo les hizo desandar el camino, estallando en aquel silencio sepulcral como un cañonazo, y una carrera reverberó a su diestra, indicándoles dirección y momento correctos.
Desembocaron en una plaza pétrea y desierta, donde cuatro focos de aspecto industrial vomitaban la misma luz mortecina y rojiza que parecía envolver todas las calles. Tres escalones después se hallaban en medio de aquel espacio que se antojaba surrealista, recorriendo el perímetro con la mirada y a punta de pistola, mientras recuperaban el aliento. El portón de la iglesia les esperaba de frente y con una de sus cobrizas hojas entreabierta. Voló un disparo, y un nuevo acuerdo tácito les hizo salvar las distancias.
En cuanto franquearon las puertas dieron su misión por cumplida. Habían encontrado a todos los vecinos. Trece mil pares de ojos les recibieron apelotonados en los bancos, mirando al vacío desde sus cuerpos, repartidos por los bancos de cualquier manera.
Todos estaban muertos.

Seudónimo: Belsah Roig

119. GENOCIDIO EN UNA PREGUNTA Y EN UNA RESPUESTA. De Andrews


Servida la cena, hambriento el niño la desapareció en instantes, se levantó luego para irse a su cuarto y estando allí, recordó no haberles dado el beso de buenas noches a sus padres, regresó minutos después entonces para despedirse y tartamudeando preguntó a su progenitora.- mam ....   ¿ Y,... paa a a  a    a       a      a....?
- Hij...o, ...... Muriii  i i   i     i     i...... 

Seudónimo: Andrews

domingo, 23 de julio de 2017

118. BANDERÍN. De Lemon


Vivo en un mundo fácil manejado por banderines de colores que se yerguen sobre nuestras cabezas expresando nuestros sentimientos: rojo si gusta, marrón si no, celeste si extrañamos, negra de mal humor, violeta para la confusión, cuadrillé para los enrededados…
Yo era un inadaptado social que no entendía de banderitas hasta que me decretaron daltonismo.
Pero habían tardado demasiado.
Ya me había enamorado de un banderín marrón.
Seudónimo: Lemon


117. EL ESPEJO DE MANO. De Raimundo Ventura


Aquella  noche,  Lola  contempló  por  última  vez,  antes  de  acostarse,  aquel  espejo  de  mano  que  descansaba  plácidamente  sobre  el  tocador.  Lo  había  comprado  aquella  mañana  en  un  mercadillo  callejero  de  antigüedades  y  todavía  no  sabía  por qué.  "No  me  gusta.  Es  viejo  y  feo.  –Pensó-   Mañana  lo  tiraré  a  la  basura".  Con  este  pensamiento  apagó  la  luz  de  la  mesita  de  noche  y  se  dispuso  a  dormir.  Durmió  mal.    Soñó  con  aquel  espejo  y  tuvo  muchas  y  extrañas  pesadillas  con  él.  A  la  mañana  siguiente  al  despertar,  cogió  el  espejo  entre  sus  manos  y  mirándose    en  el  desgastado  azogue,  que  le  devolvía  borrosa  su  propia  imagen,  murmuró  "¿porqué  tengo  la  sensación  de  que  eres  tú  quien  me  miras  a  mí?"  Después  de  ducharse,  vestirse  y  desayunar,  cogió  el  espejo,  lo  metió  en  el  bolso  y  salió  a  la  calle.  En  el  primer  contenedor  que  vio,  sacó  el  espejo  del  bolso  y  lo  tiró.  Más  tranquila  ya,  se  fue  al  trabajo  y  en  todo  el  día  no  volvió  a  acordarse  del  maldito  espejo:  aquel  asunto  estaba ya  zanjado.  Por  la  noche,  en  su  casa  ya,      fue  al  baño,  se  quitó  la  ropa  de  calle,  se  puso  el  pijama,  se  quitó  el  maquillaje,    después  cenó  tranquilamente,  vio  un  rato  la  televisión  y  finalmente,  después  de  lavarse   los  dientes,    se  dirigió  al  dormitorio  dispuesta  a  leer  un  rato  antes  de  dormir.  Al  encender  la  luz,  Lo  primero  que  vieron  sus  ojos  fue…  ¡Aquel  espejo  de  mano  descansando  plácidamente  sobre  el  tocador!

Seudónimo Raimundo Ventura

116. EL REY DE LOS ARÁCNIDOS. De Marcia


Una vez se conoció a Petra, una madre bendecida por la Diosa Candelífera porque tuvo diez hijos, nueve hembras y un varón. Pero le faltaron las bendiciones de Pluto, por eso coqueteando con la miseria sacó fuerzas para dar tamaño e instrucción a su prole.  A veces sentía el aleteo de su corazón tan fuerte que rápido buscaba la forma de parar el ritmo. De pie en la puerta miraba el paisaje y decía:
_¡Mi corazón vuela con alas de espumas,  va rompiendo los árboles y todo a su paso!
A su regreso entrará en mi pecho como una roca, el material suficiente para levantar esta casa y ya no habrá más música en mi pecho.
Era curioso ver a las niñas tejiendo esparto, bambú, cáñamo, yute…para fabricar cualquier objeto que pudiera ser vendido y así vivir.
Y fue cierto que tanto material no se perdió en la atmósfera de la imaginación y del empeño; sino que se vendía todo el tejido en la orilla del camino. El caminante detenía su marcha y luego de celebrar aquel trabajo hecho con raíces del corazón, sacaba de su bolsillo la moneda para comprar un bolso, una manta o un peluche. Y muy campante se retiraba llevando sobre sus hombros la manta de fibras de yute, no sin antes levantar el brazo para despedirse de forma simpática:
_¡Hasta la vista amigos!...¡Dios permita más obreros en este taller para que abunde el dinero y crezca la fama!
Todas las noches después de la cena, Petra conversaba en voz baja con su hijo varón. Las tejedoras se enteraban del asunto cuando el muchacho respondía a su madre con voz de trueno:
_¡No voy a tejer esas fibras asquerosas!...¡Pronto voy a liberar de mis pulmones una química orgánica blanquecina…todos quedarán abismados cuando vean salir de mi boca la baba más compacta…para el hilo de seda más preciado…entonces seré el rey de los arácnidos!
Seudónimo: Marcia
Candelífera: En la mitología romana, Diosa del parto.

Pluto: mitología romana, Dios de la riqueza y agricultura abundante.

115. CONSUELO. De Lucerna


Andrómeda salió del cuarto de baño con los músculos distendidos y los nervios aletargados tras la larga y ardiente ducha. Cruzó el pasillo y se asomó a la estancia gravitacional: él aguardaba tumbado sobre la acolchada superficie que cubría todo el suelo –además de paredes y techo–, desnudo y con su imperturbable sonrisa en el rostro.
Se desprendió del albornoz y entró devolviéndole la sonrisa para tumbarse a su lado. Dejó que sus manos se posaran sobre su piel aún húmeda y la recorrieran suave y dulcemente. Le gustaba dejarse llevar, permitirle que tomara la iniciativa… como antes. Cuando la besó, ella activó el mando a distancia. Sintió como su cuerpo perdía masa y se volvía liviano, inmaterial. Ambos comenzaron a elevarse, flotando a la deriva junto a los escasos objetos presentes en la habitación: el pequeño reproductor de música, un tarro con crema para masajes, un par de vibradores de distinto tamaño, unas bolas chinas…
Andrómeda experimentó una vez más la contradictoria sensación de liberación mezclada con el vértigo de la caída en ausencia de gravedad, mientras sus cuerpos se contorsionaban y entrelazaban, ensayando posturas imposibles bajo el yugo de la fuerza de atracción terrestre. Se besaron, lamieron y mordieron, se acariciaron, abrazaron y arañaron… y el sudor de Andrómeda empapó la piel de ambos amantes. Por un instante volvió a sentirse plena cuando él la penetró.
Permaneció un largo rato acurrucada entre sus brazos, como si danzaran en el aire envueltos por la cadencia de la tenue música, casi un susurro. Esta vez tampoco pudo evitar llorar. Después, anuló la antigravedad y se dejó acariciar una vez más por su sonrisa antes de desactivarle: el brillo de sus ojos se atenuó cuando la consciencia pregrabada de Orión regresó a su archivo, en la CPU del androide. Abandonó el silencio de la estancia, evitando preguntarse por cuánto tiempo podría seguir viviendo con el fantasma de su marido.

Seudónimo: Lucerna

114. VIAJE INTRAOCULAR. De Vampi


Hace unos días  un amigo mío, un contemporáneo de almanaque, me decía de la belleza de una muchacha que había pasado a su lado el día anterior mientras hacía compras en el mercado.----¡Tremendo material compadre!!- me dijo.
-Oye…¿Tu no estas viejo ya para estar mirando muchachas jovenes?!--le repliqué; a lo que me contestó  que lo último que se ponía viejo eran los ojos.
Pensando en eso, me dí cuenta que hasta las primitivas funciones del sistema nervioso, como la vista, el sabor, los olores, el fino tacto, etc, solían en un momento dado caducar y tomar el mismo sendero del declive de la vida.
----Ahhhh!!! Pero parece que la caprichosa corteza occipital, donde se integra la visión, esa; esa al menos para mi amigo, se resiste a morir.
Entonces me imaginé sentado dentro de mis ojos, recostado y observando al exterior, recopilando información desde que tenía uso de razón y la corteza caprichosa comenzo a integrar. Recuerdo que pasamos por infinítas situaciones de pequeños, cosas que nunca olvidaremos en la infancia, la pubertad y por supuesto de adultos.
Por eso en mi comodo asiento intraocular, al borde mismo del iris y delante del cristalino, comencé a observar a gente de mi edad o más jóvenes que me asombraban con sus apariencias...Y la auto pregunta de: ...¡Coñó!!! Tan estropeado estoy yo? , ...No me dí respuesta. Eso debe pasar en tertulias que solemos hacer muchos ex miembros de mi escuela secundaria. Es igual a volver a un lugar en el que estuviste años atrás y mirar antaños videos y fotos.
Mi paseo concluyó al final de un día cuando se cerró la ventana, se apagaron las luces y me dormí. Soñé entonces, soñé muchísimo, creo que hasta en colores para entonces me di de cuenta que de cierto modo, esa caprichosa parte de nuestro cerebro, siempre te aportará un espacio del viaje personal por la vida que has llevado y que solo dejará de tocarte la puerta el día final de tu vida....o no?
Seudónimo: Vampi

sábado, 22 de julio de 2017

113. EL SALTO DE ÁNGEL. De Yanomami


Aparté los pocos muebles de mi salón y corrí la hoja de cristal que me separaba de una maravillosa vista, a ocho plantas sobre el duro suelo. Desplegué mis alas y al batirlas rozaron el techo. El viento que producía provocó un revuelo de papelinas y ceniza. Mis pies descalzos se despegaban del suelo, rozando tan sólo las puntas de los dedos.
Me situé sobre la barandilla a duras penas, con la ayuda de una silla. Sólo las plantas de mis pies sentían miedo y mandaban señales al resto de mi cuerpo en forma de un cosquilleo frio, como un corte de papel. Desde hacía un tiempo ya no seguía las señales que me guiaban por el buen camino. Los caminos inexplorados no las tienen y yo me había propuesto llegar donde no había llegado nadie. Por eso, en lugar de frenarme, ese miedo me dio más fuerzas para saltar.
Planeé por los dorados campos de julio, casi a ras de las secas hierbas, mientras las chicharras callaban al paso de mi sombra. Disfruté planeando sobre los ríos, sintiendo el calor del Sol en mi espalda y el frescor del agua en mi cara. Con el dedo índice pintaba culebras. He visto nacer buitres en los picos más altos, a las ballenas despertar en transparentes y perdidas calas y a las cebras perder sus rayas en la noche.
Esta maravillosa transformación se veía venir desde hacía meses. Había dejado de sentir interés por las mujeres, por mi familia. Me iba volviendo invisible para la gente. Ahora lo comprendo. Esa pérdida de peso tenía su razón de ser. Necesitaba ser ligero para poder volar.
Ha llegado el día en el que ya estoy preparado para el gran viaje. Me había aprovisionado de una gran cantidad de polvo de estrellas. Parece mentira como esta agua, que parece salir de un sucio charco, me volverá a transformar en lo que en realidad soy: una persona que ha decidido no moverse entre los vivos, no seguir el guion de una obra que no ha escrito. Mientras bombeo sangre gris en mis castigadas venas, mis ojos se entornan y dejo de sentir el dolor de los mortales, vuelo.

Seudónimo: Yanomami

112. INSECTOS. De El Huge


Me acechan pequeños monstruos de mente colmenar.  Sus   patitas de fino alambre se ciernen enjutando los pliegues microscópicos de mi piel y los dedos de mis pies están anegados con negros aguijones.
No los vi por ocuparme en mi escritura mientras sentado   estaba.  Uso mis manos para sacudírmelos de encima, pero me causo más dolor con mis propios golpes:  Yo mismo empujo los dardos envenenados y hago de ellos epidérmicos remaches.  Los ayudo a pincharme.
Los monstruos se dispersan por mi pierna o caen al suelo   por el terremoto que, en su perspectiva, debe estar aconteciendo.  Sigo palmeando sin poner ya atención a lo que escribo.  Mi cuaderno cae y los bichos -yo les digo monstruos- toman ventaja de mi situación:   Al tiempo que abro la regadera para quitármelos   de encima con el chorro de agua, ellos -los monstruos- cortan el papel impregnado de tinta y se llevan mis letras a pedazos infinitesimales que ahora forman, tan rápido como una inundación de tromba veraniega, una columna de negros insectos de seis patas que   cargan en sus mandíbulas pedacitos de mis palabras.

Seudónimo: El Huge

111. CAPUCHINO DE MEDIA MAÑANA. De Christopher Acuarela


El café ya estaba listo, pero lo dejaré reposar. Siempre me gustaron las vistas al océano. El haberme trasladado a esta casa ha sido una excelente idea. Como todo privilegio hubo sus inconvenientes pero mereció la pena. Mientras me preparo en la cocina una receta especial-un plato nuevo que nadie ha probado- enciendo la televisión. Desaparecidos en las calles de la ciudad- dicen las noticias. Serían unos acontecimientos verdaderamente preocupantes si no pusieran al minuto posterior el resumen deportivo. Ahora me empiezo a percatar de que pronto florecerán los cerezos del jardín, quizás sea adecuado hacer un pícnic con algunos vecinos y que observen mis cualidades culinarias. Pocos individuos los valoran. La comida esta lista y el capuchino templado. Los más modernos lo llamaran "brunch" pero nunca he sido un tipo abierto a los extranjerismos. Pronto llegará la visita y me pillará comiendo. Mejor así. Desde mi balcón observo a los vivos caminar por la playa sin ninguna preocupación, como si la vida fuera siempre idílica. ¿A quién no le parecería perfecta tomando este café viendo el océano? Finalmente mi invitado entra en casa con su llave. Es un joven de trece años. Es un poco más mayor que en las fotos de esta vivienda. Me lo esperaba. El adolescente pregunta extrañado:
—Señor, ¿Dónde está mamá?
Estaba esperando este momento. Sin mediar una palabra le muestro mi receta especial que estaba comenzando a degustar. El joven se queda inmóvil al ver el contenido del recipiente, como supuse, pero por si le quedaba alguna duda le respondo:
—En el plato.

Seudónimo: Christopher Acuarela

viernes, 21 de julio de 2017

110. ELLOS. De Phi


Frío, agua, el canto de los pájaros. ¿Estaba muerta? Debería estarlo. ¿Por qué continuaban los pájaros  cantando después de algo así? Completamente ajenos a la tragedia ocurrida hace tan sólo unas horas, o puede que minutos, quien sabe, a quien le importa. Abrió los ojos en lo que parecía un vertedero, el olor a sangre impregnaba el aire y sus ropas, o a lo que quedaba de ellas, unos rayos de luz se filtraban a través de las nubes, pero apenas conseguían traspasar la espesa negrura que despedía el ambiente del callejón, parecía que ni la luz se atrevía a ver qué había ocurrido.
No era culpa suya. No lo era. Ella sólo pasó por el callejón equivocado, en el momento equivocado. No iba tan borracha, estaba volviendo a casa. Lágrimas anegaron sus ojos. Era culpa de ellos, sólo de ellos. Ellos le hablaron, ellos le gritaron, ellos la engañaron. Ella se había defendido. Oyó pasos y luces, coches, luego vio a personas, no conocía a nadie, la gente la miraba; no, miraban más allá, detrás de ella, a los cuerpos. Intentó hablar, pero no salió nada de su reseca garganta. La gente se acercaba y ella tenía miedo.
Entonces ellos le volvieron a hablar, mátalos, le decían, mátalos, pero nadie más parecía escuchar, ella era la única que oía esos susurros, esas voces agónicas, la estaban volviendo loca, la habían elegido, y ella no hacía más que cumplir con sus exigencias para acallarlos.

Seudónimo: Phi

109. DE UN SALTO. De Roma


En el alféizar, un dúo de grillos, entona sus notas finales. En la habitación del niño, la gata bosteza y se escabulle hacia su cita en el tejado. El vaivén de la vieja mecedora mengua de a poco. Un aroma a flores y a humedad se cuela por la ventana. Las sombras languidecen adormiladas. Un coloquio perruno se escucha a lo lejos. El ventilador gira trepidante, y bajo su danza hipnótica, zozobra la abuela en un placentero sopor. Los haces de la luna amarilla, cargada de lluvia, iluminan tenuemente su rostro minado de arrugas. Un mosquito audaz intenta con pericia posarse en el tercer renglón de su frente, pero los vientos del ventilador se lo impiden. Su nariz prominente olfatea un chaparrón y de un manotazo cierra la ventana. Murmura las buenas noches a su nieto y vuelve a dormirse. Sus párpados bailotean sueños imposibles y de su boca semi-abierta, algo pintada de rojo, escapan truenos y tempestades. Su cabeza inclinada sobre el hombro derecho,  deja ver un cuello blanco, muy blanco, probablemente entalcado. Unos centímetros más abajo, se inicia una larga hilera de botones de nácar, que ajusta con dificultad su vestido azul a sus abundantes formas. Sobre su pecho, y en medio de restos de bombones y envoltorios de caramelos, sube y baja un escapulario de plata. En su regazo, bajo sus manos rollizas y adornadas con anillos multicolores, descansan las aventuras de Oliverio Twist.
De la cima de sus rodillas y sostenida del ruedo de su vestido, desciende con presteza una pandilla de pequeños niños huérfanos. Uno de ellos, el más intrépido, se deja caer en una pantufla, rueda hasta el piso y con impresionante habilidad, trepa los pilares de la cama hasta llegar al nieto dormido. Con toda la fuerza de la que es capaz, entreabre su párpado izquierdo y de un salto, se mete en sus sueños.

Seudónimo: Roma

108. KARMA SIDERAL. De J. L. Millard


Los muros que construimos para frenar a los extranjeros han terminado por condenarnos, pensaba el último presidente de Estados Unidos mientras las tierras, que se abrían como las fauces hambrientas del lobo antes de hundirse en el cuello de su presa, se tragaban ciudades de decenas de kilómetros de diámetro sin dejar rastro, al tiempo que los seísmos se acrecentaban con mortífera resolución, derribando altos edificios en segundos, emblemas del poderío supuestamente inmortal de un imperio que, como todo imperio, debía terminar irremediablemente convertido en cenizas.
El viejo continente, aliado en ocasiones y súbdito durante demasiado tiempo del imperio, se deshacía asimismo en una humeante bola de fuego. Los volcanes lanzaban vapores envenenados, magmas viscosos y piroclastos y bombas con furia desatada; los terremotos deshacían las ciudades como si hubiesen sido construidas con arena mojada.
Unos decían que las placas Norteamericana y Euroasiática se habían hecho pedazos y que habían despertado los magmas que dormían bajo las gruesas masas litosféricas; otros, más simplistas, que todo obedecía a un castigo de Dios.
Los supervivientes, enajenados por la angustia, agarraron sus coches y condujeron hacia el sur hasta toparse con las fronteras altas y en ocasiones electrificadas que tantas vidas anónimas habían segado. Los gobiernos habían decretado su construcción con el pretexto de preservar sus civilizaciones de las amenazas extranjeras y ahora, en un ejercicio de ironía sin precedentes, se convertían en los barrotes que les impedían salvar lo poco que quedaba de ellas.
Las antiguas colonias, los pueblos masacrados, ninguneados y expoliados se hallaban al otro lado, observando esa especie de manifestación de karma sideral cuando, al ver a aquellas personas agolparse con rostros descompuestos por la extenuación y la congoja, se dijeron con el corazón encogido que ellos no eran como el imperio, que valían más los abrazos que los muros, que preferían la fraternidad al miedo, el amor a la venganza.

Seudónimo: J. L. Millard

107. MATIKKA. De Mediana


Matikka lamió la oscuridad y el mundo brotó de su saliva. Al principio se divirtió agitándolo, contemplando cómo surgían continentes y explotaban los volcanes, pero se aburrió pronto. Para mitigar el tedio, decidió crear primero una raza de gigantes. Los gigantes de Matikka eran ambiciosos y querían vivir en el cielo. Luchaban unos contra otros y competían por ver quién construía el monumento más colosal. A Matikka sus cabellos le producían cosquillas en los pies y hacían temblar la tierra con sus iras y sus palabras como abismos. Matikka se cansó y los durmió para siempre, convirtiéndolos en montañas. A continuación decidió crear una raza de enanos. Los enanos de Matikka eran mezquinos y desconfiados. Creaban túneles para esconderse los unos de los otros y ansiaban la vida eterna. Sus cuchicheos maliciosos hacían que le doliera la cabeza y se aterró cuando halló a uno de ellos hurgándole el ojo mientras dormía. Matikka se hartó y los durmió para siempre, convirtiéndolos en gotas de lluvia. Desde entonces decidió dejar el mundo como estaba. Sin embargo, no tardó mucho en descubrir que la tierra ahora la poblaban unas criaturas ni grandes ni pequeñas. Pensó que tal vez las había creado en un sueño y se asustó tanto que decidió abandonar el mundo para esconderse en un rincón del universo.

Seudónimo: Mediana

miércoles, 19 de julio de 2017

106. REVERSO. De Hijo bastardo


La criatura se levantó sobresaltada. Como ganada  desde el sueño  por una fuerza desconocida y brutal. Una fría premonición le heló la espalda y por un momento sintió miedo de abandonar la cama. Se quedó un rato bajo la colcha húmeda de un sudor al que no estaba acostumbrada. Despacio, para no sobresaltar más  a sus miedos, movió el tejido grueso de su cobertor y enseguida se encontró con las dos manos. Eran un par de apéndices sin gracia. Dos extremidades endebles y pálidas con terminales absurdas y huesudas.  Cerró otra vez los ojos en el intento de que un golpe de magia lo devolviera a su rutina. Pero no funcionó. Aún aterrado por la sospecha de una desgracia, buscó el valor en lo más profundo de sus entrañas y saltó de la cama. Con pasos apenas coherentes logró sostener una postura que lo situara ante el espejo del cuarto. Con la imagen el pavor también se instaló en lo profundo de sus ojos. Su peor pesadilla se hacía realidad. Se había convertido en Gregorio Samsa.     

Seudónimo: Hijo bastardo

105. FENÓMENO. De Genoma


Luego de que una prolongada ola de calor derritiera los glaciares perpetuos de Briksdal, una turba antiquísima quedó al descubierto. Los antropólogos anunciaron el hallazgo de una gran cantidad de restos fósiles humanos esparcidos por los cañones y las vertientes de las montañas.
Después de las primeras pruebas paleogenómicasen el Instituto Max Planck, la comunidad científica se sorprendió al confirmarse la existencia de una nueva especie humana contemporánea con sapiens, neandertales y denisovanos. Esa misma semana los ADNs nucleares de varios cráneos revelaron otras cuatro especies humanas. A partir de entonces la sinfonía de descubrimientos fue creciendo por día a ritmos exponenciales. Incluso pequeños molares y falanges portaban en su interior semillas desconocidas por la ciencia.
Cuando ya se contaban casi medio millar de especies homínidas ordenadas metódicamente en los armarios, tocaron a la puerta.
Apenas abrí entraron en tropel varios policías del departamento de investigaciones criminales de la ciudad.
–Doctor London…–se dirigió a mí el que parecía teniente–. ¡De espaldas contra la pared y con las manos en alto!

Seudónimo: Genoma

104. LUCES EN EL OCASO. De Rambriez


Silencioso el ambiente, al centro el postrado y al lado el practicante en vigilia,  cabecea hasta quedar inconsciente; luces tenues suficientes para distinguir la sombra que acecha, rojos los puntos que encandilan, agudas las garras proyectadas sobre la tela; las miradas se cruzan, cada una sabe su papel, llegó la hora y el aquejado aguarda el zarpazo, la parálisis no permite movimiento,  pero con esfuerzo tenaz, el moribundo pudo cerrar los ojos, aunque no aleja el hedor que marca la aproximación de la muerte.
Vuelve el recuerdo de la aciaga hora cuando se diagnosticó al monstruo que come células.  Allí, al voltear el reloj de arena por última vez, pidió con fervor conmutación de la pena, el espectro acudió a la cita y le cambió esencia por un extraño poder; él ofreció  la vida de otro, a cambio de honor y reconocimiento, pues gris había sido la existencia.  La riqueza sobrevino en inusual concesión, ser amo del tiempo y manejarlo a placer, ser el mejor para revertir el gris que siempre lo acompañó; así ocurrió, por un año fue el más veloz, se cubrió de oro en competencias a pesar del otoño, ganó fama y el mundo lo idolatró, líder con el balón, novio de la madrina y popular varón.  La vida perfecta, dinero, fama y poder, todo lo soñado lo recibió, pero la vendimia estaba por desaparecer.  El horror le partía el sentimiento al ver como el villano arrancaba la piel, comía las entrañas y bebía la sangre; la bestia devoraba al acompañante que resultó ser el primogénito del postrado; no había manera de luchar, la paraplejia lo sorprendió en el último encuentro,  apenas le dejó sin herida los párpados aunque no pudo dejar de ver.
Ingrato momento, el paralizado tranzó el alma del acompañante, quien era normalmente un asalariado o una enfermera de bondad; taimado el maligno que el día preciso dobló la voluntad del hijo que esa noche quiso ocupar el lugar.  El espectro lo sabía, el mueve los hilos, lo arrastró a la compañía; doble victoria del mal, arrancar luz al inocente, mientras sufre el costal, es que no hay manera de ganar en vida  por faltas a la moral.

Seudónimo: Rambriez

martes, 18 de julio de 2017

103. VISITA. De Dew 21


Ya no dejan poner floreros con agua. Es por el dengue, dicen.
De pequeña, solíamos venir con mis hermanas a jugar entre las tumbas.
El olor a flores mustias al entrar al cementerio era parte de un ritual que empezaba con el orgulloso mármol de las capillas de las familias fundadoras del pueblo y terminaba a ras del suelo con blancas cruces.
Buscábamos el muerto más joven, el más viejo, el más feo. Pasando la capilla central nos reconocíamos en las fotos familiares: las mismas cejas pobladas, los ojos penetrantes pero sonrientes.
La muerte entonces era visita de domingo y aroma dulzón.
Deslizo distraídamente los dedos por las lápidas y un ruido extraño me sobresalta. Al darme vuelta veo a una anciana encorvarse sobre la tumba de su esposo.
Pero que tonta soy. No debo inquietarme. Siempre sé cuando han llegado.
Me asomo de puntillas y por encima del muro los veo. Me aliso el pelo y aprieto  mis manos sobre los pliegues del vestidito blanco.
Estoy preparada. Aquí los espero.
Donde mi muerte es sol de invierno.
Seudónimo Dew 21


102. MUERTE CELESTIAL. De Turkesa


La escena del crimen es exquisita y perfectamente propicia para esclarecer el homicidio. La silueta del detective deja entrever un sombrero "sherlockholmesiano" que arranca sonrisas a quienes no lo conocen. Sus sospechas se confirman.
Los tres cuerpos inertes, en el suelo de la habitación, hablan de amor y desamor, de razones y sin razones: dos que se abrazan desnudos sin el mundo a su alrededor. Adulterio. Inesperada llegada. Rápidos pensamientos para una escapatoria. Escasez de tiempo. Crimen. Suicidio.
Debe verse muy rápido porque todo cambia mágicamente. Ahora el sitio se asemeja a un campo desolado, con tres cuerpos inmóviles. Sus sospechas se disipan.
De repente, no queda nada. No se pueden reconstruir los hechos sin escena, sin arma homicida, sin culpables, sin testigos, sin cuerpos. Todo se va transformando con la misma prisa que llevan las nubes en su afán de recrear, en el cielo, lo que ocurre en la tierra.
A lo lejos, comienzan a aparecer las figuras de dos galeones españoles; seguramente cargados de algún tesoro robado en cualquiera de los mares cercanos. Se aprestan para el combate. Nadie puede predecir cuál saldrá victorioso…, si antes no se hunden.
Contemplar las nubes es una maravilla para la imaginación. Siempre fue un juego divertido. Ahora es mi fuente de inspiración y de misterios. Todo lo que quiero mi naturaleza me lo ofrece. Solo hay que saber percibirlo.

Seudónimo: Turkesa

101. PULGARCITA. De Trabalenguas


Me llamaron Pulgarcita porque sus nombres siempre deben hacer referencia a otras cosas. Me criaron en una cáscara de nuez para salvaguardar mis sueños, o los suyos, no lo sé. Me raptaron y me ayudaron a escapar para mostrarme que la libertad siempre se puede negociar. Volé sobre la espalda de una golondrina para darle la espalda a un pasado que nunca me forjé. Amanecí en una flor para sentir el rocío de un papel que me fue predestinado encarnar. Desde entonces vivo bien en el mundo de las pequeñeces. Algunas veces saco a pasear a un perro minúsculo y le tiro fuerte el tallo de una planta, para que corra, corra mucho, corra lejos.

Seudónimo: Trabalenguas

100. UNA CASA JUNTO AL MAR. De Roberto Volandri


Me sacudí los zapatos de arena y señalé una mansión con las paredes ennegrecidas, a pocos metros de la playa. El hombre de la inmobiliaria se puso contra el viento, tratando de encender un cigarrillo.
—El dueño era un viejo marqués sin hijos. Durante una tormenta, una piedra del tamaño de un hombre rodó desde el acantilado y cayó en su jardín. El marqués pasó varias horas bajo la lluvia, desnudo de cintura para arriba, tratando de moverla. Parecía Ahab luchando contra la ballena blanca. Al poco le sobrevinieron unas fiebres y murió.
Dio una profunda calada, echando el humo por la nariz.
—Un sobrino se presentó a reclamar la herencia. Tras franquear la reja de la entrada, notaron la ausencia de la roca. Solo quedaba un pequeño cráter y las flores marchitas de la buganvilla que había crecido alrededor. Sin embargo, al subir al primer piso la hallaron frente a la ventana, sólida y brillante. El sobrino no se dejó impresionar, pidió que pusieran en venta la casa y fijó un precio desorbitado. "No tengo prisa", mintió. Al abandonar el pueblo se salió de la carretera y cayó por el acantilado. Cuando lo encontraron, las gaviotas le habían comido los ojos y la lengua.
El hombre de la inmobiliaria arrojó la colilla y la enterró en la arena.
—Y bien, ¿sigue interesado en la casa del marqués?
Entorné los ojos y me pareció distinguir, en el balcón, una porción de roca negra escrutándome.

 Seudónimo: Roberto Volandri

lunes, 17 de julio de 2017

99. EL JARDÍN. De Olifante


Las margaritas, las petunias, azaleas y rosales, con su maravillosa mezcla de aromas y colores, así como los dos abetos, el cedro, el añoso olivo, la jacaranda, por no hablar  de cuidado césped, daban verdadera gloria verlos. Su jardín era la envidia del vecindario, estaba en boca de todo el mundo. Ella pasaba en aquel lugar horas y horas absorta, trabajando, disfrutando simplemente con ver crecer sus árboles y plantas, quizá los únicos seres vivos a los que tenía aprecio. Sin embargo, cuando le preguntaban cuál era su secreto para tener aquella maravilla, su semblante cambiaba, su gesto se tornaba huraño y la sonrisa desaparecía de su boca. Sabía que corrían algunas habladurías y que la gente, malpensada por naturaleza, podría llegar a sospechar, si no lo hacía ya. Enseguida comenzaba a repasar mentalmente cada uno de sus pasos durante las pasadas jornadas, desde la última vez, hasta que conseguía tranquilizarse. Todo parecía estar bien, no había motivos para perder la calma.
No obstante, pensaba que quizá sería oportuno variar sus costumbres, utilizar otros métodos y no dar más pábulo a los cotilleos, porque al final alguna mente retorcida podría hacer conjeturas, atar cabos y, en suma, llegar al punto de relacionar la noticia de una nueva y misteriosa desaparición de un jovencito, con su costumbre de trabajar con la azada algunas noches en el jardín.

Seudónimo: Olifante

98. A LA BÚSQUEDA DE MARIPOSAS. De Nat Domínguez


Samuel de 10 años, debía hacer un trabajo sobre las mariposas para el colegio y preguntó a su padre:
-Papá ¿podemos ir a ver las mariposas?
-Sí, pero si no las encontramos no quiero que te enfades.
-Vale, voy a coger la cámara de fotos.
Después de dos horas, llegaron al pie del monte, dejaron el coche y subieron por un camino de tierra estrecho y lleno de arboles. Samuel vio una mariposa amarilla con motas negras, la siguió hasta una explanada, donde se abrió una puerta invisible dejando ver un mundo lleno de mariposas parlantes y lleno de flores gigantes. Samuel se escondió detrás de una flor y comenzó a hacer fotos. De repente, una mariposa de color azul le sorprendió y le dijo:
-Hola, no deberías fotografiarnos este es muestro mundo, nunca visto por los hombres y así, debe seguir. Los humanos no respetáis la naturaleza y allí donde vais la destrozáis.
-Es para un trabajo del colegio. Yo no quería…
Samuel fue convertido en mariposa para saber cómo se sentían, cuando eran perseguidas, capturas y finalmente, disecadas. Abrieron la puerta invisible y le dejaron solo. Samuel sobrevoló la zona hasta encontrar a su padre. Su padre al ver una mariposa de color turquesa, intento capturarla y Samuel le gritaba:
-¡Papá, papá!, estoy aquí. ¡Ayúdame!
Samuel se despertó cuando su padre le zarandeo diciéndole:
-Samuel, hemos llegado. ¡Vamos a por las mariposas!
Samuel abrió los ojos y se preguntaba si todo fue un sueño o una advertencia.

Seudónimo: Nat Domínguez

97. EL ESQUELETO. De Montresor


Julián Garbarino despertó y se encontró dentro de la cripta familiar. ¿Cómo llegó ahí? ¿Quién había querido jugarle esa mala chanza?
Sus amigos, seguramente fueron ellos; siempre hacían esas bromas de mal gusto.
Estaba completamente solo.
Encontró una linterna en el suelo. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada por fuera con un enorme candado. Gritó, pero nadie acudió en su auxilio.
La fetidez le revolvió el estómago.
Recorrió la cripta y el horror estalló en un alarido cuando se topó con un esqueleto que se había caído de su ataúd. Aún tenía restos de carne adheridos y las moscas inauguraban su festín.
El joven conjeturó que eran los huesos de un enterrado vivo. El hombre había logrado escaparse del féretro, pero al encontrarse con la cripta cerrada, murió allí, deshidratado.
Su asombro fue aún mayor cuando la luz de su linterna enfocó una inscripción que decía "Julián Garbarino. "12-08-80 – 15-06-98"

Seudónimo: Montresor

96. EL SOL DEL OTOÑO. De Adrian Perez


Es la  tarde de un día de trabajo extraordinario. Me  dirijo a un bar de comidas, bajo el sol del otoño. Cerca del edificio hay un descampado  donde he aparcado el suzuqui. Tengo hambre. Entonces entra un compañero de trabajo, con sus  hijos.  El también tiene hambre. De pronto comprendo que no piensan atendernos en aquel lugar.  Luego mi compañero regaña a su hija, y esta llora desconsoladamente. Yo le digo que cuando regañe a un niño le explique siempre por qué lo hace. Le digo que es lo que yo hacía, cuando vivía mi hija. Luego nos vamos.
Días después voy conduciendo un todoterreno por una carretera de montaña. Oscurece  y hay restos  de nieve. Entonces el coche se  va ladera abajo, hasta que los troncos detienen su caída. Estoy  herido. Se que allí  voy a morir de frió, bajo el sol del otoño. Pero súbitamente  aparecen unas luces, y una mujer anciana entra dentro del coche.  Con agilidad desmentida por sus  muchos años,  llega  al lugar donde me encuentro: el asiento del conductor. Aquella mujer transmite seguridad. Conoce perfectamente el modelo de coche, y sabe lo que hay que hacer para sacarme de allí.
Es la muerte

Seudónimo: Adrian Perez

95. MI PERRA AMARILLA. De Munda


Nació con tres ojos, nadie excepto yo la quiso.  Fuimos muy felices, conversábamos por horas hasta quedarnos dormidas.   Cierto día, me miró con esa cara extraña de querer decirme algo. Se echó en el piso con la cabeza gacha.  Al día siguiente noté que le estaban saliendo alas en el lomo. Ella me miraba y sonreía en silencio.  Al pasar de los días, estas fueron creciendo y tornándose plateadas.
Un domingo muy por la mañana, se acercó a mi cama, me miró y ladró un adiós eterno. Se acercó a la ventana abierta, levantó el hocico, extendió sus inmensas alas y se marchó.
Hoy, es tres puntos amarillos en el infinito.

Seudónimo: Munda

domingo, 16 de julio de 2017

94. NUNCA TOQUES. De Alexander Cross


Dos chicos fueron a ver el museo, sin saber lo que realmente se escondía entre sus cuadros de suaves pinceladas y sus estatuas de buena talla. Estos jóvenes que solo iban al museo para pasar el día, empezaron a tocar las cosas, y como todo el mundo sabe, no se deben tocar las exposiciones de los museos, pues podrías despertarlas.
Separándose para ver mejor las cosas, Mario se acercó a una gran estatua de bronce y se sentó sobre sus hombros. La estatua despertó de su placentero sueño muy irritada. Alzó los brazos, agarró al chico y lo tiró al suelo. Bajó de su pedestal acercándose a Mario. Le sostuvo y lo levantó, abrió la boca de bronce mostrando unos afilados dientes. El pánico inundó al chico, inmóvil observó cómo la estatua lo introducía entre sus filas de dientes. Arrancó su cabeza, masticó y tragó. Despacio fue engullendo todo su cuerpo hasta que desapareció. Regresó a su pedestal cubierta de sangre.
Alfonso paseaba toqueteando los cuadros mitológicos del ala oeste. No vio las grandes cabezas de lagarto que surgieron de uno de los lienzos. Un gruñido le sobresaltó, al darse la vuelta no vio nada. Continuó andando por el pasillo vacío hasta volver a oír el mismo gruñido. Esta vez sí había algo detrás, una gran cabeza de lagarto de color gris violáceo. Alfonso corrió por el pasillo lo más rápido que pudo, pero la cabeza le atrapó. Entonces aparecieron otras dos cabezas más. Empezaron a pelearse por el dulce aperitivo que era el chico, despedazándolo a partes más o menos igual para que las tres cabezas de la Hidra de Lerma quedaras saciadas. Con manchas de sangre chorreando entre sus largos colmillos regresaron al lienzo del que habían salido.
Los chicos desaparecieron para siempre y jamás fueron encontrados, pues ¿quién en su sano juicio sabría verdaderamente dónde buscarlos?
Si tú no quieres acabar como estos dos insensatos, te recomiendo que guardes bien esas manos durante las visitas a los museos.

Seudónimo: Alexander Cross

sábado, 15 de julio de 2017

93. EL ESPEJO. De Nicolás Ferro


No sé cuánto tiempo más me tendrán encerrado en este cuarto. No me atrevo a mirar al cristal desde el que me observan. Debo permanecer callado. ¡No! Tengo que convencerles de que no estoy loco. Tienen  que escucharme; tengo que explicarles…
Pero ¿Explicarles, qué? ¿Que esta mañana, al mirarme en el espejo he visto el rostro de mi mujer reflejado en lugar del mío propio? No a un lado o detrás de mí, sino que mi cara era la suya.
Mi sorpresa   se convierte en inquietud al comprobar que estoy solo en el baño, pero ahí sigue estando ella, su rostro en el espejo, con mis brazos, con mi cuerpo. Corro al dormitorio, ella no está, recuerdo que se marchó de madrugada al trabajo.
 El miedo me viste  más deprisa de lo que yo solo puedo salgo al rellano y llamo frenéticamente al ascensor. El sonido de una campanilla anuncia la llegada del elevador. Un pequeño sonido que consigue traerme cierta alma al comprobar que algo sigue funcionando como ayer, como todos los días.
Abro  la puerta del ascensor y me quedo paralizado al ver la imagen del conserje del edificio reflejado en el espejo y ocupando un lugar que no le corresponde, el de mi rostro.
Bajo corriendo por las escaleras, que se  hacen eternas. Sólo quiero salir de este edificio maldito. Sin embargo, dejo de correr  cuando me miro  en el gran espejo del hall; los rostros que se han mirado en ese espejo anteriormente,  se van  turnando para adueñarse de mi cara a cada paso que doy.
En la calle ya no tengo miedo, sólo me siento abatido. No entiendo nada de lo que ocurre. Me giro hacia un escaparate y pregunto a ese señor que viste mi ropa. El tipo del otro lado del cristal, gesticula como yo, dice lo mismo que yo y se enfada al mismo tiempo que yo.  Pierdo los nervios. Grito,  le amenazo con el puño, el otro me imita. Nos lanzamos el uno sobre el otro y nos estrellamos, al mismo tiempo, duramente contra el cristal. En mi conmoción   escucho a lo lejos las sirenas que me han traído hasta aquí.

Seudónimo: Nicolás Ferro

92. MAI NDOMBE. De Alvaro


Patrice arrugaba su anciano rostro escrutando el camino entre los gigantescos manglares que dormían la angustiosa humedad de la selva. Su oscura leyenda entre la tribu de los nteke se extendía más allá del lago Tanganika, hasta donde llegaban las terribles historias de espantosas muertes que el brujo provocaba a sus víctimas. Con pócimas a base de raíces y hojas que solo él conocía era capaz de despojar del alma al más creyente o de hacer creer al más juicioso que era una bestia de la jungla para luego desaparecer bramando enloquecido en la verde espesura. Durante días se encerraba en su choza de adobe y techo de palma rodeado de cientos de amuletos, objetos sagrados, fetiches con poder sobrenatural para conjurar los males de ojo. Olores a incienso y oleos mágicos, a locura y muerte, animales disecados, calaveras, colgantes de semillas y dientes humanos atiborraban la estancia que nadie se había atrevido a visitar. Los vecinos corrían despavoridos a esconderse al sentir el crujido de las bisagras de su desportillada puerta antes de que su enjuta figura se dejase ver y dejara caer sobre ellos el poder de sus terribles gri-gri. Esa mañana esperaba paciente en la colina hasta que por fin divisó la vieja camioneta descendiendo entre las parcelas de mandioca. Con gesto solemne el brujo agitó hacia el cielo su amuleto de huesos de antílope y plumas de oca invocando todas las fuerzas del mal. Un ejército de furiosas hormigas inundó el interior del vehículo donde su víctima se ahogaba en un repentino olor a náuseas y muerte. El conductor perdió el rumbo para precipitarse a lo largo de la escarpada ladera. Al fondo, las aguas ensangrentadas del rio Kuango devoraron para siempre a la camioneta como habían hecho antes con muchos otros que habían osado desafiar al brujo. Hacía años que a aquel lugar se le conocía como Mai Ndombe, aguas negras. A menudo se veía a Patrice pasear por su orilla antes de que inexplicablemente no se volviese a saber nunca más de alguno de los vecinos de la aldea.

Seudónimo: Alvaro